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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L O 49

C A P I T U L O 49

Hay dos mujeres por quienes debemos orar diariamente, la mujer Brahminita quien, engañada por sus sacerdotes, se quema sobre el cadáver de su marido para aplacar la ira de sus dioses de madera y la mujer Católico-romana quien, no menos engañada por sus sacerdotes, sufre una tortura mucho más cruel e ignominiosa en el confesionario auricular para aplacar la ira de su dios-oblea.

Muchas de ellas prefieren refugiarse en las manos de su Dios misericordioso y morir antes de someterse al sufrimiento contaminante y antes de recibir absolución de un hombre quien igual que ellas seguramente sería escandalizado por semejante recitación.

Cuántas veces he llorado como un niño cuando alguna jovencita inteligente y de noble corazón o alguna respetable dama casada me expresaba su invencible repugnancia y su horror ante semejantes preguntas y respuestas y me suplicaba que tuviera compasión de ella. Pero, ¡Ay de mí! Tenía que silenciar la voz de mi conciencia que me decía: –¿No sientes vergüenza que tú, un hombre soltero, te atreves a hablar de estos asuntos con una mujer? ¿No te sonrojas al hacer tales preguntas a una joven? ¿Dónde está tu auto-respeto? ¿Dónde está tu temor de Dios? ¿No promuevas la ruina de esa joven al forzarla a hablar de estos asuntos?

Cuántas veces mi Dios me habló igual como habla a todos los sacerdotes de Roma, diciéndome con una voz de trueno: –¿Qué no te haría ese joven, ese padre o hermano si pudiera escuchar las preguntas que haces a su esposa, hija o hermana? ¿No te reventaría los sesos? Sin embargo, fui obligado por todos los Papas, los teólogos de la moral y los concilios de Roma a creer que esta voz de advertencia de mi Dios misericordioso era la voz de Satanás.

Al principio de mi sacerdocio en Qüebec, fui muy sorprendido y apenado al ver a una competente y hermosa joven, a quien yo encontraba casi cada semana en la casa de su padre, entrando a mi confesionario. Ella normalmente se confesaba con otro sacerdote, conocido mío. Ella siempre fue reconocida como una de las jóvenes más piadosas de la ciudad. Aunque ella se disfrazó lo mejor posible para que no la conociera, sentí que no me había equivocado.

No estando absolutamente seguro de quien era, no le revelé que posiblemente la conocía. Al principio, casi no podía hablar, porque su voz se sofocaba con sus sollozos. Después de mucho esfuerzo, dijo: –Querido Padre, espero que no me conozcas y que nunca intentes conocerme. Soy una pecadora desesperada. ¡Oh, temo que estoy perdida! Pero si todavía hay esperanza de que yo sea salva, por amor de Dios no me reprendas.

–Antes de empezar mi confesión, permíteme suplicarte que no contamines a mis oídos con las preguntas que nuestros confesores acostumbran a hacer a sus penitentes femeninas. Ya he sido asolada por esas preguntas. Antes de cumplir los diecisiete años, Dios sabe que sus ángeles no eran más puros que yo; pero el capellán del convento donde mis padres me enviaron para mi educación, aunque envejeciendo, me hizo una pregunta en el confesionario que al principio no la entendí, pero una compañera de la escuela me la explicó más tarde. Esa primera conversación impúdica de mi vida, hundió mis pensamientos en un mar de iniquidad que hasta entonces fue totalmente desconocido para mí. Tentaciones del carácter más humillante me asaltaron por una semana, día y noche. Después, pecados que quisiera borrar de mi sangre, si fuera posible, inundaron mi alma como un diluvio. Pero los goces de los pecadores son cortos. Sobrecogida de terror ante el pensamiento de los juicios de Dios, después de algunas semanas de la vida más deplorable, determiné abandonar mis pecados y reconciliarme con Dios.

–Cubierta de vergüenza y temblando de cabeza a pies, fui a confesarme con mi anciano confesor a quien respetaba como un santo y quería como a un padre. Con lágrimas de sincero arrepentimiento, me parecía que le confesé la mayor parte de mis pecados, aunque por vergüenza y respeto por mi guía espiritual, oculté uno de ellos. Pero no le oculté que las preguntas extrañas que él me había hecho en mi última confesión, juntamente con la corrupción natural de mi corazón, fueron la causa principal de mi asolamiento.

–El me habló amablemente, animándome a luchar contra mis malas inclinaciones y al principio me dio un consejo afable y bueno. Pero cuando pensé que había terminado de hablar conmigo y estuve a punto de salir del confesionario, me hizo dos preguntas de un carácter tan contaminante que temo que ni la sangre de Cristo ni todos los fuegos del infierno podrán borrarlas de mi memoria. Esas preguntas han logrado mi ruina. Penetraron a mi mente como dos flechas mortales. Están día y noche ante mi imaginación y llenan mis arterias y venas de veneno mortal.

–Es verdad que al principio me llenaban de horror y repugnancia; pero, ¡Ay de mí! Pronto me acostumbré tanto a ellas que me parecían haberse incorporado en mí como si fueran una segunda naturaleza. Esos pensamientos llegaron a ser una nueva fuente de innumerables deseos, pensamientos y acciones criminales.

–Un mes después, fuimos obligadas por las reglas del convento a confesarnos. Pero para entonces, yo estaba tan perdida que ni me sonrojaba ante la idea de confesar mis pecados vergonzosos a un hombre. Sentía un verdadero placer diabólico al pensar que tendría una larga conversación con mi confesor sobre esos asuntos y que él me haría más de sus extrañas preguntas. ¡De hecho, cuando le dije todo sin sonrojar, él empezó a interrogarme y Dios sabe qué cosas tan corruptas salieron de sus labios a mi pobre corazón criminal! ¡Cada una de sus preguntas estremecía mis nervios y me llenaba de las más vergonzosas sensaciones! Después de una hora de este criminal intimidad têtê-à-têtê con mi anciano confesor, percibí que él era tan depravado como yo. Con unas palabras insinuativas, me hizo una proposición criminal, la cual acepté con palabras insinuativas también; y durante más de un año, vivimos juntos en la intimidad más pecaminosa. Aunque él era mucho más viejo de edad que yo, le amé de la manera más tonta. Cuando se terminó mi curso de instrucción en el convento, mis padres me llamaron nuevamente a su hogar. Realmente me alegré por ese cambio de residencia, porque ya me fastidié de mi vida criminal. Mi esperanza fue que bajo la dirección de un mejor confesor, me reconciliaría con Dios y comenzaría una vida Cristiana.

–Desgraciadamente para mí, mi nuevo confesor, quien era muy joven, empezó también con sus interrogaciones. Pronto se enamoró de mí y yo le amé de la manera más criminal. He hecho cosas con él que espero que nunca me pedirás que te revele, porque son demasiado monstruosas para ser repetidas por una mujer a un hombre en el confesionario.

–No digo esto para quitarme la responsabilidad de mis iniquidades con ese joven confesor, porque creo que soy más criminal que él. Creo que él era un bueno y santo sacerdote antes que me conociera, pero las preguntas que me hizo y las respuestas que yo tenía que darle derritieron su corazón igual que el hielo sobre el plomo ardiente.

–Yo sé que esta confesión no es tan detallada como me requiere nuestra santa Iglesia, pero creí que me es necesario darte esta corta historia de la vida de la pecadora más grande y miserable que jamás te haya pedido que la ayudaras a salir de la tumba de sus iniquidades. Esta es la manera en que he vivido estos últimos años; pero el domingo pasado, Dios en su infinita misericordia, se fijó en mí. El te inspiró a darnos el Hijo Pródigo como un modelo de verdadera conversión y como la prueba más maravillosa de la infinita compasión de nuestro querido Salvador por los pecadores. He llorado día y noche desde ese día feliz cuando me refugié en los brazos de mi amoroso y misericordioso Padre. Aún ahora, apenas puedo hablar a causa de mi pesar por mis iniquidades pasadas y del gozo que siento al ser permitida bañar los pies del Salvador con mis lágrimas que son tantas que mi voz se ahoga. Tú comprendes que he abandonado para siempre a mi último confesor; vengo a suplicarte que me hagas el favor de recibirme entre tus penitentes. ¡Oh, no me rechaces ni me reprendas, por amor del querido Salvador! ¡No temas tener a tu lado a semejante monstruo de iniquidad!

–Pero antes de seguir, te pediré dos favores: El primero es que nunca intentes acertar mi nombre y el segundo es que nunca me hagas ninguna de esas preguntas por las cuales tantas penitentes se pierden y tantos sacerdotes son destruidos. Dos veces he caído por esas preguntas. ¡Oh, querido Padre, déjame ser tu penitente para que me ayudes a postrarme y llorar a los pies del Salvador como hizo la Magdalena. ¡Respétame como él respetó a ese verdadero modelo de todas las pecadoras mujeres arrepentidas! ¿Le hizo el Salvador alguna pregunta? ¿Arrancó de ella la historia de cosas que una mujer pecadora no puede decir sin abandonar el respeto que se debe a sí mismo y a Dios? ¡No! Tú mismo nos dijiste hace poco que lo único que hizo nuestro Salvador fue mirar sus lágrimas y amor. Bueno, por favor, haz esto conmigo y así me salvarás.

Yo era todavía un sacerdote muy joven y nunca había oído palabras tan sublimes en el confesionario. Sus lágrimas y sollozos mezclados con la franca declaración de las más humillantes acciones, me impresionaron tanto que por unos momentos no podía hablar. También se me ocurrió que podría estar equivocado en cuanto a su identificación; quizás ella no era la joven que había imaginado. Por tanto, fue fácil concederle su primera petición, sencillamente no haciendo nada por la cual pudiera conocerla.

La segunda parte de su petición era más penosa, porque los teólogos son muy positivos en ordenar a los confesores a interrogar a sus penitentes, especialmente a las del sexo femenino.

Le animé lo mejor que pude a perseverar en su buena resolución, invocando a la bendita Virgen María y a Sta. Filomena. Le dije que oraría y meditaría sobre el tema de su segunda petición y le pedí que volviera en una semana por mi respuesta.

El mismo día, fui con mi propio confesor, el Rev. Sr. Baillargeon. Le conté de la extraña y singular petición que ella me hizo y no le oculté que sentí muy inclinado a concedérsela, porque, como ya le había dicho varias veces, me sentía sumamente repugnado por las preguntas infames y contaminantes que los teólogos nos obligaban a hacer a nuestras penitentes femeninas. Le dije francamente que varios sacerdotes y jóvenes ya habían venido a confesarse conmigo y que con la excepción de dos, todos me dijeron que es imposible hacer esas preguntas y oír las respuestas que sacaban sin caer en los pecados más condenables.

Mi confesor parecía estar muy perplejo y me pidió que volviera al día siguiente para que él pudiera repasar algunos libros de teología en ese intervalo. Al día siguiente, apunté por escrito su respuesta:

–Semejantes casos de la destrucción de la virtud femenina por las preguntas del confesor es un mal inevitable. No tiene remedio, porque tales preguntas son absolutamente necesarias en la mayoría de los casos que tenemos que tratar. Los hombres generalmente confiesan sus pecados con tanta sinceridad que pocas veces hay necesidad de preguntarles, excepto cuando son muy ignorantes. Pero San Ligorio, como también nuestra observación personal, dice que la mayoría de las jóvenes y mujeres, por una falsa vergüenza criminal, raramente confiesan los pecados que cometen contra la pureza. Se requiere suma caridad en los confesores para evitar que esas desgraciadas esclavas de sus pasiones secretas hagan confesiones y comuniones sacrílegas. Con la mayor prudencia y celo tienes que preguntarles sobre estos asuntos, empezando con los pecados más pequeños y siguiendo poco a poco y entre más posible por grados imperceptibles a las acciones más criminales. Tal parece que la penitente, a quien referiste en tus preguntas ayer, no está dispuesta a hacer una plena y detallada confesión de todas sus iniquidades. No puedes prometer absolverla sin asegurarte por medio de sabias y prudentes preguntas que haya confesado todo.

–No debes desanimarte cuando, por medio del confesionario o de algún otro modo, sepas de la caída de sacerdotes con sus penitentes en las debilidades comunes de la naturaleza humana. Nuestro Salvador sabía muy bien que las ocasiones y tentaciones que confrontamos en las confesiones de las jóvenes y mujeres son tan numerosas y a veces tan irresistibles que muchos caerían. Pero les ha dado la Santa Virgen María, quien constantemente pide y obtiene su perdón. Les ha dado el sacramento de la penitencia donde pueden recibir su perdón cuantas veces que lo pidan. El voto de perfecta castidad es un gran honor y privilegio, pero no podemos ocultarnos que pone en nuestros hombros una carga que muchos no pueden soportar para siempre. San Ligorio dice que no debemos reprender al sacerdote arrepentido que cae solamente una vez por mes y algunos otros teólogos dignos de confianza son todavía más indulgentes.

Esta respuesta no me satisfizo nada; me parecía estar compuesta de principios de coba. Regresé con un corazón muy pesado y una mente ansiosa. Dios sabe que hice muchas y fervientes oraciones que nunca regresara esta joven para darme su triste historia. Yo tenía apenas veinte años de edad, lleno de juventud y vida. Me parecía que los piquetes de mil avispas a mis oídos no me harían tanto daño como las palabras de esa querida, hermosa, competente, pero perdida joven.

No quiero decir que las revelaciones que ella me había hecho de alguna manera disminuían mi estimación y respeto por ella. Al contrario, sus lágrimas y sollozos a mis pies, sus expresiones agonizantes de vergüenza y pesar, sus nobles palabras de protesta contra las interrogaciones repugnantes y contaminantes de los confesores le habían elevado muy alto en mi mente. Mi sincera esperanza fue que tuviera un lugar en el reino de Cristo con la mujer samaritana, María Magdalena y todos los pecadores que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero.

El día citado, estaba en mi confesionario escuchando la confesión de un joven cuando, aunque incógnita, reconocí a la Srta. Mary entrando a la sacristía. Vino directamente a mi confesionario donde se arrodilló junto a mí.

¡Oh! Hubiera dado cada gota de mi sangre en esa hora solemne para que tuviera la libertad de tratar a ella así como me lo suplicó tan elocuentemente. ¡Pero ahí en ese confesionario, yo no era el siervo de Cristo, sino un esclavo del Papa! No estaba ahí para salvar, sino para destruir; porque bajo el pretexto de purificar, la verdadera misión del confesor frecuentemente, si no siempre, a pesar de sí mismo, es escandalizar y condenar a las almas.

Sin hacer ruido, me volteé hacia ella y dije por la pequeña apertura: –¿Estás lista para empezar tu confesión? Pero ella no me respondió; lo único que alcancé a oír fue: –¡Oh, Jesús mío, ten misericordia de mí! Vengo a lavar mi alma en tu sangre, ¿Me reprenderás tú? Durante varios minutos, levantó sus manos y ojos al cielo orando y llorando. Mis lágrimas fluían con la suyas y mis fervientes oraciones iban a los pies de Jesús con las de ella. No le hubiera interrumpido por ninguna consideración en su sublime comunión con su misericordioso Salvador.

Después de un largo rato, hice un pequeño ruido con mi mano y acercando mis labios a la apertura en la división que nos separaba, dije en voz baja: –¿Querida hermana, estás lista para empezar tu confesión?

Ella volteó su cara un poco hacia mí y dijo con voz temblorosa: –Sí, querido Padre, estoy lista. Mi querido Padre, ¿Recuerdas las peticiones que te hice el otro día? ¿Puedes permitirme confesar mis pecados sin forzarme a abandonar el respeto que debo a mí misma, a ti y a Dios quien nos oye? Y, ¿Puedes prometerme que no me harás ninguna de esas preguntas que ya me han hecho tanto daño? Francamente te declaro que hay pecados en mí que no puedo revelar a nadie excepto a Cristo, porque él es mi Dios y él ya los conoce todos. Déjame derramar lágrimas y orar a sus pies. ¿No puedes perdonarme sin añadir a mis iniquidades, forzándome a decir cosas que la lengua de una mujer Cristiana nunca puede revelar a un hombre?

–Mi querida hermana, –le respondí, –si yo fuera libre para seguir la voz de mis propios sentimientos, gustosamente te concedería tu petición. Pero estoy aquí solamente como ministro de nuestra santa Iglesia y estoy obligado a obedecer sus leyes. A través de sus santísimos Papas y teólogos, ella me dice que no puedo perdonar tus pecados si no los confiesas todos, tal como los has cometido. La Iglesia me dice también que tienes que dar los detalles que pudieran añadir a la malicia o cambiar la naturaleza de tus pecados. Lamento decirte que nuestros santísimos teólogos obligan al confesor a interrogar al penitente sobre los pecados que tiene buena razón para sospechar que hayan sido omitidos voluntariamente.

Con un grito agudo exclamó: –¡Ay, Dios mío! ¡Estoy perdida, para siempre perdida! Este grito me cayó como una bomba, pero sentí más temor cuando, al mirar por la apertura, la vi desmayar. Oí el ruido de su cuerpo cayendo al suelo y su cabeza pegando contra los lados del confesionario. Lo más rápido posible, corrí a auxiliarla; la tomé entre mis brazos y llamé a dos hombres que estaban cerca para ayudarme a acostarla en una banca. Lavé su cara con agua fría y vinagre. Ella estaba tan pálida como la muerte, pero sus labios se movían y decía algo que nadie más que yo entendía: ¡Estoy para siempre perdida!

La llevamos a la casa de su familia desconsolada donde por un mes subsistía entre la vida y la muerte. Sus primeros dos confesores fueron a visitarla, pero después de pedir que todos se salieran del cuarto, ella, cortés pero firmemente, les pidió que se fueran y que nunca más volvieran. Ella me pidió que la fuera a visitar todos los días, –porque, –dijo, –sólo tengo unos pocos días más de vida, ayúdame a prepararme para la hora solemne cuando se me abrirán las puertas de la eternidad.

Todos los días la visité y oré y lloré con ella. Cuando a solas, muchas veces le pedí con lágrimas que terminara su confesión; pero con una firmeza que entonces me parecía misteriosa e inexplicable, ella cortésmente me reprendía.

Un día, al estar solo con ella, estaba arrodillado al lado de su cama orando. No podía articular una sola palabra a causa de la angustia inexpresable en mi alma por ella. Me preguntó: –Querido Padre, ¿Por qué lloras?

Le respondí: –¿Cómo puedes hacer semejante pregunta a tu asesino? Lloro, porque yo te maté, querida amiga.

Esta respuesta parecía preocuparla en gran manera. Se sentía muy débil ese día. Después de llorar y orar un rato en silencio, me dijo: –No llores por mí, sino por tantos sacerdotes que destruyen a sus penitentes en el confesionario. Yo creo en la santidad del sacramento de la penitencia, puesto que nuestra santa Iglesia lo ha establecido, pero de alguna manera hay algo sumamente mal en el confesionario. Dos veces he sido destruida y conozco a muchas jóvenes que también han sido destruidas por el confesionario. ¡Ay de los pobres sacerdotes el día que nuestros padres descubran lo que sucede con la pureza de sus hijas en las manos de sus confesores. Mi padre seguramente mataría a mis dos últimos confesores, si él supiera que ellos han destruido a su pobre hija.

No pude responder excepto por llorar más. Permanecimos en silencio por un largo tiempo y luego ella dijo: –Es cierto que no estaba preparada para la reprensión que me diste el otro día en el confesionario, pero actuaste conscientemente como un sacerdote honesto. Sé que debes estar atado por ciertas leyes.

Luego ella apretó mi mano con su mano fría y dijo: –No llores, querido Padre, porque esta tempestad repentina haya naufragado mi barca tan frágil. Esta tempestad ha servido para sacarme del abismo de mis iniquidades a la ribera donde Jesús espera para recibirme y perdonarme. La noche después que me trajiste media muerta aquí a la casa de mi padre, tuve un sueño. ¡Oh, no! No fue un sueño, fue la realidad. Mi Jesús vino a mí, estaba sangrando, su corona de espinas estaba en su cabeza, la pesada cruz magullaba su hombro. El me dijo con una voz tan dulce que ninguna lengua puede imitarla: ¡Yo he visto tus lágrimas, he oído tus clamores y conozco tu amor por mí; tus pecados son perdonados; ten ánimo, en pocos días estarás conmigo!

Ella apenas terminó su última palabra cuando se desmayó. Llamé a su familia que corrió al cuarto. Mandaron por el médico. El la encontró tan débil que pensó apropiado permitir a sólo uno o dos personas permanecer en el cuarto conmigo. Nos pidió que no le habláramos nada, –porque, –dijo, –la menor emoción puede matarla instantáneamente. Su enfermedad es en toda probabilidad un aneurisma de la aorta, la vena principal que lleva la sangre al corazón. Cuando se rompa, se irá como relámpago.

Eran casi las diez de la noche cuando salí de su casa para ir a descansar. Pero fue una noche de insomnio. Allí estaba mi querida Mary, pálida, muriendo del golpe mortal que yo le había dado en el confesionario. Allí estaba ella en su cama de muerte, traspasado el corazón con la daga que mi Iglesia había puesto en las manos y en lugar de reprenderme y maldecirme por mi salvaje fanatismo despiadado, ella me bendecía. ¡Ella estaba muriendo de un corazón quebrantado! Y no fui permitido por mi Iglesia a darle ni una sola palabra de consolación ni ninguna esperanza, porque no había hecho su confesión. Yo había magullado despiadadamente a esa planta tierna y no había nada en mis manos para sanar las heridas que había hecho. Era muy probable que moriría al día siguiente y yo fui prohibido mostrarle la corona de gloria que Jesús ha preparado en su reino para el pecador arrepentido.

Antes del amanecer, me levanté a leer nuevamente a mis teólogos para ver si encontrara a alguien que me permitiría perdonar los pecados de esa querida niña sin forzarla a decirme todo lo que había hecho. Pero ellos me parecían, más que nunca, unánimemente inexorables y los guardé otra vez en el librero de mi biblioteca con corazón quebrantado.

A las 9:00 a.m. del día siguiente, estaba nuevamente junto a la cama de Mary. Sentí grande gozo cuando el doctor y toda la familia me dijeron: –Está mucho mejor; el descanso de anoche en verdad ha hecho un cambio maravilloso.

Con una sonrisa verdaderamente angélica, me extendió la mano y dijo: –Pensé, anoche, que el querido Salvador me llevaría con él, pero él quiere, querido Padre, que le haga un poco más de molestia. Sin embargo, ten paciencia, no tardará mucho en tocar la hora solemne del llamamiento. Por favor, ¿Me leerás la historia del sufrimiento y muerte del amado Salvador que me leíste el otro día? Me hace tanto bien ver cuánto él me ha amado, una pecadora tan miserable.

Había una calma y solemnidad en sus palabras que me parecía excepcional como también a todos los que estaban presentes. Después de terminar la lectura, ella exclamó: –¡El me amó tanto que murió por mis pecados! Cerró sus ojos para meditar en silencio, pero había un torrente de grandes lágrimas corriendo por sus mejillas.

Me arrodillé junto a su cama con su familia para orar, pero no podía proferir una sola palabra. La idea de que esta querida niña estaba muriendo a causa del fanatismo cruel de mis teólogos y de mi propia cobardía al obedecerles era una piedra de molino en mi cuello que me estaba matando. Después de que habíamos llorado y orado en silencio junto a su cama, ella pidió a su madre que la dejara sola conmigo.

Al estar solos, tuve la impresión irresistible de que éste era su último día; nuevamente caí de rodillas y con lágrimas de la más sincera compasión por su alma, le pedí que se deshiciera de su vergüenza y obedeciera a nuestra santa Iglesia que requiere a todos a confesar sus pecados si ellos desean ser perdonados.

Calmadamente, pero con un aire de dignidad que ningunas palabras humanas pueden describir, dijo: –¿Es verdad que, después del pecado cometido por Adán y Eva, Dios mismo les hizo túnicas de pieles y los vistió para que no vieran la desnudez el uno del otro?

–Sí, –dije, –esto es lo que las Santas Escrituras dicen.

–Bueno, entonces, ¿Cómo es posible que nuestros confesores se atreven a quitarnos esa santa túnica divina de modestia femenina y auto-respeto? ¿No ha hecho el mismo Dios Todopoderoso con sus propios manos a esa túnica de modestia femenina y auto-respeto para que no seamos para ustedes ni para nosotras mismas una causa de vergüenza y pecado?

Me quedé realmente pasmado por la hermosura, simplicidad y sublimidad de esa comparación. Permanecí absolutamente mudo y confundido. Ella estaba haciendo pedazos a todas las tradiciones y doctrinas de mi Iglesia y pulverizando a todos mis santos doctores y teólogos, sin embargo, esa noble respuesta halló tanto eco en mi alma que parecía sacrilegio intentar a tocarla con mi dedo.

Después de un corto silencio, ella continuó: –Dos veces he sido destruida por sacerdotes en el confesionario. ¡Ellos me quitaron esa túnica divina de modestia y auto-respeto que Dios da a todo ser humano que viene a este mundo; y dos veces me convertí en un abismo de perdición para esos mismos sacerdotes en el cual ellos cayeron y temo que están perdidos para siempre! Mi misericordioso Padre Celestial me ha devuelto esa túnica de pieles, esa vestidura nupcial de modestia, auto-respeto y santidad que me habían quitado. El no permitirá ni a ti ni a ningún otro hombre, desgarrar ni estropear esa vestidura que es la obra de sus manos.

Estas palabras la habían agotado; era evidente que quería descansar. La dejé sola, pero yo estaba fuera de mí. Lleno de admiración por las lecciones sublimes que había recibido de los labios de esa regenerada hija de Eva, quien pronto volaría de entre nosotros, sentí suma repugnancia por mí mismo, mis teólogos y ¿Lo diré? Sí, sentí, en esa hora solemne, suma repugnancia por mi Iglesia que estaba contaminándome a mí y a todos sus sacerdotes en el confesionario. Sentí en esa hora sumo horror por la confesión auricular que tan frecuentemente es un abismo de perdición y suma miseria, tanto para el confesor como para la penitente.

A las 4:00 p.m. volví a la casa. Al estar a solas con ella, nuevamente caí de rodillas y en medio de un torrente de lágrimas, le dije: –Querida hermana, es mi deseo darte el santo viático y la extrema unción, pero dime, ¿Cómo me atreveré a hacer una cosa tan sublime contra todas las prohibiciones de nuestra santa Iglesia? ¿Cómo puedo darte la santa comunión sin darte primero la absolución? Y ¿Cómo puedo darte la absolución cuando sinceramente persistes en decirme que tienes pecados que nunca confesarás ni a mí ni a ningún otro confesor?

–Tú sabes que te quiero y te respeto como si fueras un ángel enviado del cielo. Bendeciré cada hora que hemos pasado juntos mirando las heridas de nuestro amado y moribundo Salvador. ¡Te bendigo por haberme perdonado tu muerte! Porque yo sé y lo confieso en la presencia de Dios que yo te he matado, querida hermana. Sin embargo, preferiría morir mil veces que decirte alguna palabra que te heriría o perturbaría tu paz. Por favor, mi querida hermana, dime, ¿Qué puedo y debo hacer por ti en esta hora solemne?

Con tranquilidad y con una sonrisa de gozo, semejante a la cual no he visto antes ni después, dijo: –Te doy gracias y te bendigo, querido Padre, por la parábola del Hijo Pródigo sobre la cual predicaste hace un mes. Tú me llevaste a los pies del querido Salvador; ahí he encontrado una paz y un gozo que sobrepasa todo lo que el corazón humano puede sentir. ¡Me he refugiado en los brazos de mi Padre Celestial y yo sé que él con misericordia me ha recibido y me ha perdonado, su pobre hija pródiga! ¡Oh, veo a los ángeles con sus arpas de oro alrededor del trono del Cordero! ¿No oyes la armonía celestial de sus cantos? ¡Me voy, voy para unirme con ellos en la casa de mi Padre! ¡NO SERÉ PERDIDA!

Sus manos cruzaron su pecho y había en su rostro la expresión de gozo verdaderamente sobrehumano; sus ojos fijos como si estuvieran mirando algún grandioso espectáculo sublime. Me parecía, al principio, que ella estaba orando, pero me equivoqué. El alma redimida se había ido sobre las alas doradas de amor para unirse a la multitud de los que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero y para cantar el eterno Aleluya.

La revelación de las indecibles corrupciones engendradas directa o indirectamente por la confesión auricular llegaron a mí de los labios de esa joven como los primeros rayos del sol que arrojarían las negras nubes de la noche con las cuales Roma había envuelto mi inteligencia sobre ese tema.

Ella fue enviada por la mano misericordiosa de mi Dios para enderezar mi camino. Sus palabras llenas de sabiduría sobrehumana y sus fervientes lágrimas llegaron a mí, por la maravillosa providencia de Dios, como los primeros rayos del Sol de Justicia para enseñarme que la confesión auricular era una invención satánica.

Si ella hubiera sido la única, quizás tuviera todavía alguna duda del origen diabólico de esa institución; pero miles y miles antes y después de ella fueron enviados por mi Dios misericordioso para decirme la misma historia hasta que después de veinticinco años de experiencia, me convencí de que esa invención moderna de Roma, tarde o temprano, con muy pocas excepciones arrastrará tanto al confesor como a su penitente femenina a una irreparable ruina común.

Los que quisieran saber más sobre las abominaciones de la confesión auricular, deben leer mi libro: El Sacerdote, la Mujer y el Confesionario.