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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L O 51

C A P I T U L O 51

Dentro de un mes después del retiro, todas las ciudades de Illinois se llenaron de los clamores más humillantes contra el Obispo O’Regan. Numerosos artículos aparecieron en los periódicos principales, firmados por los más respetados nombres, acusándole de robo, simonía y perjurio. Quejas amargas salieron de casi cada congregación: –Ha robado las hermosas y costosas vestimentas que compramos para nuestra iglesia, –gritaron los canadienses franceses de Chicago. –Nos ha estafado un lote fino donado para construir nuestra iglesia; lo vendió en $40,000.00 dólares y se embolsó el dinero para su uso privado sin notificarnos, –dijeron los alemanes. –¡Su sed de dinero es tan grande, –dijo todo el pueblo Católico de Illinois, –que aun está vendiendo los huesos de los muertos para llenar sus tesoros!

No me había olvidado del intento atrevido del obispo de arrancar mi pequeña propiedad de las manos en su primera visita a mi colonia. Pero había esperado que este acto fuera un aislado caso excepcional en la vida de mi superior y no susurré ni palabra de ello a nadie. Sin embargo, empecé a cambiar de opinión. Quería pensar que estos informes fueran exageraciones y que el clamor contra mi obispo pronto callaría; no obstante, el clamor aumentó más fuerte cada día.

Decidí irme a Chicago para indagarlo personalmente. Fui directamente a la iglesia canadiense francés. Para mi consternación indecible era cierto todo. El obispo había robado las vestimentas para su uso personal. El ultraje de mis compatriotas no conocía límites. Varios hablaron de demandarlo ante los tribunales civiles; aun había plática de acosarlo e insultarlo públicamente en las calles o aun en su mismo palacio. La única manera en que pude apaciguarlos era prometerlos ir a Su Señoría y pedirle que restaurara las vestimentas.

Mi próxima parada fue un cementerio Católico-romano. En el camino me encontré con muchas cargas de arena. En la misma puerta del sitio consagrado encontré a tres carretas a punto de salir del terreno. Obtuve permiso de los cocheros para buscar en la arena para ver si no hubiera algunos huesos. No hallé ninguno en la primera carreta, pero para mi horror y vergüenza encontré la mandíbula de un niño en la segunda y los huesos de un brazo y casi el pie completo de un ser humano en la tercera.

Les pregunté cortésmente dónde habían cavado la arena. Para mi pesar y vergüenza indecible, descubrí que el obispo había dicho una mentira rematada. Para apaciguar la indignación pública contra su mercadería sacrílega, había publicado que estaba vendiendo la arena que estaba fuera de la barda.

Para justificar su caso, había ordenado la barda reemplazada por otra a cierta distancia dentro de la antigua. Para empeorar el asunto, el obispo había recibido ese terreno como donación de parte de la ciudad para un lugar de sepultura solamente después de hacer un juramento solemne que lo usaría únicamente para sepultar a los muertos. ¡Cada carga de arena vendida, entonces, no sólo fue un acto de simonía, sino de quebrantar un juramento solemne!

Entonces, fui directamente al obispo para cumplir la promesa que les hice a los canadienses franceses. No tardé mucho en darme cuenta que mi petición no sería bien recibida. Sin embargo, pensé que era mi deber hacer todo en mi poder para abrir los ojos de mi obispo al abismo que él estaba cavando para sí mismo y para todos lo Católicos por su conducta. –Mi señor, –le dije, –no sorprenderé a Su Señoría cuando le digo que todos los verdaderos Católicos de Illinois están llenos de tristeza por los artículos que leen cada día en la prensa contra su obispo.

–¡Sí, sí! –contestó bruscamente, –los buenos Católicos deberían estar tristes al leer semejantes diatribas repugnantes contra su superior e imagino que tú eres uno de los que están tristes. Entonces, ¿Por qué no detienes a tus compatriotas insolentes e infieles de escribir esas cosas? Pues, veo que la mayor parte de esas difamaciones son firmadas por canadienses franceses.

Respondí: –Es para intentar, con todo lo que hay en mi poder, poner fin a esos escándalos que estoy aquí en Chicago hoy, mi señor.

–Muy bien, muy bien, –replicó, –puesto que tú tienes la reputación de tener gran influencia sobre tus compatriotas, úsala para detenerlos en su conducta rebelde contra mí y entonces creeré que eres un buen sacerdote.

Le respondí: –Espero que tendré éxito en lo que Su Señoría quiere que haga, pero hay dos cosas por hacer para asegurar el éxito.

–¿Cuáles son? –al instante preguntó el obispo.

–La primera es que Su Señoría devuelva los finas vestimentas eclesiásticas que usted quitó de la congregación canadiense francés de Chicago. La segunda es que Su Señoría desista absolutamente desde este día de robar la arena del terreno de sepultura que cubre las tumbas de los muertos.

El Obispo, golpeando violentamente a la mesa con su puño, cruzó la habitación dos o tres veces; luego, volteó hacia mi y apuntando el dedo en mi cara, exclamó con furia indescriptible, –¡Ahora, veo la verdad de lo que me dijo el Sr. Spink! Tú no eres solamente mi enemigo implacable, estás a la cabeza de mis enemigos. ¡Tú apruebas de sus escritos difamatorios contra mí! Nunca devolveré esas vestimentas eclesiásticas. ¡Son mías así como la iglesia canadiense francés es mía! ¿No sabes que el terreno en que se construyen las iglesias pertenece al obispo, como también las mismas iglesias y todo lo que pertenece a la iglesia? ¿No es una vergüenza ardiente usar esas vestimentas tan finas en una pobre iglesia miserable de Chicago cuando el obispo de esa ciudad importante se viste de harapos? Fue en el interés de la dignidad episcopal que mandé que esas ricas vestimentas espléndidas, que por ley son mías, fueran transferidas de una pequeña congregación insignificante a mi Catedral de Sta. María. Y si tú tuvieras una pizca de respeto por tu obispo, Sr. Chíniquy, irías inmediatamente a tus compatriotas y pondrías fin a sus murmuraciones y calumnias contra mí, diciéndoles sencillamente que he llevado lo que es mío, de esa iglesia que también es mía, a la catedral que es totalmente mía. Di a tus compatriotas que se callen y que respeten a su obispo cuando él está en lo correcto como lo estoy este día.

Muchas veces yo había considerado la infamia e injusticia de la ley que los obispos han aprobado por todos los Estados Unidos, haciendo a cada uno de ellos una corporación con el derecho de tomar como posesión personal a todas las propiedades eclesiásticas de los Católico-romanos. Pero nunca había comprendido la tiranía de esa ley tan claramente como en esa hora.

Le respondí: –Mi señor, reconozco que esta es la ley en los Estados Unidos, pero es una ley humana directamente opuesta al Evangelio. No hay una sola palabra en el Evangelio que da este poder al obispo. Semejante poder no es un poder divino, sino un abuso que tarde o temprano destruirá a nuestra santa Iglesia en los Estados Unidos como ya la ha herido mortalmente en Gran Bretaña, Francia y en muchos otros lugares. Cuando Cristo dijo en el Santo Evangelio que él no tenía dónde recostar su cabeza, condenó de antemano a las pretensiones de los obispos de echar mano a las propiedades eclesiásticas como suyas propias. Tal reclamación es una usurpación y no un derecho. Mi señor, nuestro Salvador Jesucristo protestó contra esa usurpación cuando pedido por un joven a meterse en sus asuntos temporales con sus hermanos, él respondió que no había recibido semejante poder. El Evangelio es una larga protesta contra esa usurpación. En cada página nos dice que el reino de Cristo no es de este mundo. Yo mismo doné $50.00 dólares para ayudar a mis compatriotas a comprar esas vestimentas eclesiásticas, las cuales pertenecen a ellos y no a usted.

Mis palabras proferidas con una expresión de firmeza que el obispo jamás había visto en ninguno de sus sacerdotes, cayeron sobre él como una bomba. Le dejaron tan perplejo que me miró un momento como si quisiera ver si fuera un sueño o una realidad que uno de sus sacerdotes tuviera la audacia de usar semejante lenguaje en su presencia. Pero recuperándose pronto de este estupor, me interrumpió, golpeando con enojo a la mesa con su puño otra vez: –¡Tú eres medio Protestante! ¡Tus palabras huelen a Protestantismo! ¡El Evangelio, el Evangelio! ¡Esa es tu gran torre de fortaleza contra las leyes y reglamentos de nuestra santa Iglesia! Si tú piensas, señor Chíniquy, que me asustas con tus grandes palabras del Evangelio, pronto verás tu error y tú lo pagarás. ¡Te haré recordar que es la Iglesia a quien tienes que obedecer y es a través de tu obispo que la Iglesia te manda!

–Mi señor, –le respondí, –¡Obedeceré a la Iglesia, sí, pero a una Iglesia fundada en el Evangelio, una Iglesia que respeta y sigue al Evangelio!

Mis palabras le lanzaron en un ataque de furia y dijo: –Estoy demasiado ocupado para oír más de tu parloteo impertinente. Por favor, déjame solo y recuerda que si no enseñas a tu gente a respetar y obedecer a sus superiores, pronto oirás de mí. Y el obispo guardó su promesa.

Mi Sr. O’Regan había decidido suspenderme, pero no hallando ningún motivo en mi vida privada, ni pública como sacerdote, para imponer tal sentencia, presionó a Spink, el especulador de bienes raíces, a demandarme nuevamente y prometió basar mi suspensión en el veredicto de condenación contra mí que resultaría del pleito en el tribunal criminal de Kankakee. Pero el obispo y Peter Spink fueron nuevamente decepcionados, porque el veredicto del tribunal, dado el 13 de noviembre de 1855, salió a mi favor.

Mi gozo fue de corta duración, porque mis dos abogados, los Srs. Osgood y Paddock vinieron a decirme: –Nuestra victoria aunque grande no está tan decisiva como esperábamos, porque el Sr. Spink acaba de hacer un juramento que no tiene confianza en este tribunal de Kankakee y ha apelado para remitir el caso a otro tribunal, el tribunal de Urbana en el condado de Champaign. Nos duele decirte que tienes que quedar preso bajo fianza en el custodio del Sheriff quien está obligado a entregarte al Sheriff de Urbana el 19 de Mayo de la próxima primavera.

Casi me desmayé cuando oí esto. El tribunal de Urbana está a una distancia de 110 millas y el costo de llevar mis 15 a 20 testigos esa gran distancia estaba completamente fuera de mi presupuesto.

En el momento en que salí del tribunal con un corazón pesado, me abordó un extranjero que me dijo: –Yo he seguido su pleito desde el principio. Es más formidable de lo que usted sospecha. Su fiscal, Spink, es sólo un instrumento en las manos del obispo. El verdadero fiscal es el estafador de bienes raíces a la cabeza de la diócesis y quien está destruyendo a nuestra santa religión con sus escándalos privados y públicos. Puesto que usted es el único entre sus sacerdotes que se atreve a resistirlo, él está determinado a deshacerse de usted. El gastará todos sus tesoros y usará la casi irresistible influencia de su posición para aplastarte. La desgracia para usted es que al luchar contra un obispo, usted lucha contra todos los obispos del mundo. Ellos unirán toda su riqueza e influencia para silenciarlo aunque a él le aborrezcan y le desprecien. No hay peligro de ningún veredicto en contra suya en este parte de Illinois donde usted es demasiado bien conocido para los testigos perjurados que han traído para influenciar a los jueces. Pero al estar entre extranjeros, fíjese bien en lo que le digo, los falsos juramentos de sus enemigos posiblemente serán aceptados como la verdad del Evangelio por el jurado y luego, aunque inocente, está perdido. Aunque sus dos abogados son hombres expertos, vas a querer algo mejor en Urbana. Intente adquirir los servicios de Abraham Lincoln de Springfield. ¡Si ese hombre le defiende a usted, sin duda saldrá victorioso de ese conflicto mortal!

Le respondí: –Estoy muy agradecido por sus palabras de ánimo; por favor, permítame saber su nombre.

–Sea usted tan amable y déjeme guardarme incógnito aquí, –replicó, –la única cosa que puedo decir es que soy Católico como usted e igual que usted no soporto más la tiranía de nuestros obispos americanos. Con muchos otros, veo a usted como nuestro libertador y por esa razón le aconsejo que contrate los servicios de Abraham Lincoln.

–Pero, –repliqué, –¿Quién es ese Abraham Lincoln? Nunca había oído de ese hombre.

El respondió: –Abraham Lincoln es el mejor abogado y el hombre más honesto que tenemos en Illinois.

Fui inmediatamente con ese extranjero a mis dos abogados y les pregunté si no tendrían ninguna objeción a procurar los servicios de Abraham Lincoln para ayudarles a defenderme en Urbana. Ambos respondieron: –¡Oh! Si puedes adquirir los servicios de Abraham Lincoln, hazlo definitivamente. Le conocemos muy bien. Es uno de los mejores abogados y uno de los hombres más honestos en nuestro estado.

Sin perder un momento, fui a la oficina de telégrafos con ese extranjero y envié un telegrama a Abraham Lincoln para preguntarle si él estaría dispuesto a defender mi honor y mi vida, aunque yo era extranjero para él, en la próxima audiencia del tribunal de Urbana en mayo.

Como 20 minutos después, recibí la respuesta:

¡Sí! Defenderé tu honor y tu vida en la próxima audiencia del tribunal de Urbana en mayo.

ABRAHAM LINCOLN

Mi amigo desconocido, luego, pagó al operador, apretó mi mano y dijo: –Que Dios le bendiga y le ayude, Padre Chíniquy. Sigue luchando valientemente por la verdad y la justicia contra nuestros tiranos mitrados y Dios le ayudará hasta el fin. Luego, tomó el tren rumbo al norte y desapareció como una visión del cielo. Nunca lo volví a ver, pero no dejo pasar un solo día sin pedir a Dios que lo bendiga. Algunos minutos después, el Sr. Spink entró a la oficina de telégrafos para mandar un telegrama a Abraham Lincoln, pidiendo sus servicios en la próxima audiencia del tribunal de Urbana, pero llegó demasiado tarde.

El 19 de mayo de 1856, conocí por primera vez al Sr. Abraham Lincoln. Era un gigante de estatura, pero descubrí que era aún más gigante en su noble corazón. Era imposible conversar cinco minutos con él sin amarlo. Había una expresión de tanta bondad y honestidad en ese rostro y un magnetismo tan atractivo en ese hombre que después de algunos momentos de conversación, uno se sentía ligado a él por los afectos más nobles del corazón.

Cuando me apretó la mano, me dijo: –Te equivocaste cuando en tu telegrama dijiste que me eras desconocido. Te conozco por tu reputación como el severo adversario de la tiranía de tu obispo y el protector valiente de tus compatriotas en Illinois. He oído mucho de ti por medio de dos sacerdotes y anoche tus abogados, los Srs. Osgood y Paddock, me informaron de cómo el obispo está usando algunas de sus armas para deshacerse de ti. Espero que será fácil derrotar sus proyectos y protegerte contra sus maquinaciones.

Luego, me preguntó cómo llegué a solicitar sus servicios. Le respondí, contándole la historia del amigo desconocido que me aconsejó a procurar tener como uno de mis abogados al Sr. Abraham Lincoln por la razón de que es el mejor abogado y el hombre más honesto en Illinois. El sonrió ante mi respuesta y dijo: –Ese amigo desconocido ciertamente hubiera estado más correcto si te dijera que Abraham Lincoln es el abogado más feo del país. y se rió con ganas.

Pasé seis largos días en Urbana como un criminal bajo custodio del sheriff a los pies de mis jueces. Durante la mayor parte de ese tiempo, todo lo que el lenguaje humano puede expresar de insultos y abusos fue amontonado sobre mi pobre cabeza. Sólo Dios sabe cuánto sufrí en esos días, pero providencialmente fui rodeado por un muro fuerte. Tenía a Abraham Lincoln como defensor, el mejor abogado y el hombre más honesto de Illinois, y como juez al instruido y recto, David Davis. Este llegó a ser Vice-presidente de los Estados Unidos en 1882 y aquél su Presidente más honrado de 1861-65.

Nunca he oído nada igual a la elocuencia de Abraham Lincoln cuando hizo pedazos a los testimonios de los dos sacerdotes perjurados, Lebel y Carthuval, quienes con diez o doce otros falsos testigos habían jurado contra mí. Con toda seguridad hubiera sido declarado inocente después de ese discurso elocuente y después del encargo del instruido Juez Davis, pero mis abogados, por un triste error, dejaron a un Católico-romano en el jurado. Por supuesto, ese Católico-romano irlandés quería condenarme aun cuando los once honestos e inteligentes Protestantes eran unánimes en votar no culpable. Por fin, el tribunal, hallando que era imposible convencer al jurado de dar un veredicto unánime, los despidió. Pero, Spink nuevamente forzó al sheriff a guardarme bajo fianza, obteniendo del tribunal permiso para continuar el enjuiciamiento el 19 de octubre de 1856.

Humanamente hablando, hubiera sido uno de los hombres más miserables si no tuviera mi querida Biblia, la cual meditaba y estudiaba día y noche en esos días oscuros de prueba. Aunque el mundo no lo sospechaba, yo sabía desde el principio, que todas mis tribulaciones venían a causa de mi apego invencible y mi firme amor y respeto por la Biblia como la raíz y fuente de toda verdad revelada por Dios al hombre; y me sentía seguro que mi Dios lo sabía también. Esa seguridad apoyaba mi valor en el conflicto. Cada día mi Biblia se volvió más querida para mí y constantemente intentaba andar en su luz maravillosa y su enseñanza divina. Quería aprender mis deberes y derechos. Me gusta reconocer que la Biblia fue lo que me dio el poder y la sabiduría que tanto necesitaba para confrontar sin temor a tantos adversarios. Sentí que ese poder y sabiduría no eran míos. Así, mi Biblia me capacitó para permanecer calmado en el mismo foso de los leones. Me dio, desde el principio de ese terrible conflicto, la seguridad de una victoria final, porque cada vez que bañé mi alma en su divina luz, oí la voz de mi misericordioso Padre Celestial diciéndome: No temas, porque Yo estoy contigo. (Isa. 43: 5)