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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L OS 31,32 y 33

C A P I T U L O 31

El 21 de marzo de 1839, di mi primer sermón sobre la abstinencia. Expliqué cómo el alcohol destruía no solamente sus vidas de ellos, sino también las de sus hijos hambrientos. –No puedo librar esta batalla solo, –les reté, –necesitamos levantar un gran ejército con Jesucristo como nuestro General. El nos bendecirá y nos llevará a la victoria. ¡Durante los próximos tres días llenaremos nuestras filas para que ese gigante destructor de nuestros cuerpos y almas sea expulsado de entre nosotros!

Al día siguiente, 75 hombres que contaban entre los borrachos más desesperados de Beauport se ingresaron bajo la bandera de abstinencia. El segundo día se unieron 200 a la batalla. Para el tercer día 300 más hicieron la promesa. Durante estos tres días, más de 2/3 de mi congregación habían hecho la promesa pública de abstinencia, solemnemente en la presencia de Dios delante del altar.

Como un gran número de personas de parroquias vecinas y aun de Qüebec habían venido por curiosidad, las noticias de esa obra maravillosa se difundió rápidamente por todo el país. La prensa, tanto la francesa como la inglesa estaban unánimes en sus alabanzas y felicitaciones. Pero mientras los Protestantes de Qüebec estaban bendiciendo a Dios por esta reforma, los canadienses franceses, siguiendo el ejemplo de sus sacerdotes, me denunciaban como un necio y hereje.

La indignación del obispo sobrepasó todo límite. Pocos días después, me mandó llamar a su palacio: –Has transigido nuestra santa religión introduciendo una sociedad cuyo origen es claramente hereje. Anoche el venerable Gran Vicario Demars me dijo que tarde o temprano te convertirás en Protestante y que esto es tu primer paso. ¿No ves que sólo los Protestantes te alaban? Mi primer pensamiento, cuando un testigo ocular me contó lo que has hecho, era suspenderte. Lo único que me ha impedido hacerlo es la esperanza de que tú mismo disuelvas esa sociedad anti-católica que huele a herejía y que no será tolerada por tu obispo.

Le respondí: –Mi señor, usted ha olvidado que yo estaba totalmente en contra de ser designado el cura de Beauport y Dios sabe que usted sólo tiene que decir la palabra y le entregaré mi renuncia; pero ahora con una condición: que se me permita publicar ante el mundo que el Rev. Sr. Begin, mi predecesor, nunca fue molestado por su obispo por haber permitido a su congregación nadar en el fango de la borrachera durante veintitrés años y que yo he sido deshonrado por mi obispo y echado fuera de esa misma parroquia por haber sido el instrumento, por la misericordia de Dios, en convertirla en la gente más sobria de Canadá.

El pobre obispo sintió inmediatamente que no podía sostener su posición. También vio que sus amenazas no tenían ninguna influencia sobre mí y que yo no estaba dispuesto a deshacer lo que había hecho. Después de uno o dos minutos de silencio penoso, dijo: –¿No ves que las promesas solemnes que has arrancado de esos pobres borrachos son precipitadas e imprudentes y que las quebrantarán en la primera oportunidad? Su futuro estado de degradación después de semejante excitación será peor que el primero.

Le respondí: –Yo participaría de su temor si ese cambio fuese obra mía, pero como es la obra del Señor, no tenemos nada que temer. En cuanto a la profecía del venerable Sr. Demars de que he dado mis primeros pasos hacia el Protestantismo al convertir a un pueblo de la borrachera a la sobriedad, el venerable Gran Vicario haría mejor en venir a ver lo que el Señor está haciendo en Beauport en lugar de calumniarme y proferir falsas profecías contra su cura y su gente. Mi única respuesta es que los Protestantes entienden mejor la Palabra de Dios sobre esta cuestión y la respetan mejor que nosotros los Católico-romanos. Ya es hora de abrir nuestros ojos a nuestra falsa posición. Sería tan amable Su Señoría de decirme, ¿Por qué yo soy denunciado y calumniado cuando el Padre Mathew es alabado públicamente por sus obispos y bendecido por el Papa por llenar a Irlanda con sociedades de abstinencia?

En ese mismo momento entró el subsecretario a decir al obispo que un caballero quería verlo inmediatamente sobre un asunto urgente y el obispo me despidió bruscamente para mi gran consuelo y su aparente alivio.

Con la excepción del secretario Cazeault, todos los sacerdotes que encontré ese día y durante el siguiente mes, o me trataban con frialdad o me inundaban con sus sarcasmos. Uno de ellos, que tenía amigos en Beauport, era tan audaz que intentó ir por toda la parroquia poniéndome en ridículo, diciendo que yo estaba medio loco y que la mejor cosa que pudiera hacer la gente era brindar moderadamente a mi salud cuando ellos salían al centro.
Pero en la tercera casa, topó con una mujer quien, después de oír el mal consejo que daba a su esposo, le dijo: –Yo no sé si nuestro pastor sea un necio por volver sobria a la gente, pero sí sé que usted es un mensajero del diablo cuando aconseja a mi marido a tomar nuevamente. Usted sabe que él era uno de los borrachos más desesperados de Beauport. ¡Usted personalmente conoce los golpes que yo he recibido cuando él se emborrachaba y cuán pobres y miserables vivíamos y cómo los niños tenían que salir medio desnudos por las calles a mendigar para no morir de hambre conmigo!

–Ahora que mi esposo ha hecho la promesa de abstinencia, tenemos toda comodidad. Mis queridos hijos comen y se visten bien y me encuentro en un pequeño paraíso. ¡Si no sale usted de esta casa inmediatamente, lo sacaré con mi escoba!

Y ella hubiera cumplido su promesa si el sacerdote no tuviera la sensatez de desaparecer apresuradamente.

Cuatro meses después de la fundación de la sociedad en Beauport, la paz, felicidad e industria reemplazaron los alborotos, peleas, blasfemias y miserias asquerosas. La gratitud y respeto de ese pueblo noble por su joven cura no conocía límites.

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C A P I T U L O 32

Dentro de un año, los dueños de las siete cantinas de Beauport fueron forzados a buscar su vivienda en algún negocio más honorable. Cuando esto fue publicado por toda la prensa de Qüebec, muchas de las personas más conscientes de las parroquias circundantes comenzaron a decir unos a otros: –¿Por qué no procuramos traer entre nosotros esta reforma de abstinencia que está haciendo tanto bien en Beauport? Las esposas de los borrachos se decían: –¿Por qué nuestro cura no hace aquí lo que el cura de Beauport ha hecho?

Un día, una de esas mujeres desgraciadas cuyo marido había gastado una rica herencia en la disipación, vino a mí. Ella me explicó cómo ella había pedido a su cura establecer una sociedad de abstinencia en su parroquia, pero él le contestó que no se metiera donde no la llamaban. Ella, entonces, le pidió respetuosamente que me invitara a venir a ayudarle, pero él la reprendió severamente por mencionar mi nombre.

La pobre mujer estaba llorando cuando me dijo: –¿Será posible que nuestros sacerdotes estén tan indiferentes a nuestros sufrimientos que permitirán que el demonio de la borrachera nos torture mientras vivamos, cuando Dios nos da una manera tan fácil y honrada para destruir su poder para siempre?
Mi corazón fue conmovido por las lágrimas de esa mujer y le dije: –Yo conozco una manera para poner fin a la oposición de su cura y forzarle a traer entre ustedes la reforma que tanto desean, pero necesito contar con su promesa más sagrado de secreto antes de confiarle mi opinión sobre ese tema.
Ella contestó: –Nunca revelaré su secreto. Por amor de Dios, dígame lo que debo hacer.

Le respondí: –La próxima vez que vaya a la confesión, diga a su sacerdote que usted tiene un nuevo pecado que confesar que es muy difícil revelarle. El le presionará más a confesarlo. Entonces le dirá: –Padre, confieso que he perdido la confianza en usted. Al preguntarle: –¿Por qué?, usted le dirá: –Padre, usted conoce el mal trato que he recibido de mi esposo borracho igual que a cientos de otras esposas en su parroquia. Usted conoce las lágrimas que hemos derramado sobre la ruina de nuestros hijos que son destruidos por los malos ejemplos de sus padres borrachos. Usted conoce los crímenes diarios y las abominaciones indecibles causadas por la borrachera. Usted podrá secar nuestras lágrimas, beneficiará a nuestros maridos y salvará a nuestros hijos estableciendo una sociedad de abstinencia aquí como hay en Beauport. Pero usted rehúsa hacerlo. ¿Cómo puedo entonces creer que usted es un buen sacerdote con caridad y compasión hacia nosotros?

–Escucha con silencio respetuoso a su respuesta, acepta su penitencia y si le pregunta si se arrepiente de ese pecado, dígale que no puede arrepentirse hasta que él use los medios que Dios le ofrece para convencer a los borrachos. Procure que el mayor número de mujeres vayan a confesar la misma cosa.

Quince días después, regresó para decirme que otras cincuenta mujeres respetables habían confesado al sacerdote que habían perdido su confianza en él. El pobre sacerdote estaba fuera de sí. Forzado a escuchar cada día que sus feligresas más respetadas estaban perdiendo su confianza en él, temió perder a su excelente parroquia cerca de Qüebec y ser enviado a las selvas del interior de Canadá. Tres semanas después, estaba tocando mi puerta. Estaba muy pálido y ansioso, sin embargo, me dio gusto verlo. Era considerado un buen sacerdote y había sido uno de mis mejores amigos. Le invité a comer conmigo e hice todo lo posible para que se sintiera en casa, porque sabía por sus modales penosos que tenía una proposición muy difícil de hacer y no me equivoqué.

Por fin, me dijo: –Sr. Chíniquy, ¿Tendrá usted la bondad de predicar un retiro de tres días sobre la abstinencia a mi congregación como lo ha hecho aquí?

Le respondí: –Sí, señor, con el mayor placer. Pero lo haré con una condición: que usted sea el primero en hacer la solemne promesa de abstinencia en presencia de toda la gente.

–Seguro que sí, –respondió, –porque el pastor tiene que ser el ejemplo de su congregación.

Tres semanas más tarde, su parroquia noblemente siguió el ejemplo de Beauport. Sin perder un solo día, él fue con otros dos curas y les convenció a hacer lo mismo. Seis semanas después, quedaron cerradas todas las cantinas desde Beauport hasta St. Joachim.

Poco a poco los sacerdotes de la provincia estaban reuniéndose alrededor de nuestra gloriosa bandera de abstinencia. Pero mi obispo, aunque menos severo, todavía me trataba con frialdad. Por fin, la buena providencia de Dios, a través de una gran humillación, le forzó a contar a nuestra sociedad entre las más grandes bendiciones espirituales y temporales del siglo.

A fines de agosto de 1840, supimos que el Conde de Forbin Janson, Obispo de Nancy en Francia, venía de visita a Montreal. El Padre Mathew me había dicho en una de sus cartas que este obispo le había visitado y había bendecido su obra en Irlanda y también había persuadido al Papa a enviarle su bendición apostólica.

Pedí y obtuve permiso de salir por algunos días y fui a Montreal. Fui inmediatamente a rendirle homenaje y pedirle en el nombre de Dios a poner con valor la influencia de su gran nombre y posición a favor de las sociedades de abstinencia. El me prometió que lo haría, añadiendo: –El hábito social de tomar es tan general y fuerte que es casi imposible evitar que las gentes se conviertan en borrachos. He visto al Padre Mathew en Irlanda y te aseguro que haré todo en mi poder para fortalecer tu posición, pero no digas a nadie que me has visto.

Algunos días después, en Qüebec, un gran banquete fue preparado en su honor. Como yo era uno de los curas más jóvenes me sentaron en el último lugar frente a los cuatro obispos. Cuando se acabaron las ricas viandas y frutas exquisitas, trajeron botellas de vinos de la mejor calidad. El Rev. Sr. Demars golpeó la mesa para ordenar silencio. Se levantó y dijo: –Por favor, mis señores obispos y caballeros, brindemos a la salud de mi señor Conde de Forbin Janson, Primado de Lorraine y Obispo de Nancy.

Cuando me dieron el vino, lo pasé a mi vecino y llené mi copa con agua, esperando que nadie lo notaría. Pero me equivoqué; los ojos de mi obispo, mi señor Signaie, estaban fijos en mí. Con una voz severa me dijo: –Señor Chíniquy, sirve vino en tu copa para brindar con nosotros a la salud del Monseñor de Nancy.

Paralizado de terror, no podía pronunciar una sola palabra. Resistir abiertamente a mi obispo en la presencia de semejante asamblea augusto parecía imposible. Pero obedecerle también era imposible, porque había prometido a mi Dios y a mi patria que nunca volvería a tomar vino alguno. Los ojos de todos se fijaron en mí.

Mi corazón comenzó a palpitar tan violentamente que no podía respirar. Quería nunca haber venido a este banquete. Algunas lágrimas caían de mis ojos. El Rev. Sr. LaFrance, que estaba a mi lado, me dio un codazo y dijo: –¿No oyó la orden de mi señor Signaie? Permanecí mudo como si nadie me hubiese hablado. Miré hacia abajo y deseaba estar muerto. El silencio me dijo que todos esperaban mi respuesta, pero mis labios estaban sellados. Después de un minuto de ese silencio, el obispo con una voz fuerte y enojado volvió a decir: –¿Por qué no pones vino en tu copa y brindas a la salud de mi señor Forbin Janson como los demás estamos haciendo?

–Mi señor, –dije con una voz baja y temblorosa, –he puesto en mi copa lo que quiero tomar. He prometido a mi Dios y a mi patria que nunca volveré a tomar vino alguno.

El obispo, olvidándose de dónde se encontraba, dijo: –Tú no eres más que un fanático y quieres reformarnos.

En ese instante, olvidé que era un súbdito de ese obispo y recordé que era un hombre en la presencia de otro hombre. Levanté mi cabeza, abrí mis ojos y rápido como un rayo me puse de pie. Dirigiéndome al Gran Vicario Demars, dije con calma: –Señor, ¿Fue para insultarme en su mesa que usted me invitó aquí? ¿No es su deber defender mi honor cuando soy su invitado? Pues como parece que usted olvida lo que es su deber a sus invitados, yo haré mi propia defensa contra mi agresor injusto.

Entonces, volviendo hacia el Obispo de Nancy, dije: –Mi señor de Nancy apelo a Su Señoría por la sentencia injusta de mi propio obispo. En el nombre de Dios y de su Hijo Jesucristo le pido que usted nos diga aquí si un sacerdote no puede, por amor a su Salvador y para el bien de su prójimo como también para su propia abnegación, abandonar para siempre el uso del vino y otras bebidas alcohólicas, sin ser abusado, calumniado e insultado como me sucede aquí en su presencia.

Las palabras no pueden expresar la emoción de esa multitud de sacerdotes acostumbrados desde la infancia a la sumisión abyecta a su obispo y que ahora estaban presenciando por primera vez un conflicto, cuerpo a cuerpo, entre un impotente, humilde y desprotegido cura joven y su poderoso, orgulloso y arrogante obispo.

El obispo de Nancy al principio rehusó responder, pero presionado por el obispo y noventa por ciento de esa vasta asamblea de sacerdotes, alzó sus ojos y manos al cielo y ofreció una ardiente oración silenciosa a Dios. Luego dijo con dignidad inefable: –Mi señor, Obispo de Qüebec, ¡Aquí, delante de nosotros está nuestro joven sacerdote, el Sr. Chíniquy, quien una vez de rodillas en la presencia de Dios y sus ángeles, por amor a Jesucristo, el bien de su propia alma y el bien de su patria, prometió nunca tomar! Nosotros somos testigos de que él es fiel a su promesa. ¡Y porque él guarda su promesa con tanto heroísmo, Su Señoría le llama un fanático!

–Ahora, me piden pronunciar mi veredicto en este suceso penoso. Aquí está: Si yo miro a través de las edades pasadas cuando Dios mismo gobernaba a su propio pueblo por medio de sus profetas, veo a Sansón quien por orden especial de Dios nunca tomó vino ni ninguna otra bebida alcohólica.

–Del Antiguo Testamento paso al Nuevo y veo a Juan el Bautista el precursor de nuestro Salvador Jesucristo, quien para obedecer al mandato de Dios, nunca tomó vino alguno. ¡Cuando yo miro al señor Chíniquy, con Sansón a su derecha para protegerlo y a Juan el Bautista para bendecirlo, tiene una posición tan fuerte e impregnable que no me atrevería a atacarlo ni condenarlo!

El obispo de Nancy entonces se sentó, vació su copa en otro vaso, la llenó de agua y brindó a mi salud.

Nadie quiso tomar su vino y la salud del Obispo de Nancy quedó sin brindar. Pero un buen número de sacerdotes, llenando sus copas de agua y dándome una señal silenciosa de aprobación, brindaron a mi salud. Fue en esa mesa que la abstinencia comenzó su marcha triunfante por Canadá.

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C A P I T U L O 33

¿Nos ha dado Dios oídos para oír, ojos para ver e inteligencia para entender? ¡El Papa dice que no! Pero el Hijo de Dios dice que sí: No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis?” (Mc. 8: 17 y 18)

Esta apelación solemne de nuestro Salvador a nuestro sentido común derriba la estructura completa de Roma. El Papa lo sabe, por tanto, los Católico-romanos son advertidos a no confiar en el testimonio de sus oídos, ojos e inteligencia.

En la Jeune Lorette vivía un sacerdote jubilado que estaba ciego. Para ayudarle, los sacerdotes alrededor de Qüebec lo cuidaban por turnos en sus casas parroquiales. Los concilios de Roma han prohibido a los sacerdotes ciegos decir la misa, pero a causa de su elevada piedad, él obtuvo del Papa el privilegio de celebrar la misa corta de la Virgen que sabía perfectamente de memoria.

Una mañana, el sacerdote anciano estaba en el altar diciendo su misa. Yo estaba en la sacristía escuchando confesiones, cuando el joven sirviente vino y me dijo: –Le llama el Padre Daule, por favor, venga pronto.

Temiendo que algo hubiera sucedido a mi anciano amigo, corrí a él. Lo encontré palpando nerviosamente al altar con sus manos como en búsqueda de algo muy precioso. Llegando cerca de él, le pregunté: –¿Qué desea usted?

El respondió con un grito de angustia: –¡El buen dios ha desaparecido del altar! ¡Está perdido!

Con la esperanza de que estaba equivocado y que sólo había dejado caer al suelo, por algún accidente, al buen dios (Le Bon Dieu), hicimos la búsqueda más minuciosa, pero no encontramos al buen dios.

Al principio, acordándome de los miles de milagros que había leído de desapariciones y maravillosos cambios de las formas del dios oblea, llegó a mi mente que habíamos presenciado un gran milagro. Pero pronto cambié de opinión. La iglesia de Beauport estaba habitada por las ratas más audaces e insolentes que jamás he visto. Muchas veces al decir la misa, yo había visto las trompas feas de varias de ellas. Fueron atraídas por el olor de la oblea recién hecha. Querían desayunar el cuerpo, sangre, alma y divinidad de mi Cristo. Pero como yo estaba constantemente moviéndome y rezando en voz alta, las ratas invariablemente se asustaban y huían a sus escondites secretos.

El Padre Daule sinceramente creía lo que todo sacerdote de Roma está obligado a creer: que él tenía el poder para convertir la oblea en dios. Inclinando mi cabeza al angustiado sacerdote anciano, le pregunté: –¿No ha quedado, como suele, un largo tiempo sin moverse en la adoración del buen dios después de la consagración?

Prontamente contestó: –Sí, pero, ¿Qué relación tiene eso con la pérdida del buen dios?

Repliqué en una voz baja, pero con un acento honesto de angustia y asombro: –¡Algunas ratas arrastraron y comieron al buen dios!

–¿Qué me dice? –replicó el Padre Daule, –¿El buen dios, arrastrado y comido por ratas?

–Sí, –contesté, –no tengo la menor duda.

–¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué calamidad tan horrible me ha ocurrido! –exclamó el anciano, levantando sus manos y ojos al cielo, –¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué no me quitaste la vida antes que me ocurriera semejante desgracia? No pudo hablar más, su voz fue ahogado por sus sollozos.

Al principio, yo no sabía qué decir. Mil pensamientos, algunos serios y otros sumamente absurdos, cruzaron mi mente. El sacerdote anciano lloraba como un niño. Me preguntó con una voz quebrantada por sollozos: –¿Qué debo hacer?

Le respondí: –La Iglesia ha previsto sucesos de esta índole y ha provisto para ellos. Lo único que tiene que hacer es conseguir una oblea nueva, consagrarla y continuar su misa como si nada extraño hubiera sucedido. Yo iré y le traeré una oblea nueva.

Corrí a la sacristía y le llevé una oblea nueva, la cual consagró y convirtió en un nuevo dios y terminó su misa como le aconsejé. Después que terminó, llevé al desconsolado sacerdote anciano por la mano a mi casa parroquial. Intenté calmar sus sentimientos diciéndole que no era culpa suya; que este extraño y triste suceso no era el primero; que había sido previsto por la Iglesia, la cual nos dice qué hacer en estas circunstancias y que no había falta ni ofensa contra Dios ni los hombres de parte suya. Esperaba que el sentido común de mis palabras le ayudarían a vencer sus sentimientos, pero estaba equivocado. Sus lamentaciones eran tan amargas y largas como las de Jeremías.

Por fin, perdí mi paciencia y dije: –Mi querido Padre Daule, a nuestro gran y justo Dios no le agrada semejante exceso de dolor y pesar por algo que estaba única y enteramente bajo el control de su poder y sabiduría eterna.

–Señor Chíniquy, –contestó, –veo que faltas la atención y experiencia que tan frecuentemente falta entre los sacerdotes jóvenes. ¿No comprendes la terrible calamidad que acaba de ocurrir en tu iglesia? Si tuvieras más fe y piedad, llorarías conmigo. ¿Cómo puedes hablar tranquilamente de algo que hace llorar a los ángeles? ¡Nuestro Salvador arrastrado y comido por ratas! ¡Ay, gran Dios! ¿No sobrepasa esto la humillación y los horrores del Calvario?

–Mi querido Padre Daule, –respondí, –permíteme decirle respetuosamente que sí entiendo, igual que usted, la naturaleza deplorable del evento de esta mañana y yo hubiera derramado mi sangre para impedirlo, pero hay que ver el hecho en su propia luz. No dependió de nuestra voluntad. Dios es el único que podría haberlo previsto o impedido. Le diré claramente mi propia opinión: si yo fuera Dios Todopoderoso y una miserable rata se acercara a mí para comerme, yo la mataría antes que pudiera tocarme.

Mi antigua fe robusta en mi poder sacerdotal de cambiar la oblea en dios había, en gran parte, evaporado. Evidentemente Dios quería abrir mis ojos a cuán absurda y terrible es una religión cuyo dios pudiera ser arrastrado y comido por ratas. Si yo hubiera sido fiel a las perspicacias salvadoras que había en mí entonces, hubiera sido salvo en esa misma hora y antes que terminara el día, hubiera quebrantado las cadenas vergonzosas del Papa. En esa hora, parecía evidente que el dogma de la Transubstanciación era la más monstruosa mentira, y mi sacerdocio, un insulto a Dios y a los hombres. Mi inteligencia me decía con voz de trueno: –Ya no permanezcas más siendo sacerdote de un dios a quien haces cada día y a quien aun las ratas pueden comer.

Aunque ciego, el Padre Daule entendió por los acentos severos de mi voz que mi fe en el dios que él había creado esa mañana, había sido seriamente modificada si no completamente desmoronada. Quedó silencioso por algún tiempo; luego me invitó a sentarme con él y me habló con un patetismo y una autoridad que sólo mi juventud y su vejez podían justificar. El me dio la reprensión más terrible de mi vida. Me inundó con un diluvio de Santos Padres, concilios y Papas infalibles que habían creído y predicado delante de todo el mundo el dogma de la Transubstanciación.

Si yo hubiera hecho caso a la voz de mi inteligencia y hubiera aceptado la luz que mi Dios misericordioso me daba, fácilmente hubiera hecho pedazos los argumentos del anciano sacerdote de Roma. Pero, ¿Qué podía mi inteligencia decir contra la Iglesia de Roma? ¡Se me prohibió escucharla, porque no pesaba nada contra tantas inteligencias instruidas, santas e infalibles! No me daba cuenta que el peso de la inteligencia de Dios estaba a mi favor y que ella, pesada en el balance contra la inteligencia de los Papas, era mayor que todo el universo contra un grano de arena.

Una hora más tarde, derramando lágrimas de arrepentimiento, yo estaba a los pies del Padre Daule en el confesionario confesando el gran pecado que había cometido al dudar por un momento del poder del sacerdote de cambiar una oblea en dios. El me dio mi perdón y para mi penitencia me prohibió decir una sola palabra acerca del triste fin del dios que él había creado esa mañana, porque este conocimiento destruiría la fe de los Católico-romanos más sinceros.

La otra parte de la penitencia era: durante nueve días tenía que caminar de rodillas ante las catorce estaciones de la cruz y recitar delante de cada cuadro un Salmo penitencial, la cual hice. Para el día sexto, la piel de mis rodillas se rompía y la sangre fluía libremente. Sufrí verdadera tortura cada vez que me arrodillé y a cada paso que di. ¡Pero me parecía que estas terribles torturas no eran nada en comparación a mi gran iniquidad!

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