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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L O 5 2

C A P I T U L O 5 2

El enfoque de la ira tiránica del Obispo O’Regan cayó principalmente sobre las congregaciones canadienses francesas de Chicago y de St. Anne. Su plan diabólico no era nada menos que su completa destrucción.

Poco después de la Pascua de 1856, el obispo puso su plan en acción. El Rev. Sr. Lemaire fue suspendido y arrojado ignominiosamente del diócesis de Chicago sin motivo, dejando a los canadienses franceses sin pastor. Algunos días después, la casa parroquial fue vendida por $1,200.00 dólares a un americano. La hermosa pequeña iglesia que estaba en el lote junto a la casa parroquial fue trasladada cinco o seis cuadras al suroeste y rentada por el obispo a los Católicos de la parroquia por aproximadamente $2000.00 dólares anuales. Ni una palabra de notificación fue dada a mis compatriotas, quienes habían construido esos finos edificios con su propio dinero.

El 19 de agosto de 1856, el obispo, oyendo que yo estaba en Chicago, me mandó llamar. Aunque no absolutamente ebrio, lo hallé lleno de vino y terriblemente excitado.

–Sr. Chíniquy, –dijo, –tú me habías prometido usar tu influencia para poner fin a la conducta rebelde de tus compatriotas contra mí. Pero los encuentro más insolentes e inmanejables que nunca y creo firmemente que tú tienes la culpa. Tú y ese puño de canadienses franceses de Chicago me dan más problemas que todos los demás sacerdotes y gente de Illinois. Tú estás demasiado cerca de Chicago, señor, la gente de aquí siente demasiado tu influencia. Voy a trasladarte a un lugar lejano donde tendrás suficiente que hacer sin entremeterte en mi administración. Quiero tus servicios en Cahokia en mi diócesis de Qüincy y si para el 15 de septiembre próximo no estás allá, te suspenderé y te excomulgaré y para siempre pondré fin a tus intrigas.

–Mi señor, ¡Usted habla de suspensión y excomunión! Permítame decirle respetuosamente que si usted puede mostrarme que haya hecho algo para merecer ser suspendido o excomulgado, me someteré en silencio a su sentencia. Pero antes de sentenciarme le pido en el nombre de Dios hacer una investigación pública de mí y confrontarme con mis acusadores. Le advierto a Su Señoría que si me suspende y me excomulga sin hacer una investigación, yo usaré todos los medios que nuestra santa Iglesia pone a la disposición de sus sacerdotes para defender mi honor y comprobar mi inocencia. Apelaré también a las leyes de nuestra gran república que protege el carácter de todos sus ciudadanos contra cualquier persona que les calumnia. Entonces será a su propio riesgo y peligro hacer semejante sentencia contra mí.

Mi respuesta sumamente calmada excitó su furia. Golpeó violentamente a la mesa con su puño y dijo: –No me importa un comino tus amenazas. Repito, Sr. Chíniquy, si no estás en Cahokia para el 15 del próximo mes, te suspenderé y te excomulgaré.

Sintiendo que sería una necedad de mi parte discutir con un hombre que estaba fuera de sí por la ira y exceso de vino, salí inmediatamente de la habitación para tomar el tren a St. Anne.

Después de pasar la noche pidiendo a Dios que cambiara el corazón del obispo para poder permanecer en medio de mi congregación, dirigí la siguiente carta al Obispo:

Al Reverendísimo O’Regan, Obispo de Chicago,

Mi señor, entre más considero su diseño de expulsarme de la colonia que he fundado y de la cual soy el pastor, más creo que es mi deber ante mí mismo, mis amigos y compatriotas, protestar delante de Dios y los hombres contra lo que usted intenta hacer. Ni un solo de sus sacerdotes tiene mayor estima en la mente pública, ni es más amado y respetado por su gente que yo. Desafío a mis amargados enemigos a comprobar lo contrario. Y ese carácter que es mi tesoro más precioso, usted intenta despojarme de él sacándome ignominiosamente de entre mi gente. Es verdad que tengo enemigos y de eso estoy orgulloso. Los principales son bien conocidos en esta región como los hombres más perversos. La recepción cordial que dicen que recibieron de usted no quita las manchas que tienen en la frente.

Por medio de esta carta, le pido nuevamente que haga una investigación pública y minuciosa de mi conducta. Me dice mi conciencia que no hay nada en contra de mí. Semejante trato público y justo confundirá a mis acusadores. Y hablo de acusadores cuando ni siquiera sé si tengo alguno. ¿Dónde están? ¿Cuáles son sus nombres? ¿De cuál pecado me acusan? ¡Todas estas preguntas que le hice el martes pasado quedaron sin respuesta! Pero quiera Dios que hoy me las contestará, dándome sus nombres. Estoy dispuesto a enfrentarme a ellos delante cualquier tribunal. Antes que usted dé el golpe final a la víctima de este complot infernal, le pido en el nombre de Dios que dé primero un momento de atención a las siguientes consecuencias de mi traslado del lugar donde estoy actualmente:

Usted sabe que tengo pleito con el Sr. Spink en el tribunal de Urbana a principios de octubre. Mis abogados y todos mis testigos están en los condados de Kankakee e Iroquois. ¡En el momento en que quiero estar aquí para comprobar mi inocencia y defender mi honor, usted me ordena ir a un lugar que está a una distancia de más de 300 millas! ¿No se da cuenta que por esa extraña conducta está ayudando al Sr. Spink contra su propio sacerdote? Al estar en Cahokia, tendré que sufrir los gastos pesados de viajar más de 300 millas muchas veces para consultar a mis amigos o ser privado de su valiosa ayuda. ¿Será posible que usted intenta atar mis manos y pies y entregarme a mis enemigos implacables? Desde el principio de este pleito, el Sr. Spink proclama que usted le ayuda y que igual a los sacerdotes perjurados, usted le ha prometido hacer todo lo que está en su poder para aplastarme. Por amor al carácter sagrado que lleva, no muestre tan públicamente que las jactancias del Sr. Spink sean verdad. Por amor a su alta posición en la Iglesia, no ayude tan públicamente al despiadado estafador de bienes raíces de L’Erable. El ya traicionó a sus amigos Protestantes para conseguir una esposa y en breve le traicionará a usted por menos. Déjame vivir tranquilo aquí hasta que se termine este pleito.

Al expulsarme de mi colonia, la destruirá. Más de 90% de los inmigrantes vienen aquí para vivir cerca de mí. Golpearme a mí es golpear a todos ellos. ¿Dónde hallarás un sacerdote que amará tanto a esa gente como para donarla entre uno o dos mil dólares cada año como invariablemente he hecho? Ha sido a precio de esos sacrificios que con los emigrantes más pobres de Canadá he fundado en cuatro años una colonia insuperada e inigualada en los Estados Unidos por su progreso. Y ahora que he gastado mi último centavo para formar esta colonia, usted me expulsa de ella.

Nuestro colegio donde 150 muchachos reciben una buena educación se cerrará el mismo día que yo me vaya, porque usted sabe muy bien que los maestros que conseguí en Montreal se irán lo más pronto que yo.

¡Ay! Si usted es despiadado hacia el sacerdote de St. Anne, tenga piedad de estos pobres niños. Yo preferiría ser condenado a la muerte que verles destruir su inteligencia vagando por las calles. Déjame, entonces, terminar mi trabajo aquí y déme tiempo para fortalecer estas instituciones jóvenes que caerán al suelo conmigo.

Si usted me expulsa o me suspende como amenaza hacer si desobedezco a su orden, mis enemigos proclamarán que usted me trata con ese rigor, porque me ha hallado culpable de alguna gran iniquidad y esto necesariamente predispondría a los jueces contra mí. Me considerarían como un vil criminal. Porque, ¿Quién supondría en este país libre que hubiera hombres capaces de juzgar y condenar a otro como lo hace hoy nuestro obispo de Chicago sin darle los nombres de sus acusadores ni decirle de cuales crímenes le acusan.

En el nombre de Dios le pido nuevamente que no me obligue a salir de mi colonia antes de comprobar mi inocencia y la iniquidad del Sr. Spink a la gente honesta de Urbana.

Pero si usted está sordo a mis oraciones y si nada puede disuadirlo de su resolución, no quisiera estar en la posición inenvidiable de un sacerdote suspendido entre mis compatriotas. Mándame por correo mis cartas de misión para los lugares nuevos que intenta confiar a mi cuidado. Entre más pronto llegue allá, será mejor para mi y para mi gente. ¡Estoy listo! Cuando esté en el camino de exilio, pediré al Dios de Abraham que me dé la fortaleza y fe que él dio a Isaac cuando acostando su cabeza en el altar, voluntariamente presentó su garganta a la espada. Pediré a mi Salvador, cargando la pesada cruz a la sima del Calvario, que me dirija y ayuda a mis pasos hacia la tierra de exilio que usted tiene preparado para su sacerdote devoto,

C. CHINIQUY

Al día siguiente, oímos que los sacerdotes borrachos alrededor de nosotros estaban publicando que el obispo ya me había suspendido y que ellos recibieron órdenes de él a tomar el mando de la colonia de St. Anne. Inmediatamente convoqué una reunión de toda la gente y les dije: –El obispo no me ha suspendido como los sacerdotes vecinos publican. Sólo amenazó hacerlo si no salgo de este lugar hacia Cahokia para el 15 del próximo mes. Pero aunque no he sido suspendido, puede ser que sí publique falsamente que lo ha hecho. Podemos esperar cualquier cosa del destructor de las finas congregaciones de los canadienses franceses de Chicago. El quiere destruirme a mí y a ustedes así como los destruyó a ellos. Pero antes que nos inmole, espero que con la ayuda de Dios lucharemos como soldados Cristianos por nuestra vida y usaremos todos los medios que las leyes de nuestra santa Iglesia, la Santa Palabra de Dios y la gloriosa Constitución de los Estados Unidos nos permita emplear contra nuestro tirano despiadado.

–Les pido como favor que envíen una delegación de cuatro miembros de nuestra colonia en quienes ponen la más absoluta confianza para llevar esta carta al obispo. Pero antes de entregársela, ellos harán las siguiente preguntas, las respuestas a las cuales apuntarán con gran cuidado en su presencia y fielmente nos las entregarán. Es evidente que ahora estamos entrando en una lucha trascendental. Tenemos que actuar con prudencia y firmeza.

A los señores, J.B. Lemoine, Leon Mailloux, Francis Bechard y B. Allaire, habiendo sido unánimemente escogidos para esta misión importante, les dimos las siguientes preguntas para hacer al obispo:

1. ¿Usted ha suspendido al Sr. Chíniquy? ¿Por qué?

2. ¿Es el Sr. Chíniquy culpable de algún crimen para merecer ser suspendido?

3. ¿Han sido comprobados contra él esos crímenes de una manera canónica?

4. ¿Por qué quiere quitar al Sr. Chíniquy de nosotros?

Nuestra delegación volvió de Chicago con las siguientes respuestas que después juraron delante del tribunal de Kankakee:

1. Suspendí al Sr. Chíniquy el 19 del mes actual a causa de su obstinación y falta de sumisión a mis órdenes cuando le mandé a Cahokia.

2. Si el Sr. Chíniquy ha dicho la misa mientras, como ustedes dicen, es irregular y sólo el Papa puede restaurarlo a sus funciones eclesiásticas y sacerdotales.

3. Lo quito de St. Anne a pesar de sus ruegos y los de ustedes porque no ha estado dispuesto a vivir en paz con los Rev. Sres. Lebel y Carthuval. (Cuando le preguntaron al obispo si esos dos sacerdotes no habían sido suspendidos por él a causa de sus escándalos públicos, fue obligado a decir: ¡Sí!)

4. Mi segunda razón por quitar al Sr. Chíniquy de St. Anne y mandarle en su nueva misión es para poner fin al pleito que el Sr. Spink ha levantado contra él. (Cuando preguntaron al obispo si él prometería que el pleito sería detenido por el traslado del Sr. Chíniquy, él respondió: –No puedo prometer eso.)

5. El Sr. Chíniquy es uno de los mejores sacerdotes de mi diócesis y no quiero privarme de sus servicios. Ninguna acusación contra su moralidad ha sido comprobado delante de mí.

6. El Sr. Chíniquy ha demandado una investigación para probar su inocencia contra ciertas acusaciones hechas contra él y pidió los nombres de sus acusadores para confundirlos; he rehusado concederle esta petición. (Después que el obispo hizo estas declaraciones, la delegación le presentó la carta del Sr. Chíniquy. Evidentemente le impresionó profundamente. Luego que terminó de leerla, les dijo: –Digan al Sr. Chíniquy que venga a verme para preparar su nueva misión y le daré las cartas que él quiere para ir a trabajar allá.)

FRANCIS BECHARD

BASILIQUE ALLAIRE J. B. LEMOINE

LEON MAILLOUX

(Estos caballeros con la excepción del Sr. Allaire todavía viven en 1885)

Después que lo anterior había sido leído y entregado a la gente, les mostré las evidentes falsedades y contradicciones de las respuestas del obispo.

–Ahora, mis amigos, aquí está la ley de nuestra santa Iglesia: Si un hombre ha sido condenado injustamente, que no presta ninguna atención a la sentencia injusta; que ni siquiera haga nada para que sea quitado esa sentencia injusta. (Canon de la Iglesia por el Papa Gelacio)

–Se me ocurre hoy por primera vez que el obispo desea ejecutar más la destrucción de ustedes que la mía. Es mi deseo permanecer entre ustedes para defender sus derechos como Católicos. Si ustedes son fieles a mí como yo seré a ustedes en la lucha inminente, no tendremos nada que temer, porque nuestra santa Iglesia está a nuestro favor; todas sus leyes y cánones están a nuestro favor; el Dios del Evangelio está a nuestro favor y aun el Papa, a quien tendremos que apelar, está a nuestro favor. El Arzobispo de St. Louis, a quien llevé mi queja en abril pasado, me aconsejó escribirle al Papa de los hechos criminales del Obispo O’Regan. Si son leales a ustedes mismos, no permitirán que ese tirano mitrado realice aquí las mismas atrocidades que cometió contra nuestros compatriotas en Chicago. Si prometen salir en defensa de sus derechos, yo diré a ese obispo avaricioso: ¡Venga y venda nuestra casa parroquial y nuestra iglesia aquí si se atreve!

–Tendremos que pelear una batalla gloriosa. Es la batalla de la libertad contra la tiranía más cruel que el mundo jamás ha visto. Es la batalla de la verdad contra la mentira. Es la batalla del antiguo Evangelio de Cristo contra el nuevo evangelio del Obispo O’Regan. Seamos leales a nosotros mismos hasta el fin y nuestra santa Iglesia, que ese obispo deshonra, nos bendecirá. Nuestro Salvador Jesucristo, cuyo Evangelio es despreciado por ese aventurero, está a nuestro favor y nos dará una victoria gloriosa. ¿No han leído en sus Biblias que Jesús quiere que sus discípulos sean libres cuando dijo: Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.? (Jn.8:36) ¿Significa esto que el Hijo de Dios quiere que seamos esclavos del Obispo O’Regan?

–¡No! –gritó toda la gente.

–Que Dios les bendiga por comprender sus derechos Cristianos. Todos los que quieren estar libres conmigo, levanten la mano. Gracias a Dios, –exclamé otra vez, –¡No hay un solo traidor entre nosotros! ¡Todos son leales, valientes y nobles soldados de libertad, verdad y justicia! ¡Que el Señor les bendiga a todos ustedes!

Era imposible describir el entusiasmo de la gente. Antes de despedirlos, les dije: –Sin duda, muy pronto presenciaremos una de las comedias más absurdas jamás actuadas en este continente. Esa comedia generalmente se llama: Excomunión. Algunos sacerdotes borrachos enviados por el obispo borracho de Chicago vendrán a excomulgarnos. Espero su visita cualquier día. Valdrá la pena ver ese drama y espero que ustedes vean y oigan la cosa más divertida de su vida.

No me equivoqué. Al día siguiente oímos que el 3 de septiembre había sido escogido por el obispo para excomulgarnos. Dije a la congregación: Cuando ustedes vean la bandera de los libres y de los valientes flotando en la punta de nuestro campanario, vengan a reunirse alrededor de ese emblema de libertad.

Había más de tres mil personas en nuestro cerro hermoso cuando aparecieron los sacerdotes. Unos momentos antes, dije a esa inmensa multitud: –Bendigo a Dios que tantos están aquí para presenciar el último acto tiránico del Obispo O’Regan. Pero les pido un favor: Que no se diga ningún insulto a los sacerdotes que vienen a actuar esa comedia. Por favor, no digan ninguna palabra de enojo. No levanten ni un solo dedo contra los actores. Ellos no son responsables por lo que hacen por dos razones: 1. Probablemente están borrachos y 2. Están obligados a hacer esa obra por su amo el Sr. Obispo O’Regan.

Los sacerdotes llegaron como a las 2:00 p.m. y nunca se había oído tantos gritos y aplausos en nuestra colonia como en su llegada. Nunca había visto a mi congregación tan alegre y de buen humor como cuando uno de los sacerdotes temblando de cabeza a pies con terror y borrachera, intentó leer la siguiente ficticia acta de excomunión, la cual clavó a la puerta de la capilla:

3 de septiembre de 1856.

El Reverendo Señor Chíniquy, hasta aquí el cura de St. Anne, Colonia de Beaver, en la diócesis de Chicago, formalmente ha sido suspendido por mí por causas canónicas.

El dicho Sr. Chíniquy, a pesar de esa suspensión, maliciosamente ha realizado las funciones del santo ministerio, administrando los santos sacramentos y diciendo misa. Esto le constituye un irregular y en directa oposición a la autoridad de la Iglesia. Por consecuencia es un cismático. El dicho Sr. Chíniquy así nombrado por mis cartas y requerimiento verbal, ha persistido absolutamente en violar las leyes de la Iglesia y desobedecer a su autoridad y por medio de esta presente carta está excomulgado.

Prohíbo a cualquier Católico tener comunicación con él en asuntos espirituales bajo pena de excomunión. Todo Católico que va en contra de esta suspensión está excomulgado.

+ANTONIO

Obispo de Chicago y

Administrador de Qüincy

Lo más pronto que los sacerdotes que clavaron este documento en la puerta de nuestra capilla se habían huido a toda velocidad, fui a verlos y encontré lo que esperaba: que no fue firmado por el obispo ni por su gran vicario ni por ninguna persona conocida y por consecuencia era una completa nulidad según las leyes de la Iglesia. Temiendo que yo le entablaría una acción judicial como le había advertido, se echó hacia atrás de la responsabilidad de su propia acción y no lo firmó. Probablemente ignoraba el hecho de que él mismo se excomulgó ipso facto por no haber firmado el documento ni él ni ninguno de sus diputados conocidos. Supe después que mandó a un niño de doce años a escribirlo y firmarlo. De esta manera fue imposible para mí llevar ese documento ante ningún tribunal debido a su falta de las formas legales necesarias. Esta acta también fue nula por haber sido presentada por tres sacerdotes borrachos que no eran mentalmente competentes debido a su estado de ebriedad.

La gente comprendió muy bien que todo el asunto era una miserable farsa, diseñada a separarlos de su pastor. Por la buena providencia de Dios, tuvo el efecto completamente opuesto. Ellos nunca me habían mostrado respeto y devoción tan sinceros como desde ese día inolvidable.