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domingo, 1 de marzo de 2009

C A P I T U L O 5 9

C A P I T U L O 5 9

No olvidé el consejo que me dio el Arzobispo Kenrick de St. Louis, el 9 de Abril de 1856, de dirigir mis quejas al Papa mismo, pero las terribles dificultades y pruebas que seguían constantemente una tras otra lo hizo imposible. Sin embargo, la traición del Sr. Desaulnier y la deserción del Sr. Brassard complicaron tan extrañamente mi posición que sentí que la única manera de escapar del naufragio que amenazaba a mí y a mi colonia y salvar la santa causa que Dios me había encomendado, era dar un golpe tan fuerte a nuestro perseguidor arrogante que no podría sobrevivirlo. Determiné enviar al Papa todas las acusaciones públicas que habían sido comprobadas legalmente y publicadas contra el obispo, junto con una copia de los numerosos pleitos infames que él perdió casi invariablemente en los tribunales civiles y las sentencias de los jueces que lo habían condenado. En esto, una de los labores más difíciles de mi vida, duré casi dos meses. Junté todos esos documentos que cubrieron más de 200 páginas y los mandé por correo al Papa Pío IX con la siguiente nota:

Santo Padre,

Por amor a sus preciosos corderos que están degollados y devorados en esta vasta diócesis por un lobo rapaz, el Obispo O’Regan, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por amor a la sangre derramada en el Calvario para la salvación de nuestras almas mortales, suplico a Su Santidad que investigue si está correcto el contenido de estos documentos. Por favor, quite el obispo indigno, cuyos escándalos diarios ya no pueden ser soportados por gente Cristiana.

Para evitar que los siervos del Papa echaran mi carta con estos documentos al basurero, envié una copia de todos ellos a Napoleón III, Emperador de Francia, pidiéndole respetuosamente que investigara por medio de su embajador en Washington y su cónsul en Chicago si estos papeles contenían la verdad o no. Le conté cómo sus compatriotas fueron pisoteados por el Obispo O’Regan y cómo fueron arruinados y despojados para beneficiar a la gente irlandesa y cómo las iglesias, construidas con el dinero de los franceses, fueron abiertamente robadas y transferidas a los emigrantes de Irlanda.

Napoleón acababa de mandar un ejército para castigar al Emperador de China a causa de una injusticia hecha a un hombre francés. Por tanto, le dije: La injusticia hecha a ese hombre francés en el Imperio de China no es nada en comparación con lo que se hace aquí diariamente, no sólo contra uno, sino contra cientos de compatriotas de Su Majestad. Una palabra del Emperador de Francia a Su Santidad haría aquí lo que sus ejércitos han hecho en China: Forzar al injusto y despiadado opresor de los franceses de Illinois a hacerles justicia.

Terminé mi carta diciendo:

Mi abuelo aunque nacido en España, se casó con una dama francesa y por propia elección se hizo ciudadano francés. Llegó a ser un capitán de la marina francesa y por su servicio valeroso fue recompensado con terrenos en Canadá que por suerte de guerra cayó en manos de Gran Bretaña. Al jubilarse del servicio a Francia, fijó su residencia en sus propiedades en Canadá donde mi padre y yo nacimos. Así que, soy súbdito británico por nacimiento, ciudadano americano por adopción, pero todavía francés por sangre y Católico-romano por religión. Por tanto, en nombre de la noble gente francesa, suplico humildemente a Su Majestad que interceda por nosotros a Su Santidad, Papa Pío IX, para corregir estos agravios.

El éxito de este paso atrevido fue más rápido y completo de lo que yo había esperado. El Emperador era entonces todopoderoso en Roma. El no sólo había llevado al Papa de Civita Vecchia a Roma, después de quitar esa ciudad de los Republicanos Italianos años antes, sino que era todavía el mismo guardián y protector del Papa.

Algunos meses después, cuando fui a Chicago, el Gran Vicario Dunn me mostró una carta, que recibió del Obispo O’Regan, quien había sido ordenado ir a Roma para dar cuenta de su administración, en la cual decía: Una de las cosas más extrañas que me ha ocurrido en Roma es que la influencia del Emperador Napoleón está en contra de mí, aquí. No entiendo qué derecho tiene él de entrometerse en los asuntos de mi diócesis.

Desde entonces, aprendí que realmente fue debido al consejo de Napoleón que el Cardenal Bidini fue enviado previamente a los Estados Unidos para investigar el escándalo y dio su opinión a nuestro favor. El Cardenal consultó a los obispos de los Estados Unidos, quienes unánimemente denunciaron al Obispo O’Regan como un incompetente. Este fue ordenado inmediatamente a ir a Roma donde el Papa, sin cumplidos, le transfirió de Chicago a una diócesis extinta durante más de 1,200 años llamada Dora. Esto era como tener un obispado en la luna. Se consoló, llevando consigo los millones de dólares que había estafado, a Irlanda donde estableció un banco y murió en 1865.

El 11 de marzo de 1858, como a la 10:00 p.m., me agradó mucho oír la voz de mi amigo devoto, el Rev. Sr. Dunn, el Gran Vicario de Chicago, pidiéndome hospedaje por la noche. Sus primeras palabras fueron: –Mi visita aquí debe ser absolutamente incógnita. Cuando el Obispo de Dubuque, quien acaba de recibirse como el administrador de la diócesis de Chicago, me ordenó visitarte, me aconsejó venir lo más secreto posible.

Entonces dijo: –Tu triunfo en Roma fue perfecto. Ganaste la victoria más grande que un sacerdote jamás ganó sobre su obispo injusto. Nuestro buen administrador fue aconsejado a poner fin inmediatamente a todos los problemas de tu colonia, tratándote como un fiel y buen sacerdote. Vengo aquí no sólo para felicitarte por tu victoria, sino para agradecerte en mi nombre y en nombre de la Iglesia por haber librado a nuestra diócesis de semejante plaga, porque el Obispo O’Regan fue una verdadera plaga. Algunos años más de semejante administración hubieran destruido nuestra santa religión en Illinois.

–Sin embargo, por la razón de que tú trataste tan duramente al pobre obispo, se sospecha de lejos que tú y tu gente son más Protestantes que Católicos. Nosotros sabemos mejor; el acta de excomunión fue una comedia vergonzosa y sacrílega. Pero en muchos lugares lejanos, esa excomunión fue aceptada como válida y muchos te consideran como un verdadero cismático. El Obispo Smith te pide que le entregues una acta de sumisión escrita, la cual él publicará para mostrar al mundo que todavía eres un buen sacerdote Católico-romano.

Le agradecí al gran vicario por sus amables palabras y buenas noticias y le pedí que me acompañara en dar gracias a Dios por guiarme en todas esas terribles dificultades. Ambos nos arrodillamos y repetimos las palabras sublimes de gratitud y gozo del antiguo profeta: Bendice al Señor, oh alma mía, y bendiga todo mi ser su santo nombre. (Sal. 103) Luego, tomé una pluma y una hoja de papel y con gozo y gratitud a Dios, lentamente me preparé a escribir.

Mientras yo consideraba qué forma debería dar a ese documento, un pensamiento repentino y extraño vino a mi mente. Dije dentro de mí: –¿No es ésta la oportunidad providencial para silenciar esas voces misteriosas que me afligen casi cada hora, de que en la Iglesia de Roma no seguimos la Palabra de Dios, sino las tradiciones mentirosas de hombres? Entonces, escribí en nombre de mi gente y en mi propio nombre:

Mi Sr. Obispo Smith, Obispo de Dubuque y administrador de la diócesis de Chicago,

Nosotros queremos vivir y morir en la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana fuera de la cual no hay salvación y para probar esto a Su Señoría, prometemos obedecer a la autoridad de la Iglesia según la Palabra y los Mandamientos de Dios como los hallamos expresados en el Evangelio de Cristo.

C. CHINIQUY

Entregué este escrito al Sr. Dunn y dije: –¿Qué opinas de esta acta de sumisión? El la leyó y contestó: –Es exactamente lo que deseamos de ti.–Muy bien, –respondí, –pero temo que el obispo no la aceptará. ¿No ves que he puesto una condición a nuestra sumisión? Digo que nos someteremos a la autoridad del obispo, pero solamente conforme a la Palabra de Dios y el Evangelio de Cristo.

–Y, ¿Eso no es bueno? –respondió.

–Sí, mi querido Sr. Dunn, sí es bueno, –respondí, –pero mi temor es que sea demasiado bueno para el obispo y el Papa.

–¿Qué quieres decir? –preguntó.

Dije: –Quiero decir que aunque esta acta de sumisión es muy buena, temo que el obispo y el Papa la rechazarán.

–Por favor, explícate más claramente, –respondió el Gran Vicario, –no entiendo la razón por semejante temor.

–Mi querido Sr. Dunn, –continué, –te confieso que tengo una herida sangrienta que ha estado en mi corazón durante muchos años. No ha sanado por ninguno de los remedios que he aplicado a ella. Tú sabes muy bien que no hay un solo sacerdote viviendo que haya estudiado las Santas Escrituras y los Santos Padres con más atención y fervor que yo en estos últimos años. Fue para fortalecer mi propia fe, como también la fe de nuestra gente y para poder librar las batallas de la Iglesia contra sus enemigos, que pasé tantas horas de mis días y noches en estos estudios. Estoy confundido y avergonzado al confesarlo, pero entre más he estudiado y comparado las Santas Escrituras y los Santos Padres con las enseñanzas de nuestra Iglesia, más se ha conmovido mi fe y más estoy tentado a creer, a pesar de mí mismo, que nuestra Iglesia desde hace mucho tiempo ha abandonado a la Palabra de Dios y los Santo Padres para caminar en los caminos lodosos y torcidos de falsas tradiciones humanas. Voces extrañas y misteriosas me atormentan día y noche, diciéndome: ¿No ves que en tu Iglesia de Roma no sigues a la Palabra de Dios, sino solamente a las tradiciones mentirosas de los hombres? Lo más extraño y doloroso es que entre más le pido a Dios a silenciar esas voces, más fuertes son repetidas. Para poner fin a estas terribles tentaciones, he escrito esta sumisión condicional. Quiero probar a mí mismo que obedeceré a la Palabra de Dios y al Evangelio de Cristo en nuestra Iglesia. Seré feliz el resto de mi vida si los obispos aceptan esta sumisión, pero temo que será rechazada.

El Sr. Dunn pronto respondió: –Estás equivocado, mi querido Sr. Chíniquy, estoy seguro que nuestro obispo aceptará este documento como canónico y suficiente para demostrar tu ortodoxia al mundo.

–Si es así, –le respondí, –seré el hombre más feliz.

Acordamos que el 25 de marzo yo iría con él a Dubuque para presentar mi acta de sumisión al administrador de la diócesis, después que la congregación la hubiera firmado. A las 7:00 p.m. ese día, ambos subimos al tren que salía de Chicago rumbo a Dubuque donde llegamos a la mañana siguiente. A las 11:00 a.m., fui al palacio del obispo, quien me recibió con las señas de la mayor cordialidad y afecto. Le presenté nuestra acta de sumisión escrita, con una mano temblorosa, temiendo que él la rechazaría. El la leyó dos veces y luego abrazándome, me apretó a su corazón.

Sentí sus lágrimas de gozo mezcladas con las mías corriendo por mis mejillas mientras me dijo: ¡Cuán feliz estoy al ver esta sumisión! Y, ¡Cuán felices serán el Papa y todos los obispos de los Estados Unidos al saberlo! Porque no te ocultaré que temimos que tanto tu congregación como tú se separarían de la Iglesia, rehusando someterse a su autoridad.

Le respondí que yo no estaba menos feliz al ver el fin de esas dificultades dolorosas y le prometí que, con la ayuda de Dios, nuestra santa Iglesia no tendría un sacerdote más fiel que yo.

A la hora de la comida, él me dio el lugar de honor a su mano derecha en su mesa frugal, pero bien preparada. Me alegré que no había vino ni cerveza para tentar a los débiles. Antes de terminar la comida, el obispo dijo al Sr. Dunn: –Tú acompañarás al Sr. Chíniquy a St. Anne el próximo domingo para anunciar, en mi nombre, a la congregación la restauración de la paz. Sin duda, serán alegres noticias para la colonia del Padre Chíniquy. Después de tantos años de dura lucha, el pastor y la gente de St. Anne disfrutarán los días de paz y de reposo que ahora han logrado.

Entonces, dirigiéndose a mí, el obispo dijo: –La única condición de esa paz es que tú pases quince días de retiro y meditación en una de las casas de religiosos que tú escojas. Después de tanto ruido y controversias, le hará bien pasar esos días en meditación y oración en una de nuestras hermosas y pacíficas soledades.

Le respondí: –Es para mí un acto de suprema bondad que me ofrece estos cuantos días de calma y meditación después de las terribles tempestades de los últimos tres años. Si Su Señoría no tiene ninguna objeción, iré a la hermosa soledad donde M. Saurín ha construido su celebrado monasterio, colegio y universidad en St. Joseph, Indiana. Espero que nada me impedirá estar allí el próximo lunes después de estar con el Gran Vicario Dunn para proclamar la restauración de la bendita paz a mi querida congregación de St. Anne.

–No pudieras haber hecho una mejor elección, –respondió el Obispo.

–Pero, mi señor, –repliqué, –espero que Su Señoría no tendrá ninguna objeción a darme una seguridad escrita de la perfecta restauración de esa paz anhelada. Hay gente que no me creerán cuando les diga cuán rápida y noblemente Su Señoría ha puesto fin a todas esas dificultades deplorables. Quiero mostrarles que permanezco hoy en la misma relación como antes de estas desgraciadas disensiones.

El obispo dijo: –Ciertamente necesitas ese documento; lo voy a hacer inmediatamente.

Pero aún no había escrito ni dos renglones cuando el Sr. Dunn miró a su reloj y dijo: –No tenemos ni un minuto más que perder si queremos abordar el tren rumbo a Chicago.

Entonces dije: –Por favor, mi señor, envíe ese importante documento a Chicago. Yo lo recogeré en la oficina de correos al salir rumbo a la universidad de St. Joseph el próximo lunes. El obispo consintió en eso y me despedí de él apresuradamente con el Sr. Dunn, después de recibir su bendición.

Al regresar a St. Anne el día siguiente, nos detuvimos en Bourbonnais para ver al Gran Vicario Mailoux, uno de los sacerdotes enviados por los obispos de Canadá para ayudar a mi Sr. O’Regan aplastarme. Le encontramos en la entrada de su comedor a la hora de la comida. Estaba visiblemente humillado por la derrota total del Obispo O’Regan en Roma.

Después que el Sr. Dunn le dijo que él fue enviado a proclamar paz a la gente de St. Anne, aquél pidió la prueba escrita de esas extrañas noticias. El Sr. Dunn le respondió: –¿Piensa usted, señor, que yo sería tan malo como para mentirle?

–No dije que está diciendo una mentira, –replicó el Sr. Mailoux, –yo creo lo que usted dice, pero quiero saber la condición de esa paz inesperada. ¿Ha hecho el Sr. Chíniquy su sumisión a la Iglesia?

–Sí, señor, –respondí, –aquí está una copia de mi acta de sumisión.

El lo leyó y dijo fríamente: –Esto no es una acta de sumisión a la Iglesia, sino solamente a la autoridad del Evangelio de Cristo que es una cosa muy diferente. Este documento pudiera ser presentado por un Protestante, pero no por un sacerdote Católico a su obispo. No entiendo cómo nuestro obispo no vio eso inmediatamente.

El Sr. Dunn le respondió: –Mi querido Gran Vicario Mailoux, yo esperaba que usted regocijaría con nosotros ante la noticia de la paz. Lamento ver que estaba equivocado. Sin embargo, si quiere pelear, no tendrá ningún oponente, porque el Padre Chíniquy fue aceptado ayer como un sacerdote regular de nuestra santa Iglesia por el administrador. Esto debe satisfacerlo.

Escuché esa conversación desagradable entre los dos gran vicarios sin decir una sola palabra, pero nuevamente me atormentaban voces misteriosas en mi mente: –¿No ves que en la Iglesia de Roma no sigues la Palabra de Dios, sino solamente las tradiciones mentirosas de los hombres?

Me sentí aliviado al llegar a St. Anne donde la gente se había reunido en la plaza pública para recibirnos y romper el aire con sus gritos de gozo por las felices noticias de paz.

El día siguiente, el 27 de marzo, fue Domingo de Palmas, una de las grandes festividades de la Iglesia de Roma. Había una gran concurrencia de gente traída, no sólo por la festividad religiosa, sino también por el deseo de oír al delegado del obispo proclamar la paz. El lo hizo en un discurso muy elocuente en inglés el cual yo traduje al francés. El me presentó una palma bendita y yo le ofrecí otra llena de hermosas flores como señal pública de la concordia que fue restaurada entre mi colonia y las autoridades de la Iglesia.

Para que los lectores Cristianos comprendan mi ceguera y las misericordias de Dios hacia mí, para vergüenza mía, tengo que confesar aquí que me alegré por haber hecho la paz con esos hombres pecaminosos, pero esa no era paz con mi Dios. Sin embargo, ese gran Dios miró sobre mí con misericordia. El pronto rompería esa paz con la gran Iglesia apóstata que está envenenando al mundo con el vino de sus encantamientos para que yo caminara en la luz del Evangelio y poseyera verdadera paz y gozo que sobrepasan todo entendimiento.

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