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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L O 6 1

C A P I T U L O 6 1

¿Cómo expresaré la sorpresa y el gozo que sentí después del servicio! A solas en mi humilde estudio, consideré en la presencia de Dios lo que su mano poderosa acababa de hacer. La gente que vio a Lázaro salir del sepulcro no estaba más asombrada que yo, cuando más de mil de mis compatriotas tan repentinamente salieron del sepulcro de la esclavitud degradante en el cual habían nacido y fueron criados.

Mi gozo, sin embargo, de repente cambió cuando consideré el instrumento indigno que Dios escogió para hacer esa obra. Sentí que esto era solamente el principio de la reforma religiosa más notable que jamás haya ocurrido en este continente. Fui asombrado al pensar que confrontaría las dificultades terribles que Lutero, Calvino y Knox habían tenido. Esos gigantes muchas veces casi se habían desanimado. ¿Qué sería de mí, viendo que era tan deficiente en conocimiento, sabiduría y experiencia? Muchas veces durante las noches, decía a mi Dios con lágrimas: –¿Por qué no has escogido un instrumento más digno? Me hubiera echado hacia atrás si Dios no hubiera dicho en su Palabra:

Mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. (1 Cor. 1: 26-29)

Estas palabras calmaron mis temores y me dieron nuevo valor. A la mañana siguiente me dije a mí mismo: –¿No hizo Dios las grandes cosas de ayer, él solo? ¿Por qué no depender de él para terminar las cosas que faltan por hacer? Yo soy débil, pero él es poderoso. Yo soy imprudente, pero él es el Dios de luz y sabiduría. Yo soy pecador, pero él es el Dios de Santidad. El quiere que el mundo sepa que él hace la obra.

La nueva batalla que mis queridos compatriotas y yo teníamos que librar contra Roma en esos tempestuosos pero benditos días compondrían el libro más interesante. Ver la sorpresa y desolación de la esposa e hijos cuando el padre volviera del servicio y dijera: –Mi querida esposa e hijos, yo he salido de la Iglesia de Roma para siempre y espero que ustedes hagan lo mismo, las cadenas ignominiosas por las cuales estuvimos atados como los esclavos del obispo y del Papa están rotas. Solamente Cristo Jesús reinará sobre nosotros ahora, sólo su Santa Palabra nos gobernará y nos guiará. La salvación es un don y estoy feliz en su posesión.

En otro caso, el esposo no pudo ir a la iglesia, pero la esposa y los niños sí, ahora fue la esposa quien anunció a su marido que ella había renunciado para siempre la autoridad usurpada de los obispos y del Papa y que hizo la firme resolución de obedecer a ningún otro amo aparte de Cristo y no aceptar ninguna otra religión que la que enseña el Evangelio.

Había en muchos hogares confusión, lágrimas, palabras airadas y discusiones amargas, pero el Dios de verdad, luz y salvación estaba ahí. Las tempestades pronto fueron calmadas, las lágrimas secadas y la paz restaurada. Esa semana el Evangelio había realizado una de las victorias más gloriosas sobre su enemigo implacable, el Papa. De las 500 familias que estaban situadas alrededor de mí en St. Anne, 405 no solamente aceptaron el Evangelio de Cristo como su única autoridad, sino públicamente repudiaron el nombre de Católico-romano para llamarse Católicos Cristianos. Lo más admirable fue su fuerte determinación de leer por ellos mismos el divino Evangelio que les había libertado de la esclavitud del hombre. La mitad de la gente nunca había aprendido a leer, por tanto, cada casa como también nuestra capilla pronto se convirtieron en escuelas. Nuestros niños y niñas escolares eran los maestros y los padres y madres eran los alumnos. En un corto plazo todos, excepto los que rehusaron salir de Roma, empezaron a leer por sí mismos la Santa Palabra de Dios.

Pero la victoria sobre el Papa no estaba completa. La autoridad usurpada de los obispos fue destruida y la gente determinó a aceptar solamente la autoridad de Cristo. Sin embargo, muchos errores y supersticiones permanecían en sus mentes como una neblina después del amanecer para impedir que vieran claramente la luz salvadora del Evangelio. Era mi deber arrancar toda esa maleza perniciosa, pero yo sabía las dificultades formidables que los reformadores del siglo XV habían confrontado, las divisiones deplorables que se extendieron entre ellos y los escándalos que tan seriamente retardaron y transigieron la reforma.

Clamé a Dios por sabiduría y fortaleza. Nosotros, como todos los Católicos, estuvimos entregados a la adoración de imágenes y estatuas. En las paredes de nuestra capilla estaba colgado un juego de 14 hermosos cuadros llamado la Vía de la Cruz representando la pasión de Cristo. Cada cuadro estaba coronado con una cruz. Uno de nuestros ejercicios devocionales favoritos era arrodillarnos tres o cuatro veces por semana, postrándonos ante ellos y diciendo con fuerte voz: Oh Santa Cruz, te adoramos. Solíamos dirigir nuestras oraciones más fervientes a ellos como si pudieran oírnos, pidiendo que cambiaran nuestros corazones y limpiaran nuestras almas.

También tuvimos una estatua hermosa o más bien un ídolo de la Virgen María como niña aprendiendo a leer a los pies de su madre Sta. Ana. Era una obra maestra de arte enviado a mí por algunos amigos ricos, poco después que salí para formar la colonia de St. Anne en 1852. Frecuentemente habíamos dirigido nuestras oraciones más fervientes a esas estatuas. Pero después del bendito Pentecostés, cuando quebrantamos el yugo del Papa, nunca entré a la capilla sin sonrojarme al ver esos ídolos sobre el altar.

Yo deseaba mucho quitar los cuadros, las cruces y las imágenes, pero tenía miedo de herir a algunas personas que todavía estaban demasiado débiles en su opinión religiosa para soportarlo. En esos días estuve leyendo cómo Knox y Calvino hacían fogatas para destruir todas esas reliquias del antiguo paganismo y quería hacer lo mismo, pero sentí como Jacob que no podía seguir la rápida marcha de su hermano Esaú: Los niños son tiernos y tengo ovejas y vacas paridas y si las fatigo en un día, morirán todas las ovejas. (Gen. 33: 13)

Nuestro Dios misericordioso vio mi perplejidad y me enseñó cómo deshacernos de esos ídolos sin herir a los débiles.

Un domingo, prediqué sobre el segundo mandamiento: No te harás imagen ni ninguna semejanza... (Ex. 20: 4) Permanecí en la capilla para orar después de que la gente había salido y miré arriba al grupo de estatuas y les dije: –Mis buenas señoras, ustedes tienen que bajar de esa alta posición. Sólo Dios Todopoderoso es adorado aquí ahora. Si pudieran salir caminando de este lugar, cortésmente les invitaría a hacerlo, pero no son más que ídolos mudos, sordos, ciegos e ineptos. Ustedes tienen ojos, pero no ven; oídos, pero no pueden oír; pies, pero no pueden caminar. ¿Qué haré con ustedes ahora? Su reino ha terminado ya.

De repente, recordé que cuando coloqué a esas estatuas en su alto pedestal, las había amarrado con un fuerte pero delgado cordón de seda para evitar que cayeran. Dije a mí mismo: –Si corto ese cordón los ídolos seguramente caerán la primera vez que el piso temblara. Su caída y destrucción, entonces, no escandalizará a nadie. Tomé mi navaja y subí sobre el altar y corté el cordón. Dije: –Ahora, mis buenas señoras, cuídense, especialmente cuando la capilla se sacude por un fuerte viento o por la entrada de la gente.

Nunca había presenciado un risa de tan buena gana como al comenzar el servicio el próximo domingo, cuando la gente cayó de rodillas para orar, los dos ídolos, privados de su apoyo de seda, después de dos sacudidas, cayeron con un fuerte estallido y se rompieron en añicos. Ancianos y jóvenes, fuertes y débiles y aun niños en la fe, después de reírse hasta quedarse satisfechos del triste fin de sus ídolos, comentaron unos a otros: ¡Cuán tontos y ciegos fuimos al creer que estos ídolos nos protegerían, cuando no pueden cuidar a ellos mismos!

El último vestigio de adoración a los ídolos desapareció con el polvo y fragmentos quebrados de esas pobres e impotentes estatuas. Al mismo día siguiente, la gente misma destruyó todas las imágenes delante de las cuales ellos tan frecuente y despreciablemente se habían postrado.

Mi plan desde el principio había sido dejar que la gente sacaran sus propias conclusiones de su propio estudio de las Santas Escrituras. Guié sus pasos de tal manera que ellos comprendieran que todos éramos guiados por el brazo del Dios Todopoderoso y misericordioso.

Después de escudriñar las Escrituras en oración, la gran mayoría descubrieron que el purgatorio era un invento diabólico para enriquecer a los sacerdotes de Roma a las expensas de sus pobres esclavos ciegos, pero un gran número no estaba completamente libre de esto. No sabía cómo destruir este error sin lastimar a uno de los niños débiles en el Evangelio.

El día de todos los santos (el primero de noviembre) llegó, cuando solíamos hacer colectas para decir rezos y misas por las almas en el purgatorio. Les dije desde el púlpito: –Desde que salimos de la Iglesia de Roma para ser la Iglesia de Cristo, hemos pasado muchas horas agradables juntos, leyendo y meditando en el Evangelio. Ustedes saben que no contiene una sola palabra acerca del purgatorio. Hemos aprendido que solamente la sangre del Cordero derramada en la cruz puede purificar nuestras almas culpables del pecado. Yo sé, sin embargo, que algunos de ustedes han retenido algunas de las opiniones enseñadas concerniente al purgatorio. No quiero molestarles con discusiones inútiles sobre el tema ni rehusar el dinero que ustedes quieren dar para las almas de sus seres queridos, familiares y amigos difuntos. Lo único que quiero hacer es esto: Ustedes siempre han pasado una cajita para recoger ese dinero. Pues, hoy, en lugar de una caja, vamos a pasar dos cajas, una blanca y la otra negra. Todos los que, como yo, no creen en el purgatorio, pondrán el dinero en la caja blanca y el dinero será dado a las viudas y los huérfanos pobres de la parroquia para comprarles comida y ropa para el invierno. Los que todavía creen en el purgatorio, pondrán el dinero en la caja negra para el beneficio de los difuntos. Solamente les pido que me digan cómo transmitir las donaciones a los difuntos. Les digo francamente que el dinero que ustedes dan a los sacerdotes nunca va para el beneficio de las almas del purgatorio. Dondequiera, los sacerdotes lo guardan para su propio provecho.

Una sonrisa siguió mis comentarios. Pusieron 35 dólares en la caja blanca para los huérfanos y las viudas y ni un solo centavo cayó en la caja para las almas del purgatorio. Desde ese día, por la gran misericordia de Dios, nuestros queridos conversos desecharon completamente esa creencia ridícula y sacrílega.

Para tratar con todos los errores e idolatrías de Roma, hacíamos dos reuniones públicas cada semana en las cuales todos tenían la libertad de preguntarme y discutir los varios temas anunciados en la reunión anterior. Las doctrinas de la confesión auricular, oraciones en idioma extranjero, la misa, agua bendita y las indulgencias fueron tranquilamente examinadas, discutidas y desechadas una tras otra en un tiempo muy corto. El bien hecho en esas discusiones públicas era incalculable. Nuestros queridos conversos no sólo aprendieron las grandes verdades del Cristianismo, sino también aprendieron cómo enseñar a sus familiares, amigos y vecinos.

Muchos vinieron largas distancias para ver ese extraño movimiento religioso que estaba haciendo tanto ruido por el país. Pocos de ellos se fueron sin algunos rayos de la luz salvadora que el Sol de Justicia estaba derramando tan abundantemente sobre mí y mis queridos hermanos de St. Anne.

Tres meses después de nuestro éxodo de la tierra de servidumbre, contábamos 6,000 canadienses franceses marchando hacia la tierra prometida. Por las noches, paseaba silenciosamente por las calles de nuestra aldea y oía de casi cada hogar sonidos de la lectura de las Santas Escrituras o las melodías de nuestros himnos franceses deleitosos. Cuántas veces uní mi débil voz con aquel profeta antiguo en la éxtasis de mi gozo: Bendice, alma mía, al Señor y bendiga todo mi ser su santo nombre. (Sal. 103: 1)

Pero el oro no puede ser purificado sin fuego. El 27 de julio, recibí por medio de un amigo, una carta escrita por el obispo Católico-romano de Illinois (Duggan) a varios de sus co-obispos:

El cisma del apóstata Chíniquy está extendiéndose con increíble e irresistible velocidad. Me dicen que él tiene 10,000 seguidores, aunque espero que este número sea una exageración. Pero muestra que el mal es grande y no debemos perder nada de tiempo en intentar abrir los ojos de la gente engañada que él está llevando a la perdición. Tengo la intención de visitar el baluarte de ese cisma deplorable el próximo martes, el 3 de agosto. Puesto que hablo francés casi tan bien como el inglés, voy a dirigirme a la gente en su propio idioma. Mi intención es desenmascarar a Chíniquy y mostrarles qué clase de hombre es él. Entonces mostraré a la gente que es una tontería pensar que ellos pueden entender e interpretar las Escrituras por su propio juicio privado. Después de eso, fácilmente les mostraré que fuera de la Iglesia de Roma no hay salvación. Recen a la Bendita Virgen María para que ella me ayude a rescatar a esa pobre gente engañada.

Después de leer esa carta a la congregación el primer domingo de agosto, dije: –Conocemos a un hombre sólo después que haya sido probado. Así también, conocemos la fe de un Cristiano sólo después que haya pasado por el fuego de tribulaciones. Doy gracias a Dios que el próximo martes será el día escogido por él para mostrar al mundo que ustedes son dignos de estar en las filas fronterizas del gran ejército que Jesucristo está reclutando para luchar contra su enemigo implacable, el Papa, en este continente. Vengan cada uno de ustedes para oír lo que diga el obispo; no sólo los de buena salud, sino también los enfermos deben ser traídos para oír y juzgar por ellos mismos.

–Si el obispo cumple su promesa de demostrar que yo soy un hombre depravado y malo, ustedes tienen que expulsarme. Ustedes tienen que abandonar o quemar sus Biblias a petición de él, si él comprueba que ustedes no tienen el derecho de leer ni la inteligencia para entenderla. Si él les muestra que fuera de la Iglesia de Roma no hay salvación, sin dilatar una hora, ustedes tienen que regresar a esa Iglesia y someterse a los obispos del Papa. Pero si él fracasa (como seguramente sucederá), ustedes saben qué hacer. El próximo martes será un día muy glorioso para todos nosotros, una gran batalla decisiva será librada aquí, tal como este continente jamás ha presenciado, entre los grandes principios de la verdad y la libertad Cristiana, y las mentiras y tiranías del Papa.

–Sólo diré una cosa más: Desde este momento hasta la hora solemne del conflicto, humilde pero fervientemente pidamos a nuestro gran Dios por medio de su amado y eterno Hijo que mire a nosotros con misericordia, iluminándonos y fortaleciéndonos para que seamos fieles a él, a nosotros mismos y a su Evangelio. Entonces los ángeles del cielo se unirán con todos los escogidos de Dios de la tierra en bendecirles por la gran victoria gloriosa que ganarán.

El sol nunca había brillado más resplandeciente en nuestra hermosa colina, ese 3 de agosto de 1858. Los corazones nunca habían sentido tan felices ni las caras jamás habían sido tan perfectamente los espejos de mentes gozosas como ese día entre las multitudes que comenzaron a reunirse de cada rincón de la colonia un poco después de las doce del día.

Viendo que en nuestra capilla, aunque muy grande, no cabrían ni la mitad del auditorio, construimos una plataforma grande de tres metros de altura en medio de la plaza pública delante de la capilla. La cubrimos con alfombras, colocamos un sofá y un buen número de sillas para el obispo y sus sacerdotes y una para mí mismo y una mesa grande para los varios libros de referencia que yo quería tener a la mano para responder al obispo.

Como a las dos de la tarde, llegó su carroza seguida por varias otras, llenas de sacerdotes. El estaba vestido de su sobrepelliz blanco y con su Bonnet Carre oficial en su cabeza para mandar con más seguridad el respeto y temor de la multitud.

De antemano, pedí a la gente que guardasen silencio y le mostraran todo el respeto debido a un caballero. Lo más pronto que su carroza se acercó a la capilla, yo di una señal y alzaron la bandera de los Estados Unidos a la punta de un mástil para advertir al embajador del Papa que no estaba pisando el terreno de la Santa Inquisición y esclavitud, sino la tierra de libertad. El obispo lo entendió, porque levantando su cabeza para ver esa espléndida bandera de franjas y estrellas agitándose en el aire, se volvió tan pálido como la muerte. Su intranquilidad aumentó cuando los miles alrededor de él rompieron el aire con el grito: –¡Viva la bandera de los libres y los valientes!

El obispo y sus sacerdotes pensaron que ésta era la señal que yo les había dado para degollarles, porque se les habían dicho que yo y mi gente éramos tan depravados y malos que su vida estaba en gran peligro entre nosotros. Varios sacerdotes que no saboreaban mucho la corona de martirio, saltaron de sus carrozas y huyeron, para la gran diversión del gentío. Viendo el extremo terror en la cara del obispo, corrí para decirle que no había el menor peligro y asegurarle el gusto que teníamos de tenerlo entre nosotros.

Le ofrecí la mano para ayudarle a bajar de su carroza, pero él la rechazó. Después de algunos momentos de temblar y vacilar, susurró algunas palabras en el oído de su Gran Vicario Mailoux, quien era bien conocido para mi gente. Levantándose lentamente, el vicario dijo con una voz fuerte: –Mis queridos compatriotas canadienses franceses, aquí está su santo obispo, arrodíllense y él les dará su bendición.

Pero para el gran asombro del pobre gran vicario, esta apertura bien planeada para la batalla fracasó completamente. A ni una sola persona de toda la multitud le importaba su bendición; nadie se arrodilló.

Pensando que no había hablado lo suficientemente fuerte, alzó su voz y gritó: –Mis queridos compatriotas, éste es su santo obispo que viene a visitarles, arrodíllense y él les dará su bendición.

Pero, nadie se arrodilló y peor, una voz del gentío le respondió: –¿No sabe usted, señor, que aquí ya no doblamos la rodilla delante de ningún hombre? Solamente delante de Dios nos arrodillaremos. Toda la gente gritó: ¡Amén! a esa noble respuesta; yo no pude detener una lágrima de gozo. Este primer esfuerzo del embajador del Papa para atrapar a mi gente había fracasado. Pero, aunque di gracias a Dios, sabía que la batalla estaba lejos de terminar. Imploré a Dios que estuviera con nosotros y que fuera nuestra sabiduría y fortaleza hasta el fin. Viendo el rostro del obispo tan angustiado como antes, le ofrecí nuevamente la mano. El la rehusó por segunda vez, pero aceptó la invitación que le hice de pasar a la plataforma.

A la mitad de las escaleras, se volteó y viendo que yo le seguía, extendió su mano para detenerme y dijo: –Yo no quiero que usted suba a esta plataforma. Bájese y deje que sólo mis sacerdotes me acompañen.

Le respondí: –Puede ser que usted no quiera que yo esté ahí, pero yo quiero estar a su lado para responderle. ¡Acuérdese que usted no está en su propio territorio, sino en el mío!

El, entonces, silenciosa y lentamente subió. Una vez en la plataforma, le ofrecí un buen sillón, pero él lo rehusó y se sentó en uno que él escogió con sus sacerdotes alrededor de él. Luego, le dije lo siguiente: –Mi señor, a la gente y al pastor de St. Anne nos da mucho gusto verlo en medio de nosotros. Prometemos escuchar atentamente lo que usted tenga que decir con la condición que nosotros tengamos el privilegio de responderle.

El respondió enojado: –No quiero que usted diga una sola palabra aquí.

Pasando al frente, comenzó su discurso en francés con una voz temblorosa, pero fue un fracaso desde el principio hasta el fin. En vano intentó probar que fuera de la Iglesia de Roma no hay salvación. Fracasó aún más miserablemente, intentando probar que la gente no tiene derecho de leer las Escrituras ni la inteligencia para entenderlas. Dijo cosas tan ridículas sobre este punto que la gente tenía ataques de risa. Algunos dijeron: Eso no es verdad; usted no sabe lo que está hablando; la Biblia dice todo lo contrario. Pero yo los detuve, recordándoles la promesa que habían hecho de no interrumpirlo.

Un poco antes de terminar su discurso, volteó a mí y dijo: –Usted es un malvado sacerdote rebelde contra la santa Iglesia. Váyase de aquí a un monasterio a hacer penitencia por sus pecados. ¡Usted dice que nunca ha sido excomulgado de una manera legal! Bueno, ya no podrá decir eso, porque yo le excomulgo ahora delante de toda esta gente.

Yo le interrumpí y le dije: –Usted olvida que no tiene ningún derecho de excomulgar a un hombre que públicamente dejó su Iglesia desde hace mucho tiempo.

Pareció darse cuenta que se había puesto en ridículo al decir esas frases y se detuvo por un momento. Haciendo volver su perdido valor, tomó un carácter nuevo e impresionante. El les dijo a la gente cómo sus amigos, familiares y aun sus madres y padres en Canadá estaban llorando a causa de su apostasía. Habló con gran fervor de la desolación de todos los que les amaban, a causa de las noticias de su deserción a la Santa Madre Iglesia. Luego les preguntó con gran énfasis y seriedad: –Mis queridos amigos, por favor díganme, ¿Quién será su guía en los caminos de Dios, puesto que han dejado a la Santa Iglesia de sus padres, la Iglesia de su patria? ¿Quién les guiará en los caminos de Dios?

La respuesta fue casi un completo silencio. ¿Fue ese silencio el resultado de la impresión profunda o fue el silencio que precede a la tempestad? Yo no sabía, pero tengo que confesar que aunque no había perdido la confianza en Dios, no estaba sin ansiedad. Fácilmente hubiera confundido al obispo con pocas palabras, pero era mucho mejor que la reprensión viniera de la gente.

El obispo, esperando que el silencio fuera un indicio de que había tocado sus corazones, exclamó por segunda vez con todavía más poder y seriedad: –Mis queridos amigos canadienses franceses, les pregunto en el nombre de nuestro Salvador Jesucristo y en el nombre de sus desolados padres, madres y amigos que están llorando junto a las riberas del hermoso río St. Lawrence; ¡Les pregunto en el nombre de su amada Canadá! ¡Respóndanme! Ahora, que ustedes rehúsan obedecer a la Santa Iglesia de Roma, ¿Quién les guiará en los caminos de salvación?

Siguió otro silencio solemne pero muy breve. Cuando invité a la gente a venir y oír al obispo, les pedí que trajeran sus Biblias. De repente, un anciano granjero, levantando su Biblia sobre su cabeza con ambas manos, dijo: –Esta Biblia es todo lo que queremos para guiarnos en los caminos de Dios. No queremos más que la pura Palabra de Dios para enseñarnos lo que debemos hacer par ser salvos. En cuanto a usted, señor, debe irse de aquí y nunca volver.

Y más de cinco mil voces dijeron: ¡Amén! a esa sencilla y sublime respuesta. Toda la multitud llenó el aire con gritos: –¡La Biblia! ¡La Santa Biblia! ¡La Santa Palabra de Dios es nuestra única guía en el camino hacia la vida eterna! ¡Váyase, señor y nunca vuelva a venir!– La batalla terminó; el obispo había perdido.

Sofocado por sus sollozos, se sentó o más bien, cayó al sillón y temí, al principio, que se desmayaría. Cuando vi que estaba lo suficiente recuperado para oír lo que yo iba a decir, pasé al frente de la plataforma. Pero apenas había dicho dos palabras cuando sentí como las garras de un tigre sobre mi hombro. Me volteé y hallé que eran los dedos engarruñados del obispo que me sacudían mientras decía con una voz furiosa: –¡No, no! ¡Ni una palabra de usted!

Cuando yo estaba a punto de demostrarle que tenía el derecho de refutar lo que él había dicho, mis ojos vieron una escena que escapa a toda descripción. Solamente los que han visto las olas furiosas del mar repentinamente levantadas por el huracán pueden captar la idea. La gente vio la mano violenta del obispo levantada contra mí. Ellos oyeron sus palabras insolentes y furiosas prohibiéndome dar una sola palabra de respuesta. Se oía un clamor universal de indignación: –¡Ese desgraciado infame! ¡Abajo con él! ¡Quiere esclavizarnos otra vez! ¡Nos niega el derecho de libertad de expresión! ¡Rehúsa oír lo que nuestro pastor tiene que responder! ¡Abajo con él!

Al mismo tiempo, muchos corrieron para escalar la plataforma y otros empezaron a derribarla. Toda esa multitud, cegada por furia incontrolable, era como un hombre borracho que no sabe lo que hace. Yo había leído de cosas semejantes y espero nunca volverlo a ver. Corrí a la cabecera de las escaleras y con gran dificultad repelé a los que estaban intentando agarrar al obispo. En vano levanté mi voz para calmarlos y hacerles ver el crimen que querían cometer. No se entendía ninguna voz en medio de tanta confusión. Era muy providencial que habíamos construido la tarima de material resistente. Felizmente, teníamos entre nosotros un joven muy inteligente llamado Bechard a quien todos tenían gran respeto. Yo le pedí que pasara a la plataforma en el nombre de Dios para apaciguar la furia ciega de esa multitud. Extrañamente, su presencia y un signo de la mano actuó como magia.

–¡Escuchemos lo que Bechard tiene que decir! –y hubo una repentina y profunda calma. Con unas palabras apropiadas y elocuentes, ese joven caballero mostró a la gente que lejos de estar enojados, deberían alegrarse de la exhibición de la tiranía y cobardía del obispo. ¿No admitió la debilidad de su discurso por el hecho de rehusar oír la respuesta? ¿No confesó que era el más vil e imprudente de los tiranos al negarles el sagrado derecho de libertad de expresión? ¿No probó delante de Dios y los hombres que ellos habían hecho bien al rechazar para siempre la autoridad del obispo de Roma? ¿No les ha dado la prueba irrefutable que esa autoridad significa la tiranía sin límites y la ignominiosa degradación moral de sus esclavos ciegos?

Viendo que todos estaban ansiosos de escucharme a mí, luego, les dije: –En lugar de estar enojados, deberían bendecir a Dios por lo que han oído y visto del obispo de Chicago. No presentó ni un solo argumento para mostrarnos que hicimos mal cuando abandonamos las palabras del Papa para seguir las palabras de Cristo. ¿No les dijo que no había necesidad de mi parte de responderle? ¿No están todos de acuerdo que no había nada que refutar en su discurso? Nuestro Dios misericordioso ha traído a este obispo entre ustedes hoy para mostrarles lo que les he dicho frecuentemente que no había nada varonil, ni honesto, ni veraz en él. ¿Han oído alguna palabra de sus labios que pudiera haber venido de los labios de Cristo o alguna palabra que pudiera haber venido de ese gran Dios que nos amó tanto que envió a su Hijo eterno para salvarnos? ¿Había una sola oración en todo su discurso que les recordaría que la salvación en Cristo es un Don o que la vida eterna es una dádiva? ¿Han oído algo de él que les hace lamentar que ya no son sus obedientes y miserables esclavos?

–¡No, no! –replicaron.

–Entonces, –añadí, –en lugar de estar enojados con ese hombre, deben darle las gracias y dejar que se vaya en paz.

–¡Sí, sí! –replicó la gente, –pero con la condición de que nunca vuelva a venir.

Entonces, el Sr. Bechard pasó al frente, levantó su sombrero y gritó con su potente voz: –Gente de St. Anne, acaban de ganar la victoria más gloriosa que jamás ha ganado un pueblo sobre sus tiranos. ¡Viva St. Anne, el sepulcro de la tiranía de los obispos de Roma en América!

Toda esa multitud gozosa, llenó el aire con el grito: –¡Viva St. Anne, el sepulcro de la tiranía de los obispos de Roma en América!

Entonces, volteé hacia el pobre obispo y sus sacerdotes cuya angustia y temor sobrepasaban descripción. Les dije: –Ustedes ven que la gente les perdona, pero les aconsejo a no repetir ese insulto aquí. Por favor, sigan su consejo y váyanse lo más pronto posible. Yo les acompañaré a su carroza en medio del gentío. Les prometo que estarán seguros siempre que no les vuelvan a insultar.

Abriendo sus filas, la multitud hizo un pasillo por el cual guié al obispo y sus sacerdotes hasta sus carrozas. Esto se hizo en profundo silencio. Sólo algunas pocas mujeres susurraron al prelado mientras pasó de prisa: –Váyase de aquí y nunca vuelva a venir; de aquí en adelante seguimos solamente a Cristo.

Aplastado por olas de humillación, ese obispo, cuyo principio había sido tan brillante, después de su derrota vergonzosa en St. Anne, el 3 de agosto de 1858, pronto terminó su carrera rota en el manicomio de St. Louis donde todavía está confinado hoy.