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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L OS 7,8,9 y 10

C A P I T U L O 7

Los sacerdotes Católico-romanos dedican dos o tres meses cada año, preparando a los niños de diez a doce años para su primera comunión. Están obligados a asistir a la iglesia casi todos los días, memorizar el catecismo y entender perfectamente sus enseñanzas. A través de esta preparación, la Iglesia de Roma pone el fundamento de las idolatrías y supersticiones que ella afirma ser la religión de Jesucristo.

Además de corromper las verdades más sagradas del Evangelio por este catecismo, se consigue para el Papa y sus representantes aquella adoración que es el secreto del poder de Roma. Es durante esta instrucción religiosa que Jesús es quitado de los corazones por los cuales él pagó un precio tan alto y ponen a María en su lugar. Esta gran iniquidad se ejecuta con tanta destreza que es casi imposible para un pobre niño escapar. Es así cómo María reemplazó a mi precioso Salvador durante mi propia niñez.

El sacerdote que nos instruyó fue el Rev. Sr. Morín. El era sumamente amable, le respetábamos y le amábamos sinceramente. Un día me dijo: —Ponte de pie, hijo, y contesta las muchas preguntas que te voy a hacer.

Me puse de pie. Me dijo: —Hijo, cuando eras culpable de algo malo en tu casa, ¿Quién te castigaba más severamente, tu padre o tu madre?

Después de unos momentos de vacilación, contesté: —Mi padre.

—Correcto, hijo, —dijo el sacerdote, —de hecho, el padre es casi siempre más impaciente y pronto para castigar que la madre. Ahora, hijo, dinos, ¿Cuál de tus padres te castigaban más severamente?

—Mi padre, —dije nuevamente sin vacilar.

—Es verdad, hijo, la bondad superior de una madre benigna se percibe aun en la corrección, donde sus golpes son más ligeros. Además, ¿no es cierto que muchas veces cuando merecías castigo, alguien se interponía entre ti y la vara de tu padre, quitándosela y pacificándolo?

—Sí, —dije, —más de una vez mi madre lo hizo así y me salvó de un severo castigo.

—Ahora, mis hijos, ¿No les han salvado sus buenas madres de las correcciones de sus padres aun cuando lo merecían?

—Sí, señor, —respondimos todos.

—Una pregunta más, ¿Cuando tu padre venía a azotarte, no te echaste en los brazos de alguien para escapar?

—Sí, señor, más de una vez me refugié en los brazos de mi madre. Ella suplicaba por mí de tal forma que frecuentemente evité el castigo.
Dirigiéndose a todos los niños continuó: —Ustedes tienen un Padre y una Madre en el cielo; su Padre es Jesús y su Madre es María. Nunca olviden que el corazón de una madre siempre es más tierno y misericordioso.

—Muchas veces tus pecados hacen enojar a tu Padre y él, rugiente, abre las puertas del infierno para echarte adentro. Desde hace mucho, te hubieras condenado si tu Madre Celestial no hubiera desarmado a tu Padre airado e irritado. Cuando Jesús te castigaría, la buena Virgen María se interpone entre tú y él. Ella obtiene tu perdón.

—Así que, hijos míos, cuando su conciencia les dice que son culpables y que Jesús está airado, vayan pronto a María. Refúgiense en los brazos de una buena Madre; recurrirán a su poder soberano sobre Jesús y seguramente ella les salvará.

Así, en la Iglesia de Roma, no Jesús, sino María representa el amor infinito y la misericordia de Dios para el pecador. Su esperanza se dirige hacia María para escapar del castigo merecido. ¡No es Jesús, sino María quien salva al pecador! La Iglesia de Roma constantemente invita a los pecadores a volver sus pensamientos, esperanzas y afectos, no a Jesús, sino a María.

Por medio de esa doctrina impía, Roma engaña a los intelectos, seduce a los corazones y destruye las almas de la juventud para siempre. Bajo el pretexto de honrar a la Virgen María, la insulta por representar falsa y ultrajantemente a su hijo adorable. La antigua idolatría pagana se disfraza con un nombre nuevo.

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C A P I T U L O 8

Para el niño Católico-romano, ¡Cuán hermosa, pero cuán triste es su primera comunión! Con gozo y ansiedad, está a punto de comer por primera vez lo que le han enseñado a creer que es su Dios; no de una manera simbólica ni conmemorativa, sino comer su carne, sus huesos, sus manos, sus pies, su cabeza y su cuerpo entero. Yo tenía que creer esto o ser echado para siempre en el infierno. Sin embargo, ¡Todo el tiempo, mis ojos, mis manos, mi boca, mi lengua y mi razón me decían que sólo estaba comiendo pan!

¿Diré que creía esto? Yo creía como todo buen Católico cree; yo creí como cree un cadáver. Mi razón y mis sentidos habían sido sacrificados a los pies de ese terrible dios moderno, el Papa. Neciamente había dicho a mis facultades intelectuales y a mis sentidos: —¡Cállense! ¡Son mentirosos!

Hasta ahora, había creído que me fueron dados por Dios para ayudarme a caminar en las sendas oscuras de la vida; pero, ¡He aquí! ¡El Santo Papa me enseña que son solamente instrumentos del diablo para engañarme!

Tal fue mi condición el día de mi primera comunión. Dos sentimientos luchaban en mi mente. Me gozaba al pensar que pronto tendría posesión total de Jesucristo. Pero aunque apenas tenía doce años, estaba acostumbrado a confiar en mis ojos. Pensé que fácilmente podría distinguir entre un trocito de pan y un hombre adulto.

Además, yo sumamente aborrecía la idea de comer carne humana y beber sangre humana aun cuando me aseguraban que era la carne y sangre de Jesucristo mismo. ¡Pero lo que más me turbaba era la idea de que Dios, tan grande, tan glorioso y tan santo pudiera ser ingerido por mí como el pan común! Terrible, entonces, era la lucha en mi joven corazón, donde gozo y pavor, confianza y temor, fe e incredulidad por turnos dominaban. Estando en el sudor frío de esa lucha secreta conocida sólo por Dios y por mí mismo, oré a Dios y a la Santa Virgen, pidiendo misericordia, fortaleza y luz durante esas horas de angustia.

La Iglesia de Roma es la máquina humana más hábil que el mundo jamás ha visto. Los que guían sus sendas oscuras son, a menudo, hombres de profundo pensamiento. Ellos entienden la lucha en la mente de los niños en el momento supremo cuando tienen que sacrificar su razón en el altar de Roma. Para prevenir estas luchas siempre tan peligrosas para la Iglesia, nada han descuidado para distraer sus mentes a otros temas.

Primero, el párroco, ayudado por la vanidad de los mismos padres de familia, asegura que los niños se vistan de la mejor manera calculada para adular su vanidad.

Se decora la iglesia con pompa y el servicio, encantado con música instrumental y cantos escogidos. Incienso sube del altar en una nube dulce y aromática. La gente viene de todas partes para disfrutar del hermoso espectáculo. Sacerdotes de las iglesias vecinas añaden a la solemnidad. El sacerdote oficiante se viste del atavío más costoso. Se exhiben en el altar manteles de plata y oro delante de los espectadores maravillados. Muchas veces, se coloca una vela encendida en la mano de cada joven comulgante. Esto, en sí mismo, atrae toda su atención, porque un movimiento equivocado encendería la ropa de su vecino o la suya propia, una mala fortuna que ha sucedido más de una vez en mi presencia.

Ahora, en medio de ese espectáculo maravilloso, ocupado en detener su vela encendida para que no se fuera a quemar vivo, ¡Llega el momento de la comunión sin darle tiempo para meditar lo que está por hacer! ¡Abre su boca y el sacerdote coloca en su lengua una oblea de pan sin levadura, la cual o se pega firmemente al paladar o se derrite en su boca, bajando pronto a su estómago igual que el alimento que come tres veces al día!

¡El primer sentimiento del niño, entonces, es sorpresa ante el pensamiento de que el Creador de los cielos y la tierra, el Sostén del universo, el Salvador del mundo pudiera pasar tan fácilmente por su garganta!

Ahora, sigan a esos niños a sus casas después de esa gran comedia monstruosa. Escuchen su plática y carcajadas, estudien sus modales, sus miradas de satisfacción a sus ropas bonitas y la vanidad que manifiestan correspondiendo a las felicitaciones. ¡Fíjense en la ligereza de sus acciones y conversación inmediatamente después de comulgar y díganme si piensan que ellos creen en el dogma terrible que les han enseñado!

¡No! ¡Y nunca creerán con la firmeza de fe acompañada de la inteligencia! El pobre niño piensa que cree y sinceramente intenta creerlo. El cree como cree todo Católico-romano. ¡Cree como cree un idiota!

La primera comunión le ha convertido por el resto de su vida en una verdadera máquina en las manos del Papa. Es el primer enlace de aquella larga cadena de esclavitud que el sacerdote y la Iglesia ponen en su cuello. El Papa tiene la punta de esa cadena y mueve a su víctima a la derecha o a la izquierda a su antojo tal como gobernamos a los animales domésticos.

Como dice Loyola: Si esos niños han hecho una buena comunión, ellos serán sumisos al Papa, ¡Como el bastón en la mano del viajero, no tendrán ni voluntad ni pensamiento propio!

¡Mi alma ha conocido el peso de esas cadenas; la ignominia de aquella esclavitud! Pero el gran conquistador de almas, Jesús, me miró con misericordia y rompió mis cadenas. Con su Santa Palabra me libertó. ¡Bendito sea su nombre para siempre!

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C A P I T U L O 9

Terminé mis estudios en el Colegio Nicolét en agosto de 1829. Fácilmente hubiera aprendido en tres o cuatro años lo que duré siete años estudiando. Nuestros profesores se ocupaban más en desperdiciar nuestro tiempo que en aumentar nuestro entendimiento. Tan pronto que la inteligencia, guiado por el Jesuita, haya ascendido al nivel de los pies del Papa, tiene que permanecer ahí, postrarse y dormir.

Aunque mi inteligencia se rebelaba muchas veces, me forcé a aceptar estas fábulas como verdades del Evangelio. Estas eran ocasiones de terrible lucha en mi alma. Recuerdo el día que expresé mis dudas a mi profesor de filosofía: —Cuando mi superior abusa de su autoridad sobre mí para engañarme con falsas doctrinas o si me manda a hacer cosas que yo considero ser malas o deshonestas, ¿No seré perdido si le obedezco?

El me contestó: —Nunca tendrás que dar cuenta a Dios por lo que te ordenan hacer tus superiores legítimos si ellos te engañan, siendo ellos mismos engañados, sólo ellos serán responsables. No pecas si sigues la regla de oro básica de toda filosofía Cristiana y perfección: humildad y obediencia.

Poco satisfecho, expresé mi inconformidad a varios de mis compañeros de escuela incluyendo a Joseph Turcot, quien más tarde llegó a ser Ministro de Obras Públicas de Canadá. El me respondió: ¡Entre más estudio lo que ellos llaman principios de filosofía Cristiana y lógica, más pienso que intentan convertirnos en asnos a todos nosotros!

Al día siguiente, abrí mi corazón a nuestro director, el Sr. Leprohon, a quien veneraba como un santo y amaba como padre. Apunté su respuesta: —Mi querido Chíniquy, ¿Cómo trajeron Adán y Eva todo el diluvio de males sobre nosotros? ¿No es porque elevaron su miserable razón sobre la de Dios? Ellos tendrían la promesa de vida eterna si hubieran sometido su razón a su Amo Supremo. Ellos se perdieron por rebelarse contra la autoridad de Dios.

Así es hoy también. Todos los males, los errores, los crímenes por los cuales el mundo está inundado, proceden de la misma rebelión de la voluntad y razón humana contra la voluntad y razón de Dios. Dios reina todavía sobre parte del mundo, el mundo de los escogidos, a través del Papa, quien controla las enseñanzas de nuestra infalible y santa Iglesia. Al someternos a Dios, quien nos habla a través del Papa, somos salvos y caminamos en las sendas de la verdad y santidad. Pero erramos y perecemos si ponemos nuestra razón por encima de la de nuestro superior, el Papa, quien nos habla personalmente o a través de nuestros superiores quienes han recibido de él la autoridad para guiarnos.

—Pero, —le dije, —si mi razón me dice que el Papa u otro superior, puesto sobre mí por él, está equivocado y me manda hacer algo malo, ¿No sería culpable delante de Dios si le obedezco?

—¡Imposible! —contestó el Sr. Leprohon, —porque el Papa y los obispos unidos a él, tienen la promesa de nunca fallar en la fe. Ellos no pueden guiarte en ningún error, ni mandarte a hacer nada contra la ley de Dios. Pero, supongamos que cometieran algún error o te obligaran a creer o hacer algo contrario al Evangelio, Dios no te contará como responsable si estás obedeciendo a tu legítimo superior.

Yo tenía que contentarme con esa respuesta, pero a pesar de mi silencio respetuoso, él me vio todavía inquieto y triste. Para convencerme, me prestó dos obras de De Maistre: “Le Pape” y “Les Soirees de St. Petersburgh”, donde encontré apoyadas las mismas doctrinas. El era honesto en sus convicciones, porque las había encontrado en estos libros aprobados por los “Papas infalibles.”

Yo sé que Roma puede exhibir cierto número de hombres inteligentes en cada rama de ciencia que han estudiado en sus colegios. Pero esos hombres extraordinarios, desde el principio, secretamente habían roto las cadenas con las cuales sus superiores intentaron atarlos. El noventa por ciento de ellos han sido perseguidos, excomulgados, torturados, y algunos aun asesinados, porque se atrevieron a pensar por sí mismos.

Galileo, uno de los hombres más reconocidos por la ciencia, era Católico-romano. Pero, ¿No le azotaron y le mandaron al calabozo? ¿No tuvo que pedir perdón a Dios y al hombre por haber pensado diferente del Papa en cuanto al movimiento de la tierra alrededor de sol?

Copérnico ciertamente fue uno de las luces más grandes de su época, pero fue censurado y excomulgado a causa de sus admirables descubrimientos científicos.

Francia, entre todos sus hijos dotados, no conoce un genio mayor que Pascal. El era Católico, pero vivió y murió excomulgado.

Estos alumnos de colegios Católico-romanos, de quienes los sacerdotes a veces se glorían tan imprudentemente, han salido de las manos de sus maestros Jesuitas para proclamar su sumo aborrecimiento por el sacerdocio y el papado. Ellos han visto con sus propios ojos que el sacerdote de Roma es el enemigo más peligroso y más implacable de la inteligencia, el progreso y la libertad.

Voltaire estudió en un colegio Católico-romano y probablemente fue ahí donde se valorizó para su terrible batalla contra Roma. El Catolicismo nunca se recuperará del golpe que Voltaire le dio en Francia.

Cuando vean a los colegios y conventos Católico-romanos elevar sus chapiteles arrogantes sobre algún cerro alto o en medio de algún valle verde, pueden esperar confiadamente que el auto-respeto y las virtudes varoniles de la gente pronto desaparecerán. La inteligencia, el progreso y la prosperidad pronto serán reemplazados por las supersticiones, la ociosidad, la borrachera, la ignorancia, la pobreza y degradaciones de toda índole. Los colegios y conventos son las altas ciudadelas de las cuales el Papa tira sus misiles más penetrantes contra los derechos y libertades de las naciones.

En los colegios y conventos de Roma es donde los alumnos aprenden que fueron creados para obedecer al Papa en todo, que la Biblia tiene que ser quemada y que la libertad tiene que ser destruida a toda costa.

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C A P I T U L O 10

Para comprender la educación moral de los alumnos en los colegios Católico-romanos, uno sólo necesita entender que desde el principio hasta el fin, están rodeados de un medio ambiente en que respiran únicamente el paganismo.

Por ejemplo, nuestros superiores nos convencieron que los escapularios, medallas, agua bendita etc. serían de gran utilidad en batallar contra las tentaciones más peligrosas, como también en evadir los peligros más comunes de la vida. Por consecuencia, los guardamos con el mayor respeto, besándolos día y noche con afecto como si fueran instrumentos de la misericordia de Dios. Luego, descubrimos en los historiadores griegos y latinos que no eran más que remanentes del paganismo.

El moderno Pontifex Máximus (el Papa de Roma), supuesto sucesor de San Pedro, el Vicario de Jesucristo, asemejaba a los Pontifex Máximus de la gran república de Roma como dos gotas de agua. Nuestro Papa retuvo el nombre, los atributos, la pompa, el orgullo y aun el vestuario de ese sumo sacerdote pagano. ¿No fue la adoración a los santos absolutamente la misma adoración a los dioses de tiempos antiguos? ¿No fue descrito minuciosamente nuestro purgatorio por Virgilio? ¿No fueron repetidos nuestros rezos a la Virgen y a los santos, casi con las mismas palabras por los adoradores ante las imágenes de sus dioses igual como las rezamos delante de las imágenes en nuestras iglesias? ¿No se usó nuestra agua bendita entre los idólatras y con el mismo propósito?

Por medio de la historia supimos el año en que había sido edificado en Roma el templo magnífico consagrado a todos los dioses llevando el nombre Panteón. Palabras no pueden expresar la vergüenza que sentimos al aprender que los Católico-romanos de nuestros días, bajo la supervisión y sanción del Papa, ¡Todavía se postran ante los MISMOS ÍDOLOS en el MISMO TEMPLO para obtener los MISMOS FAVORES!

Cuando nos preguntamos, —¿Cuál es la diferencia entre la religión de Roma pagana y la de Roma hoy? Más de un alumno respondería: —La única diferencia está en el nombre. En lugar de llamar a esta estatua Júpiter, la llamamos San Pedro y en lugar de llamar a aquella Minerva o Venus, la llamamos Sta. María. Es la antigua idolatría disfrazada con nombres Cristianos.

Yo deseaba seriamente ser un Católico honesto y sincero, pero estas impresiones y pensamientos me distraían mucho. Desgraciadamente, muchos de los libros puestos en nuestras manos por nuestros superiores para confirmar nuestra fió, formar nuestro carácter moral y sustentar nuestra piedad y nuestra confianza en las dogmas de la Iglesia de Roma, tenían una semejanza espantosa a las historias de los dioses y diosas que había leído. Los milagros atribuidos a la Virgen María frecuentemente parecían ser sólo una reproducción de los trucos y engaños de los sacerdotes de Júpiter, Venus, Minerva etc. Algunos de esos milagros de la Virgen María igualaban y sobrepasaban en absurdo a los cuentos horrendos de los dioses y diosas paganos.

Después de leer la metamorfosis monstruosa de los dioses del Olimpo, el alumno siente un deseo ardiente de nutrirse con las palabras de vida. Pero el sacerdote del colegio se interpone entre el alumno y Cristo y en lugar de dejarlo nutrirse con el Pan de Vida, les ofrece fábulas, algarrobas para apaciguar su hambre.

¡Sólo Dios sabe cuánto sufrí durante mis estudios al encontrarme absolutamente privado del privilegio de comer el Pan de Vida, su Santa Palabra!

Durante los últimos años de mis estudios, mis superiores a menudo me confiaban el cargo de la biblioteca. Un día festivo, me quedé solo en el colegio. Encerrándome en la biblioteca, empecé a examinar todos los libros. Descubrí que los libros más adecuados para instruirnos eran marcados prohibidos. Sentí vergüenza inexpresable al ver que sólo los libros más indiferentes eran colocados en nuestras manos. Varios alumnos más avanzados ya me habían hecho esa observación, pero no les creía. Hasta ese momento había desechado la idea de que junto con los demás alumnos, yo era víctima de un sistema increíble de ceguera intelectual y moral.

Entre los libros prohibidos, encontré una Biblia espléndida. La agarré como un avaro que descubre a un tesoro perdido. La levanté a mis labios y la besé respetuosamente. La apreté a mi corazón como uno abraza al amigo de quien se ha separado por largo tiempo. Esta Biblia trajo a mi memoria las horas más deleitosas de mi vida. Leí en sus páginas divinas hasta que regresaron los escolares.

Al día siguiente, el Rev. Sr. Leprohon, nuestro director, me llamó a su cuarto y me dijo: —Pareces turbado hoy, ¿Tienes algún motivo de dolor? ¿Estás enfermo?

No podía expresar adecuadamente mi amor y respeto por este hombre venerable. El era al mismo tiempo mi amigo y mi benefactor. Durante cuatro años, él y el Rev. Sr. Brassard habían pagado mi alojamiento.

Había leído la Biblia el día anterior en desobediencia a mi benefactor, porque cuando él me confió el cuidado de la biblioteca, me hizo prometer no leer los libros del catálogo prohibido. Me dolió entristecerlo al admitir que había quebrantado mi palabra de honor, pero me dolió mucho más engañarlo ocultando la verdad.

Así que, le dije: —Tiene usted razón en decir que estoy inquieto y triste. Confieso que hay algo que me confunde en gran manera. Nunca me atrevo a hablar de ello, pero como usted desea saber la causa de mi tristeza, se lo diré. ¡Usted ha puesto en nuestras manos no sólo a leer, sino a aprender de memoria libros que usted bien sabe, en parte son inspirados del infierno y nos prohíbe leer el único libro cuya cada palabra es enviada del cielo! Esto me confunde y me escandaliza. Su pavor hacia la Biblia conmueve mi fe y me hace temer que en nuestra Iglesia nos estamos desviando.

El Sr. Leprohon respondió: —Yo he sido el director de este colegio por más de veinte años y nunca he oído de los labios de ningún alumno semejantes reparos y quejas. ¿No temas ser víctima de un engaño del diablo al entrometerte con una pregunta tan extraña y tan nueva para un escolar, cuya única meta debe ser obedecer a sus superiores?

—Tal vez, yo sea el primero en hablarle de este modo, pero también es muy probable que soy el único alumno que haya leído la Santa Biblia en su niñez. Le aseguro que la lectura cuidadosa de ese libro admirable me ha hecho un bien que todavía siento. Yo sé, por experiencia personal, que no hay en todo el mundo un libro tan bueno y apropiado para leer y estoy en gran manera entristecido y escandalizado por el pavor que usted tiene hacia ella.

—Le confieso que pasé la tarde de ayer en la biblioteca leyendo la Biblia. Encontré en ella cosas que me hicieron llorar de gozo y felicidad, cosas que hicieron más bien a mi alma y corazón que todo lo que usted me ha dado para leer en los últimos seis años. Y estoy tan triste hoy, porque usted me aprueba cuando leo las palabras del diablo y me condena cuando leo la Palabra de Dios.

Mi superior contestó: —Puesto que has leído la Biblia, debes saber que hay asuntos en ella de una naturaleza tan delicada que es impropio para un joven o aún más para una señorita leer.

—Entiendo, —le respondí, —pero usted sabe muy bien que Satanás nos habla de cosas malas día y noche para que las gustemos y nos perdamos. Pero cuando el Dios de pureza nos habla de cosas malas (de las cuales es casi imposible que el hombre ignore), El lo hace para que las odiemos y las aborrezcamos y nos da la gracia para evitarlas. Puesto que no puedes evitar que el diablo nos susurre para seducirnos, ¿Cómo se atreve a impedir a Dios hablarnos de las mismas cosas para escudarnos de su seducción? Además, cuando Dios mismo quiere hablarme sobre cualquier tema, ¿Qué derecho tiene usted de obstruir la penetración de su Palabra a mi corazón?

Aunque la mente del Sr. Leprohon estaba enredada en las tinieblas de Roma, su corazón permanecía honesto y verdadero. Yo le respetaba y amaba como padre aunque difería de él en opinión y sabía que él me quería como su propio hijo.

El se asombró por mi respuesta. Se puso pálido y vi lágrimas a punto de salir de sus ojos. Suspiró profundamente y me miró algún tiempo reflexionando y sin contestar.

Por fin, me dijo: —Mi querido Chíniquy, tu respuesta y tus argumentos tienen tal fuerza que me asustan; si tuviera solamente mis propias ideas personales para desaprobarlos, reconozco que no podría hacerlo. Pero tengo algo mejor que mis propios pensamientos débiles. Tengo los pensamientos de la Iglesia y de nuestro Santo Padre, el Papa. Ellos nos prohíben poner la Biblia al alcance de nuestros alumnos. Esto debe poner fin a tus problemas. Obedecer a tus superiores legítimos en todas las cosas es la regla que un escolar Cristiano, como tú, debe seguir y si lo quebrantaste ayer, espero que sea la última vez que un hijo, a quien amo más que a mí mismo, me sea motivo de tanto dolor.

Al decir esto, me abrazó y me apretó a su corazón y bañó mi cara con sus lágrimas. Yo también lloré, sí, lloré abundantemente. Pero Dios sabe que aunque el pesar de haber entristecido a mi benefactor y padre me hizo llorar en ese momento, lloré mucho más al percibir que nunca más sería permitido leer su Santa Palabra.

Los dioses de los paganos nos hablaban diariamente por medio de sus apóstoles y discípulos: Homero, Virgilio, Pindar, Horacio etc. ¡Pero al Dios de los Cristianos, no le permitían decirnos una sola palabra! Tengo que decir, con corazón triste, que la educación moral y religiosa de los colegios Católico-romanos es peor que vacío. ¡Han excluido la única norma verdadera de la moral y la religión: LA PALABRA DE DIOS!

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