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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L O 5 3

C A P I T U L O 5 3

El domingo por la tarde, después que los tres sacerdotes borrachos clavaron a la puerta de nuestra capilla su sentencia de excomunión, sin firma, sin sello, sin testigos y por consecuencia nula, la gente se reunió de todas partes de nuestra colonia al salón grande del tribunal de la ciudad de Kankakee para oír varios discursos sobre sus deberes del día y aprobaron unánimemente la siguiente resolución:

Resueltos: que nosotros los canadienses franceses del condado de Kankakee aquí decidimos dar apoyo moral al Rev. C. Chíniquy en la persecución ahora ejercitada contra él por el obispo de Chicago en violación a las leyes de la Iglesia expresadas y sancionadas por los concilios.

La firme y unánime determinación de mis compatriotas de apoyarme fue una de las más grandes bendiciones que Dios me había dado. Me llenó de un valor que nada, de ahí en adelante, podía conmoverme. Pero la gente de St. Anne pensó que no era suficiente mostrar al obispo que nada podía jamás conmover la resolución que habían hecho de vivir y morir como hombres libres. Hicieron una inmensa reunión pública el domingo después de la ficticia excomunión para adoptar la siguiente alocución dirigida al obispo de Chicago, una copia de la cual fue enviado a todos los obispos de los Estados Unidos, de Canadá y al Papa Pío IX:

A SU SEÑORÍA ANTHONY O’REGAN DE CHICAGO:

Nosotros los abajo firmantes, habitantes de la parroquia de St. Anne, Colonia de Beaver, viendo con dolor que usted ha desechado nuestra humilde petición que le hemos enviado por los cuatro delegados y habiendo persistido en intentar a correr a nuestro honesto y digno sacerdote, quien nos ha edificado en todas circunstancias por su conducta pública y religiosa y habiendo maltratado a nuestro digno pastor, el Sr. Chíniquy, contrario a todas las leyes de nuestra santa Iglesia y del sentido común, excomulgándole y denunciándole como un sacerdote cismático y habiéndonos prohibido comunicar con él en asuntos religiosos, por medio de la presente carta protestamos contra la manera injusta e inicua que le ha zarandeado, negándole el derecho de defenderse y comprobar su inocencia.

Por consecuencia, declaramos que estamos dispuestos en todo tiempo como buenos Católicos a obedecer todos sus órdenes y requerimientos que están de acuerdo a las leyes del Evangelio y de la Iglesia, pero no estamos dispuestos a seguirle en todos sus errores de juicio, ni sus injusticias ni caprichos codiciosos. Considerando al Sr. Chíniquy como un buen sacerdote virtuoso, hemos decidido unánimemente retenerlo entre nosotros como nuestro pastor. Así que, suplicamos a Su Señoría no molestarse en buscar a otro sacerdote para nosotros. Además hemos decidido unánimemente a sustentarlo y proveerle los medios para ir hasta Roma si no puede tener justicia en América.

Además declaramos que ha sido deshonroso y vergonzoso para nuestro obispo y para nuestra santa religión el ver venir a nuestra capilla, bajo órdenes del príncipe de la Iglesia y representante de Cristo, a tres hombres con vestimentas sacerdotales, con sus lenguas medio paralizadas por el efecto de wiski y quienes al dar la espalda a la iglesia fueron a la casa y establo de uno de nuestros residentes para vaciar allí sus botellas. Luego, subiendo a su carroza, fueron hacia la aldea de L’Erable cantando cantos de borrachos como indios salvajes. ¿Está influenciado Su Señoría por semejantes hombres cuya misión parece ser la de degradar al sacerdocio y al Catolicismo?

Concluimos, esperando que, cambiando su determinación, trabajará para el beneficio de nuestra santa religión y no para su degradación donde su conducta intolerable nos llevará. También esperamos que no persistirá en correr a nuestro digno pastor el Rev. Carlos Chíniquy de la colonia floreciente que él fundó al costo de abandonar su tierra nativa y al sacrificio de la alta posición que tenía en Canadá, y que haya paz entre usted y nosotros para que tengamos en el obispo de Chicago, no un tirano, sino un padre y que usted nos tenga, no como rebeldes, sino como hijos fieles. Nos suscribimos los hijos fieles de la Iglesia,

THEODORE DORIEN, J. BLEMOINE N.P.,

DET. VANIER, OLIVER SENECHALL,

J.B BELANGER, BASILIQUE ALLAIR,

CAMILY BETOURNEY, MICHEL ALLAIR,

STAN’LAS GAGNE, JOSEPH GRISI,

ANTONIO ALLAIN, JOSEPH ALLARD,

Y quinientos más.

Esta carta fue reproducida por casi toda la prensa de los Estados Unidos. Cayó como trueno en la cabeza del destructor despiadado de nuestro pueblo, pero no cambió sus planes destructivos. El publicó las historias más mentirosas para explicar su conducta y mostrar al mundo que tenía buenas razones para destruir la congregación francesa de Chicago e intentar el mismo experimento en St. Anne.

Con muy pocas excepciones, la prensa del Estado de Illinois, cuyas columnas habían hecho eco a los clamores de indignación que se levantaban dondequiera contra la tiranía del Obispo O’Regan, se puso de mi parte. Cientos de sacerdotes, no sólo de Illinois, sino de todas partes de los Estados Unidos, me dirigieron sus gracias más calurosas por la postura tan firme que había tomado y me pidieron en el nombre de Dios y para la honra de la Iglesia a no ceder ni un centímetro de mis derechos. Desgraciadamente esos sacerdotes manifestaron su cobardía, poniendo en sus cartas las palabras absolutamente confidencial.

Sin embargo, esto no me perturbó. Mi confianza no estaba puesto en mis propias fuerzas, sino en la protección de Dios. Estaba seguro que yo tenía la razón, que el Evangelio de Cristo estaba a mi favor y que todos los cánones y leyes de los concilios estaban a mi favor. Mi biblioteca estaba llena de los mejores libros sobre cánones y leyes aprobados por los grandes concilios de mi Iglesia y todos estaban de acuerdo con mi curso de acción. Sobre todo, al saber que la voluntad unánime de mi congregación era que permaneciera entre ellos para continuar las grandes obras buenas en mi colonia encargadas a mí tan providencialmente, consideré esto como un indicio seguro de la voluntad divina; por tanto, decidí quedarme a pesar del obispo de Chicago.

Pero si él estaba espiritualmente impotente contra mí, no lo era en asuntos temporales. Su poder y deseo de dañarnos había aumentado igual que su odio desde que leyó nuestras cartas y las vio en todos los periódicos de Chicago. Lo primero que hizo fue reconciliarse con el sacerdote a quien había expulsado ignominiosamente de su diócesis hacía algún tiempo atrás. Ese sacerdote, mientras, había obtenido una buena posición en la diócesis de Michigan.

Le invitó a su palacio y le mimó varios días. Sentí que la reconciliación de esos dos hombres no significaba nada bueno para mí. Pronto se llenó el aire de los rumores más extraños contra mí. Se decía dondequiera que el Sr. Lebel citaría tales acusaciones contra mi carácter que me mandarían a la penitenciaría. ¿Cuáles eran las nuevas acusaciones de iniquidad formuladas contra mí? Nadie sabía, pero los pocos partidarios y los amigos del obispo, los Sres. Lebel y Spink, estaban jubilosos y seguros de que yo sería destruido para siempre.

Por fin, llegó el momento cuando el sheriff de Kankakee tenía que arrastrarme nuevamente como un criminal y prisionero a Urbana para entregarme al sheriff de esa ciudad. Llegué allí el 20 de octubre con mis abogados, los Sres. Osgood y Paddock y una docena de testigos. El Sr. Abraham Lincoln llegó de Springfield sólo unos pocos minutos antes de mí.

Una vez seleccionado y juramentado el jurado, el Rev. Sr. Lebel fue el primer testigo llamado para testificar y declarar lo que él sabía contra mi carácter. El Sr. Lincoln se opuso a esa clase de testimonio e intentó comprobar que el Sr. Spink no tenía ningún derecho de citar su nuevo pleito contra mí, atacando mi carácter. Pero el Juez Davis decidió que el fiscal tenía ese derecho en el caso que estaba delante de él. Entonces, el Sr. Lebel tuvo plena libertad para decir todo lo que quería. Su testimonio duró casi una hora y es demasiado largo para presentar aquí. Sólo diré que empezó por declarar: –Chíniquy es uno de los hombres más viles del mundo y toda clase de rumores abominables circulan constantemente contra él.

Expuso un buen número de esos rumores, aunque no pudo jurar si estaban fundados en la verdad o no, porque no los había investigado. Pero de uno estaba seguro, porque lo había autenticado a fondo. Expresó mucho aparente pesar de que fuera obligado a revelar al mundo cosas que no sólo eran contra el honor de Chíniquy, sino que, hasta cierto punto, involucraban el buen nombre de una querida hermana, Doña Bossey. Pero como tenía que decir la verdad delante de Dios, no podía evitarlo; tenía que decir la triste verdad:

–El Sr. Chíniquy, –dijo, –ha intentado hacer la cosa más infame con mi propia hermana, Doña Bossey. Ella misma me dijo toda la historia bajo juramento y hoy estaría aquí para desenmascarar a ese hombre malvado delante de todo el mundo si no fuera forzada al silencio en su casa por una severa enfermedad.

Aunque cada palabra de esa historia era perjurio, había tanta apariencia de verdad y sinceridad en mi acusador que su testimonio cayó sobre mí, mis abogados y todos mis amigos como una bomba. Sólo Dios conoce el peso y la amargura de las olas de desolación que pasaron sobre mi alma en ese momento.

Después de ese testimonio, había una tregua y un profundo silencio en el tribunal. Los ojos de todos voltearon hacia mí y se oían muchas voces hablando de mí, susurrando: –¡El villano! Aunque era inocente, en ese momento deseaba que la tierra se abriera debajo de mis pies para ocultarme de los ojos de mis amigos y de todo el mundo.

Sin embargo, el Sr. Lincoln pronto interrumpió el silencio, interrogando al Sr. Lebel con tales preguntas que su testimonio pronto perdió mucho de su poder en la mente de muchos. Hizo todavía más daño al falso juramento del Sr. Lebel cuando interrogó a mis doce testigos quienes contaban entre los más respetados ciudadanos de Bourbonnais y antiguos feligreses del Sr. Lebel. Esos doce caballeros juraron que el Sr. Lebel era un hombre tan borracho y vicioso y tan abiertamente mi enemigo a causa de las muchas reprensiones que yo le había dado por sus vicios públicos y privados que ellos no creerían ni una sola palabra de lo que él dijera aun bajo juramento.

A las 10:00 p.m., se suspendió la sesión para reanudarse a la mañana siguiente. Fui a la habitación del Sr. Lincoln con mis otros dos abogados. Aunque intentaban ocultarlo, podía discernir en la cara que ellos también sentían mucha ansiedad.

–Mi querido Sr. Chíniquy, –dijo el Sr. Lincoln, –aunque mañana espero destruir el testimonio del Sr. Lebel contra ti, debo admitir que veo gran peligro por delante. No hay la menor duda en mi mente que cada palabra que él ha dicho es una mentira jurada, pero mi temor es que el jurado piense diferente. Puedo juzgar bastante bien en estos asuntos. Siento que el jurado piensa que eres culpable. Hay una sola manera de destruir totalmente el poder de un testigo falso; es por otro testimonio directo contra lo que él ha afirmado o demostrar de sus propios labios que ha perjurado. No alcancé hacer eso anoche aunque he disminuido, hasta cierto punto, la fuerza de su testimonio. ¿No puedes presentar una coartada o traer testigos que estuvieron en la misma casa ese día para contradecir directa y absolutamente lo que tu enemigo implacable ha dicho contra ti?

Le respondí: –¿Cómo puedo hacer eso, puesto que él ha sido tan astuto para no decir la fecha del supuesto crimen?

–Tienes razón, tienes razón, Sr. Chíniquy, –respondió el Sr. Lincoln, –puesto que ha rehusado precisar la fecha, no podemos hacer eso. Nunca he visto a dos pícaros tan adiestrados como esos dos sacerdotes. Hay una destreza verdaderamente diabólica en el plan que han maquinado para tu destrucción. Es evidente que el obispo está al fondo del complot. ¿Recuerda cómo forcé a Lebel a confesar que está en relaciones amistosas con el obispo de Chicago desde que se convirtió en el principal de tus acusadores. Aunque no pierdo la esperanza de rescatarte de las manos de tus enemigos, no me gusta ocultarte que tengo varias razones para temer que serás declarado culpable y condenado a un castigo pesado o enviado a la penitenciaría, aunque estoy seguro de que eres perfectamente inocente.

–Es muy probable que tendremos que confrontar a esa hermana de Lebel mañana. Su enfermedad es probablemente una maniobra fingida para no aparecer aquí hasta después que el hermano haya torcido a la opinión pública a su favor. En todo caso, si no viene, mandarán a algún juez de paz para obtener su testimonio jurado, el cual será más difícil refutar que sus propias declaraciones verbales.

–Esa mujer evidentemente está bajo el control del obispo y su hermano sacerdote y por tanto está dispuesta a jurar cualquier cosa que ellos le ordenan. Yo sé que no hay nada más difícil refutar que tales testimonios femeninos, especialmente cuando están ausentes del tribunal. ¡La única manera para estar seguros de un veredicto favorable mañana es que el Dios Todopoderoso actuara a nuestro favor y mostrara tu inocencia! ¡Busca a él y ora, porque sólo él puede salvarte! –El Sr. Lincoln estaba sumamente solemne al dirigirme estas palabras que penetraron hasta lo más profundo de mi alma.
Frecuentemente me han preguntado si Abraham Lincoln tenía alguna religión, pero nunca he tenido ninguna duda de su profunda confianza en Dios desde que oí esas palabras salir de sus labios en esa hora de ansiedad. No pude ocultar mi angustia; lágrimas ardientes escurrían por mis mejillas mientras él me hablaba y había una expresión de simpatía amistosa en su rostro que nunca olvidaré. Sin poder contestar una sola palabra, le dejé para ir a mi recámara.

Desde las 11:00 p.m. hasta las tres de la mañana, Clamé a Dios, levantando mis manos en súplica ante el trono de su misericordia. Pero confieso, para mi confusión, en ciertos momentos me parecía inútil orar y llorar, porque aunque inocente, sentía que estaba destinado a perecer. Estaba en las manos de mis enemigos. ¡Mi Dios me había abandonado!

¡Qué noche tan terrible pasé! Espero que ninguno de mis lectores jamás conozca por experiencia propia la agonía de espíritu que yo sufrí. Mi única expectación fue que sería para siempre deshonrado y enviado a la penitenciaría a la mañana siguiente.

¡Pero mi Dios no me había abandonado! Nuevamente había escuchado mis clamores y una vez más me mostró su infinita misericordia!

A las tres de la mañana, oí tres toques a la puerta, me levanté rápido para abrirla. ¿Quién estaba ahí? ¡Abraham Lincoln con una cara irradiando de gozo! Casi no podía creer a mis ojos. Pero no me equivoqué, ¡Era mi amigo de noble corazón, el abogado más honesto de Illinois! ¡Uno de los hombres más nobles que el Cielo jamás había concedido a la tierra! Era Abraham Lincoln. Al verme bañado de lágrimas exclamó: –Ten ánimo, Sr. Chíniquy, tengo a los sacerdotes perjurados en mis manos. Ya se descubrió su complot diabólico y si ellos no vuelan antes del amanecer, ciertamente serán ahorcados.

—¡Bendito sea el Señor que estás a salvo!

Pasar tan repentinamente de suma desolación a sumo gozo casi me mató. Le agarré de la mano, la apreté a mis labios y la bañé con lágrimas de gozo y dije: –¡Que Dios te bendiga para siempre, querido Sr. Lincoln! Por favor, dime, ¿Cómo pudiste traerme noticias tan gloriosas?

Aquí está la sencilla, pero maravillosa historia tal como me lo contó ese gran hombre bueno a quien Dios hizo su mensajero de misericordia hacia mí: –Lo más pronto que Lebel había dado su testimonio perjurado contra ti ayer, uno de los agentes de la prensa de Chicago mandó telegramas a algunos de los periódicos principales de Chicago diciendo: Es probable que el Sr. Chíniquy será condenado, porque parece que el testimonio del Rev. Sr. Lebel no deja ninguna duda de que él es culpable. Y los muchachos irlandeses para vender sus periódicos, gritaban por las calles: ¡Chíniquy será ahorcado! ¡Chíniquy ser ahorcado! Los Católico-romanos se alegraron tanto de oír eso que se vendieron 10,000 copias extras. Entre los que compraron esos periódicos había un amigo tuyo llamado Terrien quien contó a su esposa que tú serías condenado. Cuando ella oyó eso, dijo a su esposo: ¡Qué lástima, porque yo sé que el Sr. Chíniquy no es culpable! ¿Cómo sabes eso? dijo su esposo. Ella respondió: Yo estaba presente cuando el Sr. Lebel hizo el complot y prometió dar a su hermana 160 acres de buena tierra si ella hiciera un juramento falso, acusándole de un crimen que esa mujer dijo que él ni pensaría hacer con ella.

Si es así, dijo Terrien, no podemos permitir que sea condenado el Sr. Chíniquy; acompáñame a Urbana.

–Pero esa mujer estaba muy enferma, por tanto dijo a su esposo: Tú sabes muy bien que yo no puedo ir, pero la Srta. Filomena Moffat estaba conmigo en ese momento. Ella sabe todas los detalles de ese malvado complot igual que yo. Ella está muy bien de salud, ve y llévala a ella a Urbana. No hay duda que su testimonio impedirá la condenación del Sr. Chíniquy.

–Narciso Terrien salió inmediatamente y cuando tú estabas pidiendo a Dios a rescatarte, él estaba enviando a tu libertador a toda la velocidad de los trenes de ferrocarril. La Srta. Moffat acaba de darme los detalles de ese complot diabólico. Le he aconsejado a no mostrarse antes de que se abra el tribunal. Entonces, yo mandaré por ella y cuando haya dado bajo juramento delante del tribunal los detalles que acaba de darme, pobre de Spink y los sacerdotes perjurados. Como te dije, no me sorprendería si fueran ahorcados, porque hay una terrible excitación en la ciudad entre mucha gente desde que sospechan que los sacerdotes se han perjurado para destruirte. Ahora, has ganado el pleito y mañana tendrás el triunfo más grande que un hombre jamás ganó sobre sus enemigos confundidos. Pero tú necesitas reposo igual que yo, adiós.

Después de dar gracias a Dios por esa maravillosa liberación, me acosté y descansé.

Pero, ¿Qué hacía el sacerdote Lebel en ese mismo momento? No pudiendo dormir después del terrible perjurio que había hecho, él estaba velando las llegadas de los trenes de Chicago con una mente ansiosa, porque estaba consciente por medio de las confesiones que él había escuchado que solamente dos personas en esa ciudad sabían de su complot y su juramento falso y aunque ellas prometieron no revelarlo a nadie, quedó con cierta aprehensión temible de que de alguna manera yo llegara a saber de su abominable conspiración. Poco después de la llegada de los trenes de Chicago, ¡Cuánto fue su asombro cuando vio que el primer nombre registrado fue el de Filomena Moffat! Esa misma Filomena Moffat quien, unos días antes, había ido a confesarse con él y le dijo que ella había oído todo el complot de sus propios labios cuando prometió dar 160 acres de terreno para convencer a su hermana a perjurarse para destruirme. ¡Un presentimiento mortal congeló la sangre en sus venas! ¿Será posible que esta señorita está aquí para revelar y comprobar mi perjurio delante de todo el mundo?

El la mandó llamar; ella apenas había terminado de conferir con el Sr. Lincoln: –¡La Señorita Filomena Moffat, aquí! –exclamó cuando la vio, –¿Por qué vino usted aquí esta noche?

–Usted lo sabrá, señor, mañana por la mañana, –respondió.

–¡Ay, miserable muchacha! ¿Vienes a destruirme? –exclamó.

Ella replicó: –No vengo a destruirte, porque ya estás destruido, el Sr. Lincoln sabe todo.

¡Ay, Dios mío, Dios mío! –exclamó, golpeando su frente con sus manos. Luego, sacando un grande paquete de billetes de su bolsillo, dijo: –Aquí le doy cien dólares para que tome el tren de la mañana de regreso a Chicago.

–Si usted me ofreciera tanto oro como para llenar esta casa, no regresaría, –dijo.

Entonces, bruscamente la dejó; corrió al dormitorio de Spink y le dijo: –Retira el pleito contra Chíniquy; estamos perdidos; él lo sabe todo.

Sin perder un solo momento, corrió al dormitorio de su co-sacerdote y le dijo: –Apresúrate, vístete y subamos al tren; no tenemos negocios aquí; Chíniquy sabe todos nuestros secretos.

Cuando llegó la hora de abrir el tribunal, había una inmensa multitud, no sólo por dentro, sino por fuera también. El Sr. Spink, tan pálido como un hombre condenado a muerte, se levantó delante del juez y dijo: –Si le agrada al tribunal, permíteme retirar la acción judicial contra el Sr. Chíniquy. Ahora estoy convencido de que no es culpable de las acusaciones presentadas contra él delante de este tribunal.

Abraham Lincoln, habiendo aceptado en mi nombre esa reparación, hizo un corta pero una de las más admirables alocuciones que jamás he oído sobre las crueles injusticias que sufrí de parte de mis perseguidores despiadados. Su denuncia de la bribonería de los sacerdotes que se perjuraron comprobó cuán sabios habían sido en fugarse y desaparecer antes de la apertura del tribunal, porque toda la ciudad fue registrada en búsqueda de ellos por cientos de personas que después me criticaron por perdonarlos y por rehusar vengarme por la ofensa que me habían hecho. Pero creí sinceramente que mis enemigos recibieron suficiente castigo por medio de la terrible revelación pública de su complot infernal. Me parecía necesario obedecer a mi querido Salvador, que tan visiblemente me protegió, cuando susurró a mi alma: Perdónalos y ámalos como a ti mismo.

¿No recibió Spink suficiente castigo por la ruina total que vino sobre él al perder el pleito? Porque él fue al Obispo O’Regan para ser indemnizado por los enormes gastos de tan largo enjuiciamiento en un lugar tan lejano y el obispo le respondió fríamente: –Yo prometí indemnizarle si usted venciera a Chíniquy como usted me prometió. Pero como es Chíniquy quien le ha vencido a usted, no le daré un solo centavo.

Abraham Lincoln me defendió no sólo con el celo y talento del más hábil abogado que jamás he conocido, sino como el amigo más devoto que jamás he tenido. Después de defenderme durante dos largas sesiones del tribunal de Urbana sin recibir un solo centavo de mí, yo estimaba que le debía una gran suma de dinero. Mis otros abogados que no habían hecho ni la mitad de su trabajo, me pidieron mil dólares cada uno y no creí que eso fuese demasiado. Después de agradecerle por los servicios inapreciables que él me había prestado, le pedí que me mostrara la cuenta, asegurándole que aunque tal vez no podría pagárselo todo en efectivo, le pagaría hasta el último centavo si él tuviera la bondad de esperar un poco por lo que faltaba.

El me respondió con una sonrisa y un aire de amabilidad inimitable que era peculiar en él: –Mi querido Sr. Chíniquy, Yo me siento orgulloso y honrado de haber sido llamado para defenderte, pero lo he hecho menos por ser un abogado que por ser un amigo. El dinero que debería recibir de ti me quitaría el gusto que siento de haber peleado tu batalla. Tu caso es único en todo mi ejercicio de abogado.

–Nunca he conocido a un hombre tan cruelmente perseguido como tú y que tan poco lo mereces. Tus enemigos son demonios encarnados. El complot que ellos maquinaron contra ti fue el más infernal que he conocido. Pero la manera en que has sido rescatado de sus manos por la aparición de esa joven e inteligente Srta. Moffat, quien en realidad fue enviada por Dios en la misma hora de necesidad, lo confieso nuevamente que pensé que casi todo estaba perdido, es una de las ocurrencias más extraordinarias que jamás he visto. Me hace recordar, lo que con demasiada frecuencia he olvidado, lo que mi querida madre me decía tantas veces cuando era niño: Nuestro Dios es un Dios que oye la oración. Este buen pensamiento sembrado en mi joven corazón por la mano de mi querida madre estaba justamente en mi mente cuando te dije: Ve a orar, sólo Dios puede salvarte. Pero te confesaré que no tenía suficiente fe para creer que tu oración sería contestada tan rápida y maravillosamente. Ahora vamos a hablar de lo que tú me debes. ¡Bien, bien! ¿Cuánto me debes? ¡Tú no me debes nada! Pues, supongo que ya estás bastante arruinado. Los gastos de semejante pleito son enormes, yo lo sé. Tus enemigos quieren arruinarte. ¿Les ayudaré a completar tu ruina cuando espero tener el derecho de ser contado entre tus más sinceros y devotos amigos?

–Tienes razón, –le respondí, –tú eres el amigo más devoto y noble que Dios jamás me ha dado y estoy casi arruinado por mis enemigos, pero tú también eres padre de una familia bastante grande y necesitas sustentarla. Tus gastos de viaje al venir desde Springfield por mi causa y las cuentas del hotel durante las dos sesiones en que me has defendido deben ser considerables. No es justo que no recibas nada por tanto trabajo y tantos gastos.

–¡Bien, bien! –respondió, –te voy a dar un pagaré que tú firmarás. Luego, tomando una hojita de
papel, escribió:

Urbana, 23 de mayo de 1856,

Debo a Abraham Lincoln

Cincuenta Dólares

por servicios rendidos,

+_______________
C. CHINIQUY

Me dio la nota diciéndome: –¿Puedes firmar esto?

Después de leerlo, le dije: –Querido Sr. Lincoln, esto es una broma. No es posible que pidas solamente cincuenta dólares por servicios que valen por lo menos 2,000 dólares.

Luego me tocó mi hombro con su mano derecha y dijo: –Fírmalo, es suficiente. Después pellizcaré a algunos hombres ricos y les haré pagar el resto de la cuenta. Y se rió gustosamente.

El desahogo de la gran tensión mental, la gran amabilidad de mi defensor y benefactor al cobrarme tan poquito por semejante servicio y el terrible presentimiento de que él pagaría con su vida por lo que había hecho por mí, me deshicieron en sollozos y lágrimas.

–Padre Chíniquy, ¿Por qué estás llorando? –preguntó.

–Querido Sr. Lincoln, –le respondí, –permíteme decirte que el gozo que naturalmente debería sentir por semejante victoria se desvanece en mi mente por temor a lo que te pueda costar a ti. Había en el tribunal no menos de diez o doce Jesuitas de Chicago y de St. Louis quienes vinieron para oír mi sentencia de condenación a la penitenciaría. ¡Pero fue sobre sus cabezas de ellos que trajiste los truenos del cielo y de la tierra! Nada se puede comparar con la expresión de su furia contra ti cuando no sólo me arrancaste de sus manos crueles, sino que hiciste temblar los muros del tribunal bajo la terrible y elocuente denuncia sobrehumana que expuso a la luz su infamia, su malicia diabólica y toda falta de principios Cristianos y humanos en el complot que habían formulado para mi destrucción. Lo que aflige mi alma y me hace llorar es que discerní tu sentencia de muerte en sus ojos diabólicos... ¡Cuántas otras víctimas nobles ya han caído a sus pies!

El intentó desviar mi mente con un chiste: –Firme esto, esto será mi orden de muerte.

Pero después que lo firmé, se volvió más solemne y dijo: –Yo sé que los Jesuitas nunca olvidan y nunca renuncian. Pero a un hombre no le debe importar cómo ni cuándo muera, con tal que muera en el puesto de honor y del deber.

Y habiendo dicho esto, se fue.

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