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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L O 47

C A P I T U L O 47

Durante los siguientes seis meses, más de 500 familias de Francia, Bélgica y Canadá llegaron a nuestra colonia. Mi gozo se disminuyó, sin embargo, ante la noticia repentina de que el Sr. Courjeault había regresado de Francia donde había quedado solamente un mes.

No atreviéndose a visitar nuevamente a Bourbonnais, se escondía en las fronteras de Indiana a unas pocas millas de distancia. Volviéndose loco de celo y odio, el 23 de enero de 1853, me dirigió la carta más abusiva que jamás había recibido. La terminó diciéndome que la fina (aunque no terminada) iglesia de Bourbonnais que él construyó iba a ser quemada y que peligraba mi propia vida si permanecía a la cabeza de esa misión.

Inmediatamente, mandé esa carta al obispo pidiendo su consejo. En su respuesta me dijo que creía que el Sr. Courjeault era lo suficiente malvado como para cumplir sus amenazas. Añadió: Aunque no tengo clara evidencia, temo que el Sr. Lebel es cómplice con el Sr. Courjeault en el complot de quemar la iglesia de Bourbonnais. Varias personas me han informado que él dice que tu presencia ahí arruinará a esa gente y causará la desintegración de la Iglesia. Yo te aconsejaría, mi querido Sr. Chíniquy, asegurar a esa iglesia cuanto antes. Yo lo he intentado hacer aquí, pero han rehusado bajo el pretexto de que es un edificio de madera inacabada y que hay demasiado peligro de fuegos cuando los obreros todavía están trabajando en él. Mi impresión es que el Sr. Lebel tiene confianza con algunos caballeros de seguros y les ha asustado con ese rumor del cual él probablemente es el autor junto con el Sr. Courjeault. Quizás tendrás mejor suerte dirigiéndote a alguna compañía de seguros en Joliet o en Springfield.

Después de intentar en vano asegurar la iglesia, escribí al obispo: La única manera de escapar del peligro inminente es terminar la iglesia en seguida y luego asegurarla. Acabo de hacer una colecta de 400 dólares entre la gente de Bourbonnais a la cual añadí 300 dólares de mis propios recursos. Comenzaré a trabajar inmediatamente si Su Señoría no tiene ninguna objeción.

El estuvo de acuerdo con esto y trabajamos casi día y noche hasta que fue terminada. Me atrevo a afirmar que, para una aldea en el campo, esa iglesia era insuperablemente hermosa. La estructura inferior y el altar fueron hechos de los más espléndidos robles negros de Bourbonnais, pulidos y barnizados por los mejores obreros calificados. Era muy noche cuando gozosamente pudimos decir las palabras solemnes Está terminada. Después cantamos el Te Deum. Si hubiera tenido la oportunidad a esa hora tan noche, la hubiera asegurado, pero fui forzado a esperar hasta el próximo lunes.

Al día siguiente (el primer domingo de mayo 1853), la iglesia nunca había estado tan llena y las palabras que dirigí a mi Dios cuando le di gracias por la hermosa iglesia que él nos había dado nunca habían sido tan sinceras y serias. Pero, ¡Ay! ¿Quién sospecharía que seis horas más tarde esa misma gente, reuniéndose alrededor de las ruinas humeantes de su iglesia, romperían el aire con sus gritos de desolación? Sin embargo, así fue el caso.

Después del culto público, dos niños, que permanecieron en la iglesia para esperar la hora del catecismo, corrieron a la casa parroquial gritando: ¡Fuego, fuego, fuego! Con la cabeza descubierta y medio paralizado, corrí a la iglesia con una cubeta de agua en la mano, pero ya era demasiado tarde. Las llamas ya habían corrido y saltado sobre el barniz fresco. En menos de dos horas, se deshizo nuestra hermosa iglesia. No había duda que esto fue un incendio premeditada, porque no habíamos dejado ningún fuego prendido en la iglesia después del culto.

Aunque aturdidos por esta terrible calamidad, la gente de noble corazón de Bourbonnais no perdieron su juicio. Mientras se reunían alrededor de las ruinas humeantes, les alenté diciendo: –Solamente en medio de grandes pruebas y dificultades los hombres muestran sus calidades más nobles y su verdadera virilidad. Si somos verdaderos hombres, en lugar de desperdiciar nuestro tiempo derramando lágrimas y rompiendo el aire con gritos de desolación, vamos a poner nuestras manos a la obra mañana mismo y erigir una iglesia de piedra que no se quemará, sino que permanecerá delante de Dios y los hombres como un monumento imperecedero de nuestra fe, liberalidad y valor indomitable.

Inmediatamente, empezamos una colecta. En menos de una hora, cuatro mil dólares en efectivo y más de cinco mil dólares en tiempo, madera, piedra y otras materiales fueron prometidos. También fueron fielmente entregados para erigir esa fina iglesia de piedra de Bourbonnais.

El próximo jueves, el Obispo Vandeveld vino de Chicago para ver qué se podía hacer para reparar esa terrible pérdida y para inquirir de modo confidencial acerca del autor del incendio. Todos los hechos indicaron que el miserable Sr. Courjeault con Lebel, el sacerdote canadiense francés de Chicago, lo habían hecho a través de sus emisarios. Ninguna duda de esto quedó en mi mente cuando supe que poco después el Sr. Courjeault se echó en uno de esos calabozos oscuros llamado, Monasterio de La Trappe.

Yo esperaba que mi obispo me trajera palabras de aliento, pero en lugar de eso me dijo: –Mi querido Sr. Chíniquy, tengo que revelarte algo que no he comunicado a nadie. Por favor, no lo digas a nadie hasta que sea cumplido. ¡No puedo permanecer más como Obispo de Illinois! Esta fuera de mi poder cumplir mis deberes. La conducta de los sacerdotes de esta diócesis es tan mala que si yo siguiera los reglamentos canónicos, sería obligado a suspender a todos los sacerdotes con la excepción de ti y dos o tres más. Todos son o borrachos notorios o entregados a concubinato público o secreto; varios de ellos tienen hijos de sus propias sobrinas y aun de sus propias hermanas. Pienso que ni diez de ellos creen en Dios. La religión para ellos no es más que una comedia bien pagada. ¿Dónde hallaré un remedio para semejante mal general? ¿Puedo castigar a unos y dejar a los demás libres en sus hechos abominables? ¿No será la suspensión general de estos sacerdotes el golpe de muerte a nuestra Iglesia en Illinois? Además, ¿Cómo los castigaré cuando sé que muchos de ellos están dispuestos a envenenarme el momento que levante un solo dedo contra ellos? ¡Tengo la intención de ir a Roma lo más pronto que reciba el permiso del Papa y a sus pies renunciar el obispado de Chicago, el cual no retendré bajo ninguna consideración! Ya no soporto más la terrible responsabilidad de mi posición aquí.

Decidí esperar hasta la mañana siguiente, cuando habría más tiempo, para expulsar, si fuera posible, sus pensamientos negativos y darle ánimo. Además, yo mismo estaba tan desanimado por esas terribles revelaciones que me hacía falta un descanso, tanto mental como corporal. Pero, ¡Ay! ¡El día siguiente resultó ser uno de los más oscuros de mi vida sacerdotal! Cuando llegó la hora del desayuno, fui a despertar al obispo. ¡Cuánto fue mi asombro cuando lo encontré ebrio! Me habían dicho que el Obispo Vandeveld, igual que la mayoría de los obispos de los Estados Unidos, era un borracho, pero nunca lo creía.

La destrucción de mi iglesia por manos de incendiarios ciertamente fue una gran calamidad para mí; pero la caída de mi obispo, de la alta posición que tenía en mi corazón y mente, fue peor. Mi amor y respeto por el Obispo Vandeveld eran cadenas muy fuertes por las cuales fui atado a los pies de los ídolos de Roma. Bendeciré eternamente a Dios quien rompió esas cadenas en ese día de suma desolación.

El resto del día, me quedé casi mudo en presencia del obispo y él no sintió menos pena cuando pidió mi opinión sobre su proyecto de dejar el diócesis. Le respondí en pocas palabras que yo no podía desaprobar su propósito, porque yo preferiría vivir en la selva oscura en medio de animales salvajes que entre sacerdotes y obispos borrachos y ateos.

Algunos meses después, supe que el Papa aceptó su renuncia del obispado de Chicago y le asignó obispo de Natchez, Louisiana. Su sucesor en Chicago fue el Rev. Sr. O’Regan. Una de las primeras acciones de este nuevo obispo fue poner pleito al Obispo Vandeveld ante los tribunos criminales acusándole de ladrón por haber robado cien mil dólares del obispado de Chicago. Esta acción causó un terrible escándalo no sólo en Illinois, sino por todos los Estados Unidos. Los dos obispos usaron los mejores abogados para pelear el uno contra el otro, comprobando a todo el mundo que ambos eran igualmente estafadores y ladrones, hasta que el Papa les obligó a detenerse y llevar el asunto ante su tribunal en Roma. Allí se decidió que los cien mil dólares llevados de Chicago a la diócesis de Natchez deberían ser divididos en partes iguales entre los dos obispos.

Cuántas noches desveladas gritaba la voz de mi conciencia: –¿Qué haces aquí extendiendo el poder de una Iglesia que es una cueva de ladrones, borrachos y ateos inmorales; una Iglesia gobernada por hombres que bien sabes son estafadores impíos y viles farsantes? ¿No ves que no sigues la palabra de Dios, sino las falsas tradiciones de los hombres cuando consientes en doblar tus rodillas ante semejantes hombres? ¿No es una blasfemia llamar a tales hombres los embajadores y discípulos del humilde, puro, santo, pacífico y amoroso Jesús? ¡Sal fuera de esa Iglesia, rompe las cadenas por los cuales estás atado como vil esclavo a los pies de ellos! ¡Toma el Evangelio como tu única guía y a Cristo como tu único gobernante!

Mi fe en mi Iglesia fue desolada y conmovida por estos escándalos. De rodillas, pedí a mi Dios que la preservara de la ruina, pero toda la noche me sentí como un barco llevado a la deriva en un mar desconocido sin brújula ni timón. ¡Años después, comprendí que el divino y seguro Piloto estaba dirigiendo mi curso hacia la puerta de la salvación!

Me parecía que, aunque estaba muy ocupado buscando viviendas para los nuevos inmigrantes, era mi deber ir a presentar mis respetos a mi nuevo obispo y abrirle mi corazón como a mi mejor amigo y el guía a quien Dios mismo había escogido para sanar las heridas de mi alma con el aceite y vino de caridad.

Nunca olvidaré el día (el 11 de diciembre de 1854) cuando vi por primera vez al Obispo O’Regan. Era de estatura mediana con una cara repugnante y su cabeza en constante movimiento. Todos sus movimientos parecían la expresión de insolencia, desprecio, tiranía y soberbio. No había absolutamente nada agradable ni en sus palabras ni en sus modales. Caí de rodillas para pedir su bendición y besé su mano que parecía tan fría como la de un cadáver.

–¡Ah, ah! Tú eres el Padre Chíniquy, –dijo, –me alegro de verte, aunque dilataste mucho tu visita. Por favor, siéntate. Quiero que me des una explicación acerca de cierto documento muy extraño que acabo de leer hoy.

Entró rápidamente a su recámara para traer el documento. Había dos sacerdotes irlandeses en la sala que llegaron unos minutos antes de mí. Cuando estabamos solos, uno de ellos dijo: –Pensamos que saldríamos avante al cambiar el Obispo Vandeveld por éste, pero temo que sólo hemos pasado de Caribdis a Escila, –y se rieron descaradamente. Pero yo no podía reír; sentí, más bien, ganas de llorar. El obispo regresó con unos papeles en la mano que yo comprendí que eran las escrituras de los once acres de terreno que yo había comprado y donde construí la capilla de St. Anne.

–¿Conoces estos papeles? –me preguntó con enojo.

–Sí, mi señor, los conozco, –le respondí.

–Entonces, –replicó rápidamente, –¿sabes que son nulas estas escrituras, un fraude que nunca deberías haber firmado?

–Su venerable y digno predecesor las aceptó, –repliqué.

–No me importa un comino lo que mi predecesor haya hecho, –respondió bruscamente, –no estamos hablando de mi Sr. Vandeveld, sino de un documento que es nulo; un engaño que debe ser echado al fuego. Tienes que entregarme otras escrituras de esa propiedad.

Al decir esto, tiró las escrituras en el suelo. Con calma las levanté y le dije: –Lamento en gran manera, mi señor, que mi primera entrevista con Su Señoría fuera la ocasión de semejante acción inesperada. Pero espero que esto no destruye los sentimientos paternales que Dios ha puesto en el corazón de mi obispo para con el último y el menor de sus sacerdotes. Veo que Su Señoría está muy ocupado; no quiero abusar de su valioso tiempo. Llevaré este documento rechazado para hacer otro que espero que sea más de acuerdo con su opinión. Y en seguida me despedí de él.

Sentí que mi deber más apremiante después de esa primera entrevista era llevar mi corazón más cerca de Dios que nunca, leer y estudiar la Biblia con más atención y procurar que mi congregación recibiera, más que nunca, la palabra de Dios como su alimento diario. También empecé a predicar abiertamente de nuestros derechos y responsabilidades como Cristianos tal como están enunciados en el Evangelio de Cristo.

Algún tiempo antes de esto, envié respetuosamente mi renuncia a la parroquia de Bourbonnais, la cual fue aceptado por el obispo. Otro sacerdote fue enviado por él para tomar mi lugar ahí, pero él también pronto llegó a ser culpable de un escándalo público con su sirvienta. Los ciudadanos principales de Bourbonnais protestaron contra su presencia en medio de ellos y forzaron al obispo a despedirlo. Su sucesor fue el miserable sacerdote, el Sr. Lebel, quien había sido expulsado de Chicago por una ofensa criminal con su propia sobrina y ahora sería el cura de Bourbonnais. Pero fue suspendido y expulsado de ese lugar en septiembre de 1855 a causa de su borrachera y otros vicios públicos. Aproximadamente en ese mismo tiempo, otro sacerdote que había sido expulsado de Bélgica por un terrible escándalo, fue enviado a Kankakee como cura de los canadienses franceses de esa interesante y joven ciudad. Después de su expulsión de Bélgica, fue a Chicago donde, bajo otro nombre, hizo una fortuna y durante cinco o seis años mantuvo una casa de prostitución. Cansado de eso, ofreció cinco mil dólares al obispo para que lo aceptara como uno de sus sacerdotes y le diera una parroquia. El Obispo O’Regan, codiciando el dinero, aceptó el soborno y le mandó a Kankakee.

A los pocos días, él, acompañado por el Sr. Lebel, vino a visitarme. Los recibí lo más cortés posible, aunque ambos estaban medio borrachos cuando llegaron. Después de la comida, salieron a cazar gallinas de llanura y se emborracharon tanto que uno de ellos, el Sr. Lebel, perdió sus botas en una ciénega y regresó descalzo sin notar su pérdida. Yo tenía que ayudarles a subir a su carroza y al siguiente día les escribí prohibiéndoles a jamás volver a entrar a mi casa.

Poco antes que estos dos sacerdotes infames fueran expulsados ignominiosamente por sus congregaciones, para mi sorpresa y tristeza, recibí una carta del obispo que terminó con estas palabras: Lamento oír que rehúses vivir en paz con tus dos hermanos sacerdotes vecinos. Esto no debe ser; espero oír pronto que te hayas reconciliado con ellos.

Llegó a ser un hecho público que el obispo había dicho en presencia de mucha gente: –Daría cualquier cosa al que me ayudara a deshacerme de ese inmanejable Chíniquy. Entre ellos contaba un estafador de terrenos que había sido culpado de perjurio en el condado Iroquois. El se ofreció al obispo: –Si usted paga los gastos de la demanda, yo me comprometo a meter a Chíniquy a la cárcel. El obispo le contestó públicamente: –Ninguna suma de dinero sería demasiado alta para librarme de un sacerdote que, él solo, me da más problemas que todo el resto del clero. Este especulador me arrastró ante el tribunal criminal de Kankakee, el 16 de mayo de 1855, pero perdió el pleito y fue condenado a pagar el costo.

Habiendo expresado tan frecuentemente en público sus malos sentimientos contra mí, me daba la impresión que el obispo no visitaría a mi colonia, pero estaba equivocado. El 11 de junio, acompañado por el Sr. Lebel y Sr. Carthuval, llegó a St. Anne para administrar el sacramento de la confirmación.
En privado, yo protesté enérgicamente la presencia de estos dos hombres depravados en mi casa: –Mi señor, permítame decirle respetuosamente que el Evangelio de Cristo me manda a evitar la compañía de hombres públicamente viciosos y disolutos. Mi conciencia me dice que por respeto a mí mismo, a mi congregación y al Evangelio que predico, debo evitar la compañía de hombres, uno de los cuales ha vivido con su sobrina como esposa y el otro, hasta recientes días, ha sido culpable de mantener una casa de prostitución en Chicago. Quizás Su Señoría ignora estas cosas y por consecuencia pone su confianza en estos hombres. Pero no hay nada más apto para destruir la fe de nuestra gente canadiense francés que ver a semejantes hombres en su compañía cuando usted viene a administrar el sacramento de la confirmación. Es por respeto a Su Señoría que tomo la libertad de hablar de esta manera.

El me respondió airadamente: –Veo que es cierto lo que la gente dice de ti. Es al Evangelio al que constantemente apelas. ¡El Evangelio! Ciertamente el Evangelio es un libro santo, pero acuérdate que es la Iglesia quien te guiará. Cristo ha dicho: Escucha a mi Iglesia. Yo, aquí, soy el intérprete, el embajador, el representante de la Iglesia; cuando desobedeces a mí, desobedeces a la Iglesia.

–Mi señor, –le dije, –ahora que he cumplido un deber de conciencia, por respeto a Su Señoría, voy a tratar a estos dos sacerdotes como si fueran dignos de la posición honorable que usted les ha dado.

–Muy bien, muy bien, –replicó el obispo, –pero ha de estar cerca la hora de la comida.

–Sí, mi señor, acabo de oír la campana que nos llama al comedor.

Después de la bendición de la mesa por el obispo, él se fijó en el Rev. Sr. Carthuval que estaba sentado frente a él y dijo: –¿Qué te pasa, Sr. Carthuval? No te ves bien.

–No, mi señor, –respondió, –no estoy bien, quiero ir a la cama.

Tenía razón; no estaba bien, porque estaba borracho. Durante el servicio público, él salió de la capilla para bajar a pedir una botella de vino que yo guardaba para celebrar la misa. La sirvienta, pensando que requerían el vino en la capilla, le dio la botella, la cual bebió en su presencia en menos de cinco minutos. Después volvió a la capilla para ayudar al obispo a administrar la confirmación a los 150 personas a quienes yo había preparado para recibir este rito.

Lo más pronto que terminó la comida, el obispo me pidió que saliera a pasear con él. Después de darme algunas felicitaciones por el sitio tan hermoso que había escogido para mi primera colonia y capilla, vio a corta distancia un edificio de piedra levantada a una altura un poco arriba de las ventanas. Dirigiendo sus pasos hacia él, se detuvo a una distancia de siete a diez metros y me preguntó: –¿De quién es esta casa?

–Es mía, mi señor.

–¡Es tuya! –replicó, –y, ¿A quién pertenece ese hermoso jardín?

–Es mío también, mi señor.

–¡Bien, bien! –respondió, –¿Dónde conseguiste el dinero para comprar ese fino terreno y construir esa casa?

–Conseguí el dinero donde todo hombre honesto consigue lo que posee, en el duro trabajo y en el sudor de mi frente, –repliqué.

–¡Yo quiero esa casa y ese terreno! –respondió el obispo con una voz imperiosa.

–Yo también, –le contesté.

–Tienes que darme esa casa y el terreno en que está construida, –dijo el obispo.

–No puedo dárselo mientras yo lo necesito, mi señor, –le repliqué.

–Veo que eres un sacerdote malo como me han dicho tan frecuentemente, porque no obedeces a tu obispo, –respondió airado. Le respondí: –No veo porque soy un sacerdote malo, porque guardo lo que Dios me ha dado.

–Ignoras el hecho de que no tienes ningún derecho de poseer ninguna propiedad? –él respondió.

–¡Si, mi señor! Estoy ignorante de cualquier ley en nuestra santa Iglesia que me priva de tales derechos. Sin embargo, si Su Señoría me puede mostrar semejante ley, le entregaré las escrituras de esta propiedad ahora mismo.

–Si no hay semejante ley, –replicó, golpeando al suelo con sus pies, –yo mandaré que adopten una.

–Mi señor, –le respondí, –usted es un gran obispo; usted tiene gran poder en la Iglesia, pero permítame decirle que usted no es suficiente grande como para mandar adoptar semejante ley en nuestra Iglesia.

–Tú eres un sacerdote insolente, –respondió con terrible ira, –y yo te haré arrepentir de tu insolencia.

Luego, se volteó hacia la capilla sin esperar mi respuesta y mandó enganchar los caballos a la carroza para salir cuanto antes. Un cuarto de hora después, salió de St. Anne y nunca volvió a venir. La visita de ese ladrón mitrado con sus dos sacerdotes disolutos, aunque muy corta, por la misericordia de Dios, hizo mucho para preparar nuestras mentes para comprender que Roma es la gran ramera de la Biblia que seduce y embriaga a las naciones con el vino de sus prostituciones. (Ap. 17: 2)

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