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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L O 48

C A P I T U L O 48

El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX estaba sentado en su trono. Tenía en su cabeza una triple corona de oro y diamantes; con vestiduras de seda y damasquino de los colores rojo y blanco sobre sus hombros. 500 prelados mitrados le rodeaban y más de 50,000 personas estaban a sus pies en la incomparable catedral de San Pedro en Roma. Después de algunos minutos del silencio más solemne, un cardenal, vestido de su sotana púrpura, salió de su asiento y caminó gravemente hacia el Papa. Postrándose humildemente a sus pies, dijo: –Santo Padre, díganos si podemos creer y enseñar que la Madre de Dios, la Santa Virgen María fue inmaculada en su concepción.

El Sumo Pontífice respondió: –No sé, pidamos la luz del Espíritu Santo.

El cardenal se retiró y el Papa y la multitud innumerable cayeron de rodillas mientras el coro armonioso cantó el Veni Creator Spíritus.

La última nota del sagrado himno apenas había redoblado por las bóvedas del templo cuando el mismo cardenal se levantó y se avanzó hacia el trono del Pontífice. Se postró a sus pies y dijo: –Santo Padre, díganos si la Santa Madre de Dios, la Bendita Virgen María fue inmaculada en su concepción.

Nuevamente el Papa respondió: –No sé, pidamos la luz del Espíritu Santo.

Y otra vez cantaron el Veni Creator Spíritus.

De nuevo, los ojos de la multitud siguieron los pasos graves del cardenal, vestido de púrpura, subir por tercera vez al trono del sucesor de San Pedro para preguntarle: –Santo Padre, díganos, ¿Podemos creer que la Bendita Virgen María, la Madre de Dios, fue inmaculada en su concepción?

El Papa, como si hubiera recibido una comunicación directa de Dios, respondió con voz solemne: –¡Sí! ¡Tenemos que creer que la Bendita Virgen María fue inmaculada en su concepción! ¡No hay salvación para aquellos que no creen este dogma!

Luego, en voz alta, el Papa entonó el Te Deum; las campanas de las 300 iglesias de Roma sonaron y se dispararon los cañones del baluarte. Así se terminó el último acto de la comedia más ridícula y sacrílega que el mundo jamás había visto. Se cerraron para siempre las puerta del cielo contra cualquier persona que rehusara creer la doctrina anti-bíblica que hay una hija de Eva que no heredó la naturaleza pecaminosa de Adán. Ella fue declarada exenta aun cuando el Dios de Verdad dijo: No hay justo, ni aun uno . . . porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios. (Ro. 3: 10-23) Ni un solo vestigio de esta enseñanza se encuentra en los primeros siglos de la Iglesia. Solamente hasta el siglo duodécimo, fue predicado por unos monjes mentecatos, pero los hombres más instruidos se opusieron a ella.

Tenemos una carta muy notable de San Bernardo que refuta a unos monjes de Lyon que predicaban esta doctrina y escribió un libro apoyando esa opinión. Pero él fue refutado por Santo Tomás de Aquino, quien justamente fue considerado por la Iglesia de Roma el mejor teólogo de ese tiempo.

Después, los Franciscanos y los Dominicanos atacaron los unos a los otros sin misericordia sobre ese tema y llenaron el mundo con el ruido de sus disputas airadas, condenando los unos a los otros como herejes. Tuvieron éxito en dividir a los Católico-romanos de Europa en dos campamentos de enemigos feroces. Fue discutido, atacado y defendido no sólo en las sillas de universidades y los púlpitos de las catedrales, sino también en los campos y en las mismas calles de las ciudades. Y cuando los dos partidos habían agotado su ingenuidad, conocimiento o su fanatismo ignorante, recurrían frecuentemente a la violencia para sostener sus argumentos.

Increíblemente, algunas ciudades grandes de Europa, especialmente en España, se enrojecieron con la sangre de los partidarios y oponentes de esa doctrina. Para resolver los conflictos, los reyes de Europa enviaron delegación tras delegación a los Papas para saber por su autoridad infalible qué deberían creer sobre el tema. Felipe III y Felipe IV hicieron esfuerzos supremos para forzar a los Papas Pablo V, Gregorio XV y Alejandro VII a detener el derramamiento de sangre y desarmar a los contendientes, elevando la opinión a favor de la Concepción Inmaculada a la dignidad de un dogma Católico, pero ellos fracasaron. La única respuesta que pudieron conseguir de la cabeza infalible de la Iglesia de Roma fue que Ese dogma no fue revelado en las Santas Escrituras, nunca había sido enseñado por los apóstoles ni por los Papas y nunca había sido creído ni predicado por la Iglesia de Roma como artículo de fe.

La única cosa que los Papas hicieron para aplacar a los reyes y obispos suplicantes de las naciones de Europa en esos días fue prohibir a los dos partidos llamarse el uno al otro herejes y prohibir decir que es un artículo de fe que se debería creer para ser salvo.

En el concilio de Trento, los Franciscanos y todos los partidarios de la Inmaculada Concepción unieron sus fuerzas para promover un decreto a favor del nuevo dogma, pero fracasaron, porque la mayoría de los obispos se opuso a ello.

Fue reservado para el desgraciado Pío IX el arrastrar a la Iglesia de Roma a ese último límite de necedad humana. Un monje del siglo pasado llamado Padre Leonardo, tuvo un sueño en que oyó a la Virgen María decirle: Habrá fin a las guerras en el mundo y a las herejías y cismas en la Iglesia solamente después que un Papa por medio de un decreto obligara a todos los fieles a creer que ella fue inmaculada en su concepción. El sueño fue circulado extensivamente por medio de un pequeño folleto con el título Visión Celestial.

Muchos creían que fue una genuina visión del cielo y desgraciadamente el amable, pero débil de mente, Pío IX contaba entre ellos. Cuando él era un exilado en Gaeta, él mismo tuvo un sueño sobre el mismo tema. El vio a la Virgen, quien le dijo que él volvería a Roma y lograría una paz eterna para la Iglesia, pero solamente después de prometer promulgar que la Inmaculada Concepción es un dogma que todos tendrían que creer para ser salvos. Despertó muy impresionado por su sueño; juró que promulgaría el nuevo dogma lo más pronto que regresara a Roma y el mundo ha visto cómo cumplió ese voto.

Pero por la promulgación de este nuevo dogma, Pío IX, lejos de asegurar una paz eterna para la Iglesia, lejos de destruir a lo que llaman herejías que atacan a Roma por todas partes, hizo más para conmover la fe de los Católico-romanos que todos sus enemigos. Intentando a forzar este nuevo artículo de fe en las conciencias de la gente en un tiempo cuando tantos pueden juzgar por ellos mismos y leer los archivos de generaciones pasadas, ha derrumbado la columna más fuerte de su Iglesia.

¡Con sumo desprecio, los sacerdotes de Roma hablaban contra los nuevos artículos de fe, las novedades de los arz-herejes, Lutero, Calvino, Knox, etc.! Cuán elocuentemente decían: –En nuestra santa Iglesia de Roma no hay cambios ni innovaciones, ni novedades, ni dogmas nuevas. Creemos hoy solamente lo que nuestros padres creían y solamente lo que los apóstoles creían y predicaban. Y las multitudes ignorantes decían: –Amén.

Pero, ¡Ay de los pobres sacerdotes hoy! Tienen que confesar que su credo incambiable no es más que una mentira vergonzosa, que la Iglesia de Roma está FORJANDO NUEVAS DOGMAS Y NUEVOS ARTÍCULOS DE FE. Su conciencia les dice: –¿Dónde estaba tu religión antes del 8 de diciembre de 1854? Y no pueden responder.

Nunca olvidaré mi tristeza cuando recibí la orden del Obispo O’Regan a promulgar el nuevo dogma a mi congregación. Fue como si un terremoto hubiera removido la tierra de debajo de mis pies. Mis más queridas ilusiones acerca de la inmutabilidad y la infalibilidad de mi Iglesia se desmoronaron a pesar de todos mis esfuerzos para sostenerlas. He visto a sacerdotes ancianos, a quienes abrí mi mente sobre ese tema, derramar lágrimas de dolor sobre el daño que este nuevo dogma haría a la Iglesia.

Algunos días después de leer a mi congregación el decreto del Papa proclamando el nuevo dogma y condenando a todos los que no lo creían, uno de mis más inteligentes y respetables granjeros vino a visitarme y me hizo las siguientes preguntas sobre el nuevo artículo de fe: –Señor Chíniquy, por favor dígame, ¿He entendido correctamente la carta del Papa que usted nos leyó el domingo pasado? ¿Nos dice el Papa en esa carta que hallaremos este nuevo dogma en las Santas Escrituras y que ha sido enseñado por los Padres y que la Iglesia lo ha creído continuamente desde los días de los apóstoles?

Respondí: –Sí, amigo mío, el Papa nos dice todas esas cosas en su carta que leí en la iglesia el pasado domingo.–Pero, señor, ¿Será tan amable de mostrarme los versos de las Santas Escrituras que hablan a favor de la Inmaculada Concepción de la Santa Virgen María?

–Mi querido amigo, –le respondí, –lamento decirte que nunca he encontrado en las Santas Escrituras ni una sola palabra que indica que María fue inmaculada, pero he encontrado muchas palabras y palabras muy claras que dicen exactamente lo contrario.

–Ahora, por favor, dígame el nombre del Santo Padre que predicaba que tenemos que creer en la Inmaculada Concepción o ser eternamente condenados si no lo creemos.

Le respondí a mi feligrés: –Hubiera preferido, mi querido amigo, que nunca me hubieras hecho estas preguntas, pero tengo que decirte la verdad. Yo he estudiado a los Santos Padres con suficiente buena atención, pero todavía no he encontrado uno solo que tuviera esa opinión.

–Espero que me disculpes por hacerle una pregunta más sobre este tema, –añadió el buen granjero, –Tal vez no se ha dado cuenta, pero hay bastante plática entre nosotros sobre el nuevo artículo de fe desde el domingo pasado y yo quiero saber más acerca de ello. El Papa dice en su carta que la Iglesia de Roma siempre ha creído y enseñado este dogma de la Inmaculada Concepción. ¿Correcto?

–Sí, amigo mío, el Papa dice eso en su Encíclica, pero en estos últimos 900 años, más de 100 Papas han declarado que nunca lo han creído. Aun varios Papas han prohibido a cualquier persona decir que la Inmaculada Concepción es un artículo de fe.

–Si es así con este nuevo dogma, ¿Cómo podemos saber que no sea así con todos los dogmas de nuestra Iglesia tales como la confesión, el purgatorio, etc.? –preguntó el granjero.

–Mi querido amigo, no permites que el diablo conmueva tu fe. Verdaderamente vivimos en días malos; pidamos a Dios que nos ilumine y nos salve. Quisiera que nunca me hubieras hecho estas preguntas.

Mi feligrés honesto me dejó, pero sus terribles preguntas y las respuestas que fui forzado a darle, sonaban en mi alma como truenos de una tempestad irresistible que destruía todo lo que amaba y respetaba en mi tan querida y venerada Iglesia de Roma. Me dolía la cabeza; caí de rodillas, pero por un tiempo no podía proferir una sola palabra de oración; grandes lágrimas corrían por mis ardientes mejillas. Una nueva luz llegaba a mi alma, pero yo la consideraba una tentación engañosa de Satanás. Una voz me hablaba, fue la voz de Dios diciéndome: ¡Sal fuera de Babilonia! (Ap. 18: 4) Yo creí que era la voz de Satanás e intenté silenciarla. El Señor me estaba alejando de mis caminos perecederos, pero no le conocía. Yo luchaba contra él para permanecer en los calabozos oscuros del error, pero Dios, en su infinita misericordia, era más fuerte. El venció a su siervo infiel; él me conquistó y conmigo muchos otros.

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